Poesía prohibida

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Vienes del alba desde el principio, y la tierra entera descansa en ti: ¡Mujer! Fuego de pasiones efervescentes. Salvaje y adorable a veces. Tienes todo para seducir. Acércate más, para que mate al covid. Eres la que provoca mi tormenta sexual, y junto a ti, el hombre no es más que un puro líquido. Eres la noche del origen sagrado, ninfa estrellada del aura de concupiscencia. Y con tus caderas caballunas y semafóricas, la calle epiléptica se invita a tu rapto. Eres a la vez Dios y Mujer, o Mujer con cuerpo de Dios, mágica separación de dos cuerpos divinos. Eres mi angustia y mi alivio, y me encanta esa hendedura secreta que ocultas con celos, cuyas puertas se abren y se cierran a cada paso mío. ¡Ay! como me pellizcan estos pechos desafiantes, esta boca limada. Me encanta trabajar en tu campo puritano, soy tu campesino que ladra tu tierra y cosecha la fertilización de su mundo en un depósito y un retiro. Eres mi banquera favorita, en ti guardo las sendas de mi futuro. Sin embargo, en esta noche desnuda, quiero verte llorar y gritar de impotencia bajo la espada de mi sexo erecto. Respira desde la raíz de la garganta, sabes trabajar bien con tus órganos. Tu lengua, manos, boca y tu… Te voy a quitar este juguete dulce que chupas como buena niña, y pisar donde la vida sale y florece. Y apreciar los rodeos del placer exhausto, hasta el disfrute, su final límite. Nada tiene valor más que lo que ocultas tan prohibidamente. Soy tu poeta, tu poeta perverso o tu pervertido poeta que tiene hambre de un sexo vivo y sincero. Lo que usa la pareja para agarrarse a las estrellas, con palabras emocionantes e insultos suplicantes. Ya estoy listo para esta excursión de ciegos temporales, entre los corredores del sexo que nos da vida.

Joël Keffa

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