El virus que dejó al descubierto el Occidente

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Yo pensaba que el hombre era grande por su poder, grande por su saber, grande por su valor; yo pensaba que el hombre era grande y me equivoqué, pues grande sólo es Dios;
Sube hasta el cielo y lo verás, qué pequeñito el mundo es, sube hasta el cielo y lo verás como un juguete de cristal que con cariño hay que cuidar: sube hasta el cielo y lo verás.
Muchas veces el hombre buscaba ser como Dios, quería ser como Dios, soñaba ser como Dios. Muchas veces el hombre soñaba y se despertó, pues grande sólo es Dios.
Caminando por la vida hay veces que encontrarás, cosas que extrañarás, hombres que admirarás. Caminando por la vida hay veces que pensarás que el hombre es como Dios…


Por José Eugenio Nsue

Esta canción que llevamos muchos, muchísimos años cantando en la Iglesia hoy cobra más valor que nunca, su letra ilustra nítidamente lo que es el mundo en el que vivimos; parece premonitoria tras la aparición mundial del virus COVAD-19 o Coronavirus.

Hasta su aparición, el hombre occidental, sobre todo, se había creído el centro del universo, se creía o se cree grande por su poder económico, armamentístico, intelectual y material; se había creído y se cree grande por su saber y por sus avances científicos y tecnológicos; cuántas mofas, cuántos ninguneos y menosprecios a las prácticas religiosas de toda índole. El hombre, la persona, sobre todo occidental, se había creído que lo tenía todo atado, bien atado; que las investigaciones y descubrimientos científicos, los avances tecnológicos le convertía prácticamente en invencible ante cualquier adversidad. El hombre se ha creído grande por su valor; en este siglo XXI sigue habiendo personas que por el hecho de tener más que los demás, ser más famosas que los demás; por ostentar tal o cual cargo…, se sienten superiores, vacilan y miran a los demás por encima del hombro, pero cuando la madre naturaleza, que es sabia y no es obra precisamente de ningún humano, habla y nos recuerda que no dejamos de ser simple y llanamente seres creados y por lo tanto limitados, que no somos ni los dueños ni los hacedores de nada, volvemos a despertarnos del sueño.

El ser humano es una creatura dotada de inteligencia que si la desarrolla recta y humanamente, puede descubrir y hallar remedios que hacen o pueden hacer que su estancia y su paso por este mundo y esta vida sean lo más llevadero y agradable posible, y nada más; la persona no puede adueñarse del planeta tierra ni creerse propietaria de lo que no ha hecho.

A lo largo de la historia de la humanidad, han habido fenómenos, catástrofes naturales que, además de desconcertar a todo el mundo por su inoportunidad y poder devastador, han demostrado que las personas no somos nada frente al poder de la misma. Antes fue la viruela que dejó más de 300 millones de muertes en todo el mundo, después el sarampión con 200 millones de muertes, la gripe española, 100 millones de muertes; la peste negra o bubónica con más de 75 millones de muertes, el Sida o VIH que ha cobrado más de 25 millones de muertes, pasando por el Ébola, Dengue…, y ahora Coronavirus que, hasta el momento sigue siendo pecata minuta en cuanto a la incidencia del número de contagiados y fallecidos en comparación con las anteriores pandemias.

No sabemos lo que va a pasar próximamente en el mundo con esta historia de Coronavirus, si será igual, más o menos letal y destructiva que las anteriores pandemias pero, gracias a la evolución de los medios de comunicación, las redes sociales y, sobre todo, el internet (no sabemos si ha sido un buen o mal invento para el desarrollo humano), podemos sacar conclusiones preliminares que pueden aclarar al género humano de qué podemos presumir y qué no como seres humanos en este siglo XXI. La aparición inesperada del Coronavirus nos está demostrando que:

  1. Las personas seguimos siendo vulnerables ante cualquier amenaza, ya sea natural (aparición de virus, bacterias, huracanes, terremotos, tsunami, etc), o artificial (conflictos bélicos, terrorismo, violencia de género, infantil, abusos de poder, dictaduras…);
  2. El poder material o militar no sirve de nada a la hora de la verdad. Ahí están los países llamados de primer mundo cómo están deambulando arriba y abajo sin saber qué hacer ni dónde esconderse del virus; el pánico y la psicosis se han adueñado de los Estados que se creían invencibles;

Y 3. La insolidaridad sigue siendo la característica del género humano. Para provocar guerras y destrucción, los países se unen y se entienden perfectamente (la OTAN); para hacer negocios y expoliar los recursos de los países débiles africanos, asiáticos o latinoamericanos, los países potentes, industrializados se unen y forman alianzas (EEUU, UE, etc); pero cuando vienen mal dadas o cuando se trata de defender las vidas humanas, aplicar las justicias sociales, cada país se atrinchera y cada uno busca salvarse como puede; ahí vemos a los EEUU prohibiendo vuelos procedentes de Europa y de otros continentes; Italia no quiere saber nada de sus socios comunitarios; España, lo mismo; Francia, Alemania, Inglaterra…, igual. La figura del Comisario de Exteriores de la Unión Europea, Josep Borrel ni se le ve, ni se le espera. Así está el patio.

Conclusión: nosotros no dejamos de ser personas humanas, debemos tener los pies en el suelo y no pretender ser los dueños del mundo que no sabemos o no queremos saber quién lo hizo, para qué lo hizo; ni siquiera el hombre ha llegado a descifrar la millonésima parte de los misterios que encierra ese gran enigma que es el planeta tierra. Dejemos de pavonearse con que el hombre, la persona sabe; no sabemos nada. Ya lo dijo alguien que sí sabía: «lo único que sé es que no sé nada«.

Así lo pienso y así lo digo; ¿ qué os parece?

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