
La mansión de la luna
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Zanghadji Maêt Salet
En las faldas de un tiempo que viaja a bordo del susurro, acudo al paso de la soledad para tomarle pulso al silencio, lejos de epitafios epigrafando bullicio, en busca de la sombra del árbol jaleo.
Y, aquí, junto a estas ramas de apagados destellos, me tumbo al pie de este otro árbol del sueño, para escuchar, sin prisas y al calor de la carencia de luz, los silbidos de las melodías del engaño.
Con juncoso ánimo curvo sobre el duro césped de un despejado párpado agitado por rayos sosteniendo su brillo, se detuvo, en un otro margen del lecho de mi recostado reposo, mi alma; camino de una cita al extremo siguiente de esta misma oscuridad. Con argumento traía en mi tardía partida, que, mas mirarme, dijo me sin más decirle al duro parpadeo:
“En noches de luna negra, cubre mi torso con velo ligero de peso, el leve soñar que suaviza el pasar de las estrellas junto a la bóveda de mi vigilia; mientras aguardo el turno para emprender el cierre de las cuatro esquinas bañadas de las prolongadas yerbas negras que adornan sus cuatro puertas aún sin alcoba”.
Cierto, aquí, en esta delgada rama flotante, andan subidos, sueños ligeros de poco peso; atormentados por melodías que, al desvelo de sus silbidos, andan revueltos, en el desordenado ritmo que los tienen prisioneros y tumbados; para oír hablar a la noche ya lejos del árbol del bullicio.
Busco, sí, en esta oscura inmensidad, hallar en la piedad de alguna razón, lienzo suave que prolongue su seda en alguna parte del músculo pensante, capaz de amortiguar la caída de los recuerdos que han de quedarse guardados en las alas ligeras de peso, antes de la partida en viaje de olvido por otros mundos.
Sucumbo, pues; y, al oído, le digo al alma mía:
“Alma, desde esta nocturna altura, sólo la profundidad de este oscuro silencio es comparable al ruido de la quietud que permite custodiar los límites de la nave visual alargándose para atrapar dimensiones que desbordan hasta las propias fronteras de ayer y mañana, en el trasbordador imaginario de los mundos sin freno, con pista de salida en esta cabecera”.
Y, sin otra dilación, me interrumpo:
¿Pero, porqué los ruidos duermen de noche, que es cuando el silencio deja de hablar para escuchar los pasos del pensamiento llegar ligeros de entre la oscuridad, cargados de las voluminosas hojas del tedioso libro del caos, adquirido en el transcurso del viaje a bordo del ajetreo y arropados en capas, mantas y fundas, para defenderse de las picaduras de aires sin temperatura?
Dime, alma:
“¿Qué tiene de especial esta altura que, sin moverse ápice alguno de esta recostada sombra, permite ver con nitidez absoluta, tomar presencia directa y gobernar in situ y sin estorbo alguno de ningún matutino destello, toda la terráquea geografía vista y por ver y todos sus rincones y extremos?”
¡Que me sea ligera, alma mía, esta ignorancia a mí cargada, menester una culpa por mí no concebida; sino de esta naturaleza flaca a mí vestida!
Y digo bien, si digo que de sueños está hecha esta ignorancia, de soberbia cargada, de quienes creen calzar poder por caminar bajo el sol. Pues que, las llaves de mañana, sólo están custodiadas en la alcoba de la noche; cuando el alma cierra sus aposentos y deja que sea el sueño quien le despierte de la pesadilla de si habrá otra sombra bajo el sol.







