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El clan Obiang conmemoró sus 47 años en el poder con un desfile militar y una exhibición partidista en La Paz, la ciudad levantada en Djibloho con los recursos de un país privado de democracia, servicios públicos y oportunidades.
Cuarenta y siete años después del supuesto «golpe de Estado de la libertad», el clan Obiang ha convertido la ciudad fantasma de La Paz en un teatro de marionetas. Entre un ostentoso desfile militar y una gran ceremonia del partido único, el régimen de Malabo celebró su propia longevidad, muy lejos de las aspiraciones democráticas de un pueblo sacrificado en el altar del nepotismo.
Por OLBIF
Una autocracia que se celebra a sí misma entre el hormigón de Djibloho
Cuarenta y siete años. Es el macabro balance que Guinea Ecuatorial arrastra como una losa desde aquel 3 de agosto de 1979. El lunes 3 de agosto de 2026, alejado de la realidad de un país exhausto, el régimen de Malabo consideró oportuno exhibirse entre la decadencia dorada de La Paz, esa capital artificial perdida en medio de la selva de Djibloho, monumento absurdo al despilfarro de la riqueza petrolera.
Lejos de conmemorar liberación alguna, esta representación de la nomenclatura volvió a recordar una amarga verdad: un dictador se limitó a sustituir a otro, encerrando al país en un permanente círculo familiar.
El nepotismo convertido en doctrina de Estado
Fiel a la tradición mafiosa del poder, el espectáculo de esta «conmemoración» funcionó como un asunto de familia. Bajo la mirada cómplice de la matriarca Constancia Mangue, el clan exhibió sus privilegios. El vástago heredero, colocado al frente del aparato de seguridad, se recreó en una revista militar de opereta, rodeado de cortesanos y de figuras políticas extranjeras necesitadas de respetabilidad democrática, como los expresidentes Alpha Condé y Boni Yayi, llegados para prestar apoyo a una autocracia desprovista de toda legitimidad moral.
Sobre el asfalto de La Paz, el Ejército del régimen y las milicias partidistas del PDGE, desde la organización de mujeres hasta los fanáticos de la Asociación Hijos de Obiang, desfilaron al paso militar para escenificar una supuesta «unidad nacional».
Una propaganda burda que apenas logra ocultar el miedo de un sistema corrompido hasta la médula, consciente de que su supervivencia depende de las bayonetas y de la sumisión impuesta a funcionarios y empresas convertidos en rehenes.
Mientras el poder se empeña en disimular su quiebra política tras las fanfarrias de un nacionalismo de fachada y misas hipócritas dedicadas a unos «héroes» traicionados, Guinea Ecuatorial continúa hundiéndose en la asfixia económica y social.
Los desfiles de La Paz no cambiarán lo inevitable: ningún desfile de carros de combate ni ninguna misa de circunstancias podrá librar a un régimen de corruptos del juicio de la historia.
Cuarenta y siete años después, siguen llamando «libertad» a una dictadura familiar sostenida por el miedo, el saqueo y los uniformes.