BANGE y el PNUD venden otro espejismo financiero para tapar la ruina del clan Obiang

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La firma de un memorando entre BANGE y el PNUD ha sido presentada por el aparato de propaganda oficial como un impulso al sector privado, la innovación y el empleo juvenil. Pero detrás del lenguaje técnico y las promesas de “agrobusiness” y economía digital, lo que sigue intacto es un sistema secuestrado por el clan Obiang, donde el crédito, las oportunidades y los beneficios suelen acabar en manos de los mismos de siempre.

Por OLBIF

En Malabo no se cambia una receta que ha servido durante décadas para engañar. Se le cambia el envoltorio. El pasado 10 de abril, la BANGE S.A., convertida desde hace tiempo en brazo financiero de los servidores del clan Obiang, y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo rubricaron un nuevo memorando de entendimiento presentado como una gran apuesta por el sector privado, la innovación y el empleo juvenil. Según la versión difundida por el aparato de propaganda oficial, el acuerdo pretende apoyar a las MiPymes, desarrollar el proyecto Agrobusiness y promover soluciones innovadoras impulsadas por jóvenes.

El problema no está en las palabras. Está en el país real al que esas palabras pretenden aplicarse. Porque en Guinea Ecuatorial, el llamado sector privado rara vez funciona como un espacio libre de iniciativa económica. Muy al contrario, suele operar como una prolongación de las redes clientelares del poder. Lo que se presenta como emprendimiento acaba demasiadas veces subordinado a apellidos, padrinazgos y lealtades. Aquí no prospera el que tiene mejor proyecto, sino el que mejor se acomoda a la mesa del saqueo.

Por eso conviene desconfiar de estos anuncios revestidos de lenguaje técnico. El comunicado habla de fortalecer las MiPymes, de impulsar la bancabilidad del sector productivo y de crear productos financieros más adaptados. Pero en un Estado capturado por intereses familiares y políticos, esos instrumentos no suelen democratizar el crédito. Suelen redistribuir privilegios. El riesgo se socializa, la legitimidad la aporta un socio internacional y el beneficio termina donde casi siempre termina: en los bolsillos de quienes ya controlan todo.

No es la primera vez que se pone en escena este tipo de operación. Desde hace tiempo, BANGE y el PNUD vienen exhibiendo una línea de colaboración alrededor de la financiación de las MIPYMES y del Agrobusiness. ndo ahora anunciado encaja perfectamente en esa narrativa de modernización amable, diseñada para vender al exterior la imagen de un país en transición económica. Pero la pregunta de fondo sigue intacta: ¿qué puede significar realmente “innovar” en una economía donde la arbitrariedad administrativa, la inseguridad jurídica y el miedo político condicionan cada paso?

Se habla de economía verde, azul, digital y circular como si bastara con encadenar conceptos de moda para fabricar desarrollo. Se promete prototipado, formación, mentoría y acompañamiento empresarial a una juventud que, en demasiados casos, no sueña con lanzar una startup sino con escapar del desempleo, la represión o la humillación cotidiana. Se invoca el futuro mientras se pudre el presente. Y así, cada nuevo acuerdo sirve menos para transformar la economía que para renovar el decorado.

La teoría política lleva años explicando este mecanismo. En los regímenes donde el Estado está secuestrado por redes de patronazgo, las instituciones dejan de servir al interés general y se convierten en herramientas para proteger intereses privados. Eso es exactamente lo que ocurre cuando un banco estrechamente ligado al poder se reviste de legitimidad internacional sin que cambie la estructura de fondo que condena al ciudadano común a la exclusión financiera. La alianza aporta respetabilidad diplomática, pero no corrige la enfermedad que corroe el sistema.

Sin independencia judicial, sin controles eficaces sobre el enriquecimiento ilícito, sin reglas transparentes para acceder al crédito y sin un mercado realmente abierto, cualquier discurso sobre inclusión económica corre el riesgo de ser otra estafa elegante. Los préstamos no van a premiar necesariamente el mérito. Las oportunidades no van a repartirse por necesidad o viabilidad. Y los supuestos programas de impulso terminarán beneficiando, una vez más, a los amigos del poder, a los intermediarios del clan y a los parásitos de siempre.

El pueblo guineoecuatoriano conoce de sobra esta puesta en escena. La ha visto con el petróleo, con la diversificación, con la industrialización, con Oyala y ahora con el emprendimiento de laboratorio. Siempre hay una palabra nueva para intentar esconder el mismo fracaso. Siempre hay una promesa reluciente para disimular una estructura económica pensada para enriquecer a unos pocos y condenar al resto a sobrevivir entre migajas.

Ese es el verdadero sentido del acuerdo BANGE-PNUD. No inaugura una nueva etapa. Prolonga una vieja farsa. Le pone sello internacional a un sistema que ha hecho del despojo una forma de gobierno. Y mientras los comunicados hablan de innovación, en las calles de Malabo el ciudadano sigue viendo pasar coches de lujo sobre el polvo, consciente de que en Guinea Ecuatorial no falta talento ni ganas de trabajar: lo que sobra es una maquinaria de expolio empeñada en convertir cualquier esperanza en negocio privado del clan.

Cuando un régimen necesita tantos memorandos para parecer serio, suele ser porque ya no puede sostenerse sobre resultados. Y cuando hasta la miseria se maquilla con vocabulario financiero, lo que está en marcha no es una transformación económica, sino otra operación de blanqueo político del hundimiento nacional.

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