
Turismo de escaparate para lavar la cara a una dictadura
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«¿Cómo se puede hablar de turismo sostenible en un país donde la gente no puede circular libremente sin ser extorsionada por militares armados hasta los dientes?»
La escena se repite. Una delegación extranjera llega a Malabo con sonrisas, posados y discursos bien medidos. Esta vez son representantes de ASICOTUR, una organización asociada a ONU Turismo, que han ido a decir a los nativos que Guinea Ecuatorial tiene “potencial” como destino para congresos y viajes de negocios. Lo que no dicen, ni dirán, es que ese mismo país que promocionan es una dictadura que vive de silenciar, controlar y reprimir.
Se nos intenta vender que el turismo MICE (reuniones, incentivos, congresos, exposiciones) traerá desarrollo. Pero el verdadero objetivo no es atraer turistas: es legitimar al régimen. Es reforzar su imagen internacional. Es vestir de modernidad un sistema que no ha cambiado en más de 40 años largos. Y lo grave es que esta vez es con el respaldo, directo o indirecto, de Naciones Unidas.
Porque no hay forma de ignorarlo: Guinea Ecuatorial no es un país libre. No lo ha sido nunca bajo ningún régimen desde la Independencia. No hay prensa libre e independiente. No hay justicia imparcial. No hay posibilidad de crítica sin consecuencias. La gente vive bajo vigilancia, y todas las veces con miedo. Ahí, hasta el silencio es político. Entonces, ¿cómo se puede hablar de turismo en estas condiciones?
Lo que se presenta como apuesta por el desarrollo no es más que una fachada. El distrito de Sipopo es el ejemplo perfecto: un conjunto de hoteles de lujo y edificios vacíos que fueron construidos para aparentar. No para la gente. No para el país. Es un decorado. Un escaparate. Un centro de convenciones levantado mientras los hospitales no tienen medicinas y las escuelas públicas se caen a pedazos. Una postal pensada para los visitantes internacionales, no para los ciudadanos.
Porque quienes viven en Guinea Ecuatorial saben la verdad. Saben que para viajar de una ciudad a otra hay que pasar por decenas de controles militares. Saben que los pasaportes pueden ser retenidos por capricho. Que hay zonas “prohibidas” incluso para los propios nativos. Que el turista solo ve lo que le dejan ver. Y que su presencia muchas veces solo sirve para justificar lo injustificable.
Lo más indignante es que todo esto se sabe. No hay un solo organismo internacional que no tenga informes sobre la situación de los derechos humanos en Guinea Ecuatorial. Amnistía Internacional, Human Rights Watch, incluso el Alto Comisionado de la ONU. Todos han documentado detenciones arbitrarias, torturas, desapariciones, censura, secuestros. Entonces, ¿por qué esta visita? ¿Por qué este apoyo?
Porque hay intereses. Porque mientras el régimen garantice negocios, petróleo y contratos, se le seguirá blanqueando. Se seguirá fingiendo que hay avances. Se seguirá invitando a ferias, foros y cumbres. Se seguirá hablando de oportunidades, pero sin mencionar nunca la represión.
Y mientras tanto, la gente común, la que no aparece en los folletos turísticos, sobrevive como puede. En barrios sin agua ni luz. En pueblos olvidados por el Estado. En escuelas sin pupitres. En hospitales sin médicos. Muchos jóvenes han dejado de soñar. Huyen. Algunos cruzan fronteras a pie. Otros arriesgan la vida en el mar. Muchos terminan deportados o encarcelados en países lejanos. Para ellos, el turismo es solo otra mentira oficial.
Es fácil organizar conferencias cuando se ignora lo que ocurre en las calles. Es fácil hablar de “potencial” cuando uno se aloja en hoteles pagados por el Estado y se mueve en caravanas escoltadas. Pero eso no cambia la realidad. Guinea Ecuatorial sigue siendo una prisión sin barrotes. Y venir a hacerse fotos aquí no es neutral. Es colaborar con el silencio.
Este país no necesita turistas invitados por la dictadura. Necesita justicia. Necesita memoria. Necesita que quienes tienen voz internacional dejen de fingir que no ven lo que pasa. Porque cada visita como esta no solo es propaganda. Es complicidad.








Yo casi me peleo las mil veces que paso por las barreras militarizadas nuestras; de turismo, nada.