La cortina de humo de Milagrosa Obono Angue para encubrir la quiebra social en Guinea Ecuatorial

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Mientras los hogares de Malabo y Bata se hunden bajo una inflación asfixiante, el clan en el poder se entrega a una autosatisfacción obscena. El pasado lunes, ante una asamblea de figurantes, la ministra delegada encargada del Tesoro vendió como hito una supuesta calificación crediticia ejemplar. Pero detrás de las cifras pulidas para seducir a los inversores se esconde una verdad mucho más áspera, la opacidad total de un sistema que confunde las arcas del Estado con el bolsillo privado del Gran Camarada.

Por OLBIF

El lunes 16 de marzo de 2026, el Palacio del Pueblo volvió a convertirse en escenario de una nueva función del teatro presupuestario. Milagrosa Obono Angue, diligente ejecutora de las maniobras financieras del régimen, compareció ante el pleno para anunciar una noticia que sería cómica si no retratara tan bien la tragedia nacional: Guinea Ecuatorial tendría la mejor calificación crediticia de la subregión.

Según Ahora EG, aquella intervención “voluntaria” tenía como fin informar a los diputados, cuyo papel real rara vez va más allá del aplauso disciplinado, sobre los resultados de una evaluación elaborada por un organismo financiero internacional. Pero eso no es transparencia. Es maquillaje. Como advirtió Maquiavelo, quien engaña siempre encuentra a alguien dispuesto a dejarse engañar. Aquí el régimen maquilla sus cifras para vender solvencia afuera mientras acumula ruina adentro.

Cifras para tranquilizar a los mercados, miseria para castigar al pueblo

El argumentario de Milagrosa Obono Angue estaba cuidadosamente engrasado. Enumeró, según las cajas pandoras del régimen, los supuestos beneficios de la calificación; reducción del coste de la deuda, mayor confianza de los inversores, mejor planificación de las políticas públicas y hasta una pretendida garantía de transparencia para que los ciudadanos evalúen la gestión financiera del Estado.

La ironía resulta insultante. Invocar la transparencia en un país donde la caja pública sigue funcionando como prolongación patrimonial de la familia gobernante es una burla de dimensiones obscenas. En los regímenes depredadores, el lenguaje de la buena gobernanza suele utilizarse como escudo retórico para encubrir lo contrario. Y eso es precisamente lo que vuelve a ocurrir en Malabo.

Porque la visibilidad internacional que el régimen dice perseguir no remite a hospitales mejor equipados, escuelas más dignas o barrios con electricidad estable. Lo que el mundo ha visto durante años son escándalos de bienes mal adquiridos, redes clientelares, opacidad presupuestaria y una renta petrolera convertida en privilegio privado de unos pocos. Si el Estado aparece hoy como “solvente”, no es por una gestión ejemplar, sino porque todavía se sienta sobre recursos naturales cuyos beneficios no llegan a las mesas vacías de la mayoría.

Un viejo proverbio africano recuerda que quien oculta su enfermedad jamás encontrará remedio. El régimen hace exactamente eso, esconde la podredumbre estructural bajo gráficos de solvencia y lenguaje tecnocrático, mientras el cuerpo social se descompone en el paro, la carestía y la desesperanza.

El aplauso servil de los llamados representantes del pueblo

El espectáculo alcanzó su punto más revelador cuando los portavoces de los dos grupos parlamentarios de Obiang felicitaron al Gobierno por su supuesto éxito. En un sistema construido sobre el nepotismo y la obediencia, felicitar al amo es una forma de supervivencia política. No representan al pescador de Annobón, ni al joven desempleado de Bata, ni al agricultor que ve cómo el coste de la vida devora cualquier margen de subsistencia. Representan, ante todo, los intereses de Obiang Nguema y su red de beneficiarios.

La ministra delegada también aseguró que esta calificación permitirá planificar mejor las políticas públicas a partir de “datos fiables”. Pero en Guinea Ecuatorial la estadística oficial hace tiempo que dejó de servir al ciudadano y pasó a servir al decorado. La única cifra que no necesita maquillaje es la del desempleo juvenil, la del deterioro de los servicios básicos o la del empobrecimiento silencioso de miles de familias mientras los miembros del Gobierno y sus allegados circulan en vehículos blindados y viven al margen de las privaciones que ellos mismos administran.

La CEMAC no es un podio, sino un sótano compartido

Presumir de tener la mejor nota de la CEMAC equivale a jactarse de ser el menos enfermo de un hospital en ruinas. La mala gobernanza es un mal regional, sí, pero Malabo le ha añadido un grado particular de cinismo. Cuando el régimen afirma que esta calificación facilitará el acceso del país a los mercados de capitales, lo que en realidad anuncia es su disposición a buscar nuevos prestamistas para sostener una maquinaria de obras improductivas, contratos opacos y comisiones ocultas.

La legitimidad de un poder no se mide por la sonrisa de los mercados, sino por su capacidad de proteger el bien común. Cuando el enriquecimiento ilícito se convierte en norma y la mayoría sobrevive entre carencias, el crédito financiero pierde toda grandeza. La confianza de los inversores no llena los platos vacíos en los barrios de Malabo. No abarata el arroz. No restablece la electricidad. No cura la fractura moral de un país gobernado como si fuera una finca privada.

La realidad, al final, es más simple que toda la retórica tecnocrática del régimen. No se construye una economía sólida sobre los pantanos de una dictadura. Esta notación de crédito de 2024, exhibida en 2026 como trofeo político, no es más que un certificado de complacencia para un sistema que prefiere brillar en los foros internacionales antes que garantizar una vida digna a los guineoecuatorianos.

Lo demás es propaganda con traje de contable.

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