
Los saqueadores del Estado guineoecuatoriano que creyeron asegurar el futuro de su prole
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Por Amancio Edú
Esa frase que algunos repiten con una tranquilidad insultante, “me mancho con el PDGE, pero por lo menos dejo asegurados a mis hijos”, esconde una trampa moral que conviene desmontar con calma. No es solo corrupción. Es una pedagogía equivocada sobre qué significa realmente dejar una herencia.
El bien público no es una caja abierta para que cada barón del régimen meta la mano. Es el suelo sobre el que camina una sociedad. Cuando un gestor convierte el presupuesto, los contratos, las licencias o los permisos administrativos en botín personal, no está simplemente “tomando de más”. Está arrancando los ladrillos del edificio común.
El bien público son hospitales donde no se cobra soborno para atender a un enfermo. Son escuelas con maestros pagados. Son carreteras que no se hunden ni se vuelven intransitables con las primeras lluvias fuertes. Es una justicia que no se compra. Es una administración que funciona sin mordida. Eso no se hereda en una cuenta bancaria. Se usa todos los días.
La lógica del saqueador confunde riqueza privada con seguridad familiar. Cree que el dinero robado al Estado es portátil, eterno y suficiente. Pero si se quitan los ladrillos de un puente para construir una casa particular, esa casa puede quedar en pie durante un tiempo, aunque nadie pueda llegar a ella.
Decir “aseguro a mis hijos” parte de tres mentiras.
La primera es creer que el dinero dura sin instituciones. En un país pulverizado, la inflación, la devaluación, los cambios de régimen, las sanciones o un bloqueo internacional pueden convertir fortunas enteras en papel mojado. Sin bancos confiables, sin tribunales independientes y sin una economía sana, el patrimonio no es seguridad. Es miedo almacenado.
La segunda mentira es pensar que los hijos vivirán siempre fuera del país. Incluso en el extranjero necesitan pasaporte válido, reputación, redes, credibilidad y un apellido que no sea una carga. Un nombre asociado al saqueo puede cerrar puertas en universidades, negocios, bancos, visados y relaciones sociales.
La tercera mentira es creer que la culpa no se hereda. Es verdad, la culpa personal no se hereda. Pero las consecuencias sí. Los hijos de los saqueadores también crecen en un país sin servicios, sin instituciones, sin mercado real, sin ciudadanos formados y sin futuro compartido. Heredan dinero, pero también heredan miedo, aislamiento y desprecio social.
Cuando se pulveriza un país, también se pulveriza la herencia. Un Estado desmantelado no puede proteger ni siquiera a quienes lo saquearon. Guinea Ecuatorial lo demuestra con claridad.
Primero, porque se destruye el capital humano. Sin escuelas decentes, sin bibliotecas, sin universidades competitivas, sin investigación y sin cultura del mérito, una sociedad deja de producir ideas, empresas y soluciones. ¿De qué sirve dejar millones a unos hijos si no hay ingenieros, médicos, abogados, economistas, técnicos o gestores competentes para sostener el país donde esos millones deberían tener sentido?
Segundo, porque se consolida una economía extractiva. Todo se importa, casi nada se produce. La riqueza robada sale del país y no circula. Los hijos acaban dependiendo de rentas colocadas fuera, vulnerables a cualquier sanción, investigación judicial o cambio político.
Tercero, porque se pierde la legitimidad. Un sistema basado en el PDGE como vía de enriquecimiento enseña a la siguiente generación que el mérito no vale, que estudiar no basta, que trabajar no cuenta y que lo importante es estar cerca del poder. Esa lección produce mediocridad generalizada. Y la mediocridad es el verdadero último puesto en las clasificaciones que importan.
Por eso no es casualidad que Guinea Ecuatorial aparezca hundida en tantos indicadores de educación, innovación, transparencia o desarrollo humano. No es un defecto genético. No es una maldición. Es el resultado pedagógico de décadas en las que el ejemplo transmitido desde arriba fue, “Toma tú antes de que tome otro”.
La herencia falsa es la cuenta bancaria. La herencia real es un país funcional donde esa cuenta tenga algún sentido.
Un padre que deja un hospital funcionando, una escuela con libros, una administración que no exige sobornos y una justicia que protege al débil está dejando a sus hijos algo más valioso que una fortuna: les deja un entorno donde pueden competir, crear, equivocarse y levantarse sin hundirse.
Un padre que solo deja dinero en un país roto entrega a sus hijos una isla que se hunde con ellos dentro.
Esta reflexión no busca insultar. Busca enseñar. Mientras la justificación siga siendo “me mancho por mis hijos”, seguiremos confundiendo amor familiar con pánico, pánico con patriotismo y saqueo con previsión.
A los estudiantes de la UNGE, que sois parte del futuro de Guinea Ecuatorial, os dejo dos preguntas para desarrollar:
¿Por qué esa mentalidad de “asegurar a los míos” se repite tanto en contextos de partido único como el PDGE?
¿Qué habría pasado en Guinea Ecuatorial si, durante estos 46 años, los fondos públicos saqueados se hubieran invertido en escuelas, hospitales, bibliotecas, investigación, justicia e infraestructuras, en lugar de acabar en cuentas familiares?








