
El vicepresidente de su padre convierte GETESA en otra escena del Estado-finca
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Según un mensaje publicado por Teddy en su cuenta de X, Charles Borome Razafimahatratra ha sido seleccionado como candidato para asumir la Dirección General de GETESA, tras una entrevista que el propio autor asegura haber conducido personalmente. Lejos de transmitir normalidad institucional, el anuncio deja al descubierto dos realidades: el deterioro reconocido de una empresa estratégica y la costumbre del régimen de administrar lo público como si fuera patrimonio familiar.
El mensaje difundido por el vicepresidente de su padre no es solo un anuncio de nombramiento. Es también una confesión política y administrativa. En pocas líneas, Teddy reconoce que GETESA arrastra deficiencias en la cobertura, en la calidad del servicio y en la gestión operativa. Es decir, el propio poder admite que una de las empresas más importantes del país no está respondiendo como debería a las necesidades de la población.
Ese reconocimiento no es menor. Durante años, los usuarios han padecido problemas de conexión, inestabilidad del servicio y carencias que afectan tanto a la vida cotidiana como a la actividad económica. Ahora, el régimen pretende presentar la designación de un nuevo responsable como si fuera el inicio de una solución, cuando el propio mensaje confirma antes que nada el tamaño del fracaso acumulado. No se trata de un problema recién descubierto, sino de una degradación tolerada bajo el mismo sistema que hoy quiere aparecer como corrector de sus propios desastres.
Pero el contenido del mensaje va más allá de GETESA. Lo más revelador no es solo que se nombre a un candidato, sino la forma en que se presenta el proceso. Nguema afirma que condujo personalmente la entrevista, que seleccionó al candidato y que le concedió dos semanas para presentar un plan de acción a corto, medio y largo plazo. Más que una explicación institucional, el texto parece la voz de un patrón repartiendo órdenes dentro de una propiedad privada.
Ahí está el verdadero fondo del asunto. GETESA no aparece tratada como una empresa pública con procedimientos, órganos y reglas propias, sino como otra dependencia sometida al mando directo del gobernante de facto. El régimen quiso vender la escena como un “proceso riguroso de evaluación”, pero lo que terminó exhibiendo fue otra demostración de personalismo. Cuando todo pasa por la voluntad de una sola figura del poder, la palabra rigor se convierte en decorado.
La elección del nuevo candidato queda así envuelta en una contradicción habitual del sistema. Por un lado, se reconoce que la empresa necesita transformación urgente por sus fallos en cobertura, calidad y gestión. Por otro, esa misma transformación se anuncia desde una lógica que niega cualquier apariencia de institucionalidad. En vez de reforzar la confianza pública, el mensaje recuerda hasta qué punto el Estado sigue funcionando como finca familiar, donde el poder político decide, supervisa y ordena sin necesidad de esconder siquiera el gesto.
Queda por ver si Charles, de apellidos largos, logrará mejorar la situación de GETESA. Pero incluso antes de que empiece, el régimen ya ha dejado una imagen bastante clara de sí mismo. El problema no es solo el deterioro de la empresa, sino el marco en que se intenta corregirlo; un país donde las compañías estratégicas no se gestionan como instituciones al servicio del interés general, sino como piezas movidas desde «la superioridad» por el vicepresidente de su padre. Y mientras esa lógica no cambie, cada relevo seguirá pareciendo menos una reforma seria que un simple reajuste dentro de la finca del poder.







