Annobón bajo asedio con once encarcelados y denuncias de tortura por unos rituales que el régimen no tolera

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Según fuentes nuestras, al menos once personas permanecen actualmente encarceladas tras una operación represiva marcada por detenciones arbitrarias, disparos durante los arrestos y denuncias de tortura bajo custodia. En el momento de las detenciones hubo tiroteos, aunque no se han reportado víctimas mortales. Lo que sí se denuncia con firmeza es que varios de los detenidos están siendo sometidos a malos tratos y actos violentos en prisión.

Las personas actualmente encarceladas son Roberto Andreu Mejía, de 73 años; Eulogio Panadés Menejal, de 59; Elvira Medina Catalán, de 65; Gervasio Estrada Benito, de 58; Román Bestie Tavarez, de 45; Jesús Mum Garriga, de 19; Leonardo Cachina Blanco, de 19; Santos Cisneros Mañé, de 19; Guillermo Garriga Egido, de 19; Prudencio Cervera Nach, de 33; y Javier Isabel Tomé, de edad no confirmada. A esta lista se suma la amenaza de nuevas detenciones. Entre las personas en riesgo figura MANQUI AMULE.

A la pregunta sobre el motivo real de esta nueva embestida, la respuesta de una fuente conocedora de la situación resume, con cautela, el trasfondo de lo ocurrido:

Tras un acto cultural y, según cuentan, por cosas espirituales. Cuando se habla de espíritu, hermano mío querido y respetado, me pierdo. Sobre todo porque no lo puedo probar”.

Todo indica que el poder ha vuelto a reaccionar con violencia contra prácticas culturales y rituales ligados a la vida tradicional annobonesa, en particular aquellos vinculados a la pesca de subsistencia.

Es decir, lo que al régimen de Teodoro Obiang le incomoda no sería un delito probado ni una amenaza real al orden público, sino la persistencia de una identidad propia que no controla y de unas costumbres que no logra domesticar. Annobón vuelve a ser castigada por seguir siendo Annobón. El poder central, incapaz de ofrecer desarrollo, servicios, respeto institucional o siquiera una relación digna con la isla, responde como siempre ha respondido frente a lo que no entiende, con miedo, con represión y con cárcel.

La obscenidad del caso resulta todavía mayor cuando esa intolerancia se contrasta con el silencio que durante años ha rodeado en la región continental las persistentes denuncias sobre crímenes rituales, desapariciones y prácticas atroces asociadas en el imaginario popular a círculos protegidos por el poder. Mientras a los annoboneses se les reprime por sus ritos de subsistencia y por expresiones culturales arraigadas en la vida comunitaria, el régimen nunca ha mostrado la misma ferocidad para esclarecer tantas sospechas oscuras que salpican a sectores influyentes del aparato estatal. Esa doble vara no es casual. Es una forma de dominación.

La lista de encarcelados ilustra además la brutalidad del operativo. Entre los presos hay ancianos, adultos y varios jóvenes de apenas 19 años. No se trata de una actuación aislada ni de un exceso puntual. Se trata de una operación de castigo sobre una población históricamente marginada, castigada por el aislamiento, abandonada por el Estado y ahora perseguida por mantener prácticas que forman parte de su tejido social. El mensaje del régimen parece claro, en Annobón no solo se controla el territorio, también se pretende controlar el alma de la comunidad.

Cuando un Estado dispara durante arrestos, encierra sin garantías y tortura a detenidos, no está preservando ningún orden. Está administrando el terror. Y cuando además lo hace contra una isla olvidada que apenas lucha por sobrevivir, la represión deja de ser un exceso para convertirse en política. Lo que hoy ocurre en Annobón no retrata fuerza institucional, sino la cobardía de un régimen que se siente más cómodo golpeando a pescadores, jóvenes y ancianos indefensos que rindiendo cuentas ante un país hundido en la corrupción, el abuso y la impunidad.

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