
Mascarada: una calificación financiera atribuida a Malabo para tapar el naufragio social
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Mientras el pueblo sobrevive aplastado por una pobreza enquistada tras décadas de gestión clánica, el régimen de Malabo se regaló este martes una nueva ceremonia de autobombo. Manuel Osa Nsue presentó una calificación soberana convenientemente favorable como si se tratara de una prueba de buena salud económica. Entre cifras maquilladas y aplausos de escaparate, la operación busca blanquear una realidad marcada por la corrupción, el nepotismo y la ruina social del clan Obiang.
Por OLBIF
La escena parecía sacada del manual clásico de las dictaduras tropicales: sonrisas oficiales, lenguaje tecnocrático y una puesta en escena pensada para ocultar la miseria real del país. En el Ministerio de Hacienda, Manuel Osa Nsue, fiel ejecutor de la voluntad de “Teodorín”, recibió de Bloomfield Investment Corporation una suerte de certificado de respetabilidad financiera. Según el aparato de propaganda oficial, Guinea Ecuatorial obtuvo la nota BBB a largo plazo. Un dato lanzado al aire como trofeo institucional, aunque no diga nada a quienes viven sin servicios básicos y jamás han visto reflejada en sus vidas la riqueza petrolera del país.
Un proverbio fang enseña que la huella de la serpiente sobre la roca no alimenta al pájaro. Del mismo modo, los gráficos relucientes y las tablas de calificación no llenan los platos en Malabo II ni en Bata. Sin embargo, Manuel Osa Nsue sostuvo que esta nota confirma “la solidez de los fundamentos económicos, la disciplina presupuestaria y la coherencia de las políticas públicas”. La frase retrata por sí sola el grado de cinismo del régimen. Hablar de fundamentos sólidos en un país donde la precariedad se vuelve visible apenas se abandona el perímetro del poder no es un ejercicio de optimismo, sino una obscenidad política.
El régimen presume además, siempre según el altavoz propagandístico de Malabo, de un incremento del 17 % de los ingresos no petroleros en 2024. Pero la pregunta sigue intacta: ¿dónde está ese dinero? No en los hospitales, desprovistos de medicamentos esenciales. No en los barrios olvidados, donde la pobreza convive con el abandono. No en una administración pública capaz de garantizar dignidad mínima a la población. Como escribió Jean-François Bayart, estamos ante una forma descarnada de “política del vientre”, la camarilla se alimenta de estadísticas mientras la deuda pública, exhibida orgullosamente como si fuera un signo de madurez financiera, sigue sirviendo para sostener elefantes blancos, clientelas y operaciones de prestigio sin impacto social.
Durante la reunión técnica, los representantes de Bloomfield hablaron de la “viabilidad de la deuda”. Pero en un Estado serio la legitimidad económica no se mide por la tranquilidad de los acreedores, sino por la capacidad de convertir los recursos nacionales en bienestar colectivo. En Guinea Ecuatorial esa supuesta viabilidad es poco más que una coartada verbal para tranquilizar a los mercados mientras el país real continúa hundiéndose. No por casualidad, Manuel Osa Nsue aprovechó el acto para elogiar el “liderazgo” del jefe del régimen y la “implicación directa del Vicepresidente” en la gestión económica. Traducido al lenguaje llano: la familia administra el Tesoro público como si fuera una tienda particular.
El órgano de propaganda del régimen insistió también en el apoyo del FMI y del Banco Mundial, presentando ese acompañamiento como si equivaliera a una absolución moral. Pero la digitalización de las aduanas, la cuenta única del Tesoro y otras supuestas reformas estrella no han alterado la naturaleza del sistema. Solo han modernizado el envoltorio de una maquinaria diseñada para preservar el control absoluto de los flujos financieros en beneficio de un mismo círculo de poder. No hay transformación económica cuando el saqueo cambia de lenguaje, pero no de dueños.
La escena terminó, como tantas veces, con una foto de grupo y sonrisas cuidadosamente exhibidas. Una instantánea ofensiva para un país donde la pobreza no es una cifra, sino una condena cotidiana. Si la nota es “estable”, lo verdaderamente inestable es la tensión social acumulada bajo décadas de impunidad. El régimen juega con porcentajes, sellos internacionales y terminología financiera, pero olvida que ninguna agencia de calificación puede corregir el veredicto de la calle. Y ese veredicto, cuando llegue, no se escribirá en informes técnicos, sino en la memoria de un pueblo harto de que le vendan prosperidad mientras le administran ruina.







