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Mientras la juventud de Guinea Ecuatorial se pudre en la inacción por falta de infraestructuras, nuestros talentos florecen lejos de casa. La victoria de este fin de semana de Raúl Abaga en Bron, en la periferia de Lyon, ha caído como maná para la maquinaria propagandística del régimen de Obiang. Pero conviene decirlo sin rodeos: este triunfo no pertenece a Malabo. Pertenece a un hombre que ha tenido que abrirse camino fuera de un sistema que prefiere financiar palacios antes que levantar gimnasios y formar deportistas.
Por OLBIF
Ha sido en la Academia de Boxeo de Bron, en las afueras de Lyon, donde Raúl Abaga, apodado “El Matador”, ha ido a buscar el reconocimiento que su propio país nunca le garantizó. Allí, lejos de los discursos huecos del poder y de la miseria institucionalizada que ahoga cualquier aspiración juvenil en Guinea Ecuatorial, el boxeador guineoecuatoriano sumó una nueva victoria en su carrera profesional.
La propaganda oficial se apresuró a celebrar el resultado como si se tratara de un éxito nacional gestionado desde Malabo. Pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿qué parte exacta de esta victoria pertenece al régimen? ¿La disciplina del púgil? ¿Las horas de entrenamiento? ¿El sacrificio del exilio? ¿La apuesta por una carrera construida fuera de un país que no ofrece ni estructura ni horizonte a sus deportistas? Como dice un refrán bien conocido entre nosotros, el mono trabaja y el babuino come. Abaga se deja la piel en el ring mientras la dictadura intenta colgarse la medalla desde sus despachos alfombrados.
Bron frente al desierto deportivo de Malabo
La versión oficial ha insistido en presentar este combate como el inicio de una nueva etapa para Abaga bajo los colores de la Academia de Boxeo de Bron. Y precisamente ahí es donde queda expuesta toda la miseria del discurso del régimen. ¿Por qué Bron? ¿Por qué Francia? ¿Por qué no Malabo o Bata?
La respuesta es brutal por su sencillez, porque en Guinea Ecuatorial el deporte solo existe como decorado. Sirve para el aplauso oficial, para la fotografía, para el titular fácil, para la distribución de favores entre allegados y para justificar partidas presupuestarias cuya trazabilidad suele perderse entre la opacidad y el clientelismo. Lo que no sirve es para formar atletas, sostener carreras o construir un tejido deportivo serio. En un país donde el dinero público termina con demasiada frecuencia en mansiones, coches de lujo y redes de lealtad personal, pensar en centros de alto rendimiento o en escuelas de boxeo resulta casi una insolencia.
Eso tiene nombre. En ciencia política se llama sportswashing, la apropiación simbólica del éxito deportivo para blanquear un sistema podrido. Pierre Bourdieu explicó que el deporte también es un campo de disputa por el capital simbólico. Y eso es exactamente lo que intenta hacer el régimen de Obiang, absorber el brillo de Raúl Abaga para disimular la penumbra moral, política y social que impone dentro del país.
Los hechos detrás de la propaganda
Más allá de la espuma propagandística, lo cierto es que Abaga volvió a demostrar que su carrera avanza gracias a su propio esfuerzo y al entorno profesional que ha encontrado fuera de Guinea Ecuatorial. Su victoria refuerza una trayectoria que ya empieza a darle visibilidad en el circuito francés y europeo, algo que no ha nacido del acompañamiento institucional de Malabo, sino de la necesidad de buscar aire lejos del asfixiante desierto nacional.
Y eso debería bastar para desmontar el relato oficial. Porque cada triunfo de un deportista guineoecuatoriano en el extranjero no es una medalla para el régimen, es una acusación. Es la prueba viva de que el talento existe, pero debe emigrar para no marchitarse. Es el retrato exacto de un país que expulsa a sus mejores hijos por abandono, por desidia y por corrupción.
Los dignatarios del sistema, siempre tan veloces para felicitar desde la distancia, jamás hablan del precio real del exilio. No hablan de la soledad, ni de la precariedad, ni de los entrenamientos lejos de la familia, ni del esfuerzo de rehacerse en un entorno extraño para poder competir en serio. Para ellos, el deporte es poco más que una utilería del poder: un instrumento para aparentar cercanía con el pueblo mientras se vacía de contenido cualquier política pública digna de ese nombre.
Un sistema que sofoca a sus propios talentos
La historia de Raúl Abaga no es solo la de un boxeador. Es también la historia de una generación entera. La de miles de jóvenes guineoecuatorianos condenados a entender, demasiado pronto, que en su país el mérito no basta. Que el esfuerzo no garantiza nada. Que para respirar, crecer y triunfar hay que marcharse.
Ese es el verdadero drama nacional. No se trata únicamente de la ausencia de pabellones, rings o entrenadores cualificados. Se trata de un modelo de poder que sofoca cualquier posibilidad de desarrollo autónomo, incluso en ámbitos que podrían servir para dar esperanza a una juventud cada vez más cercada por el desempleo, la improvisación y la humillación cotidiana.
El régimen de Malabo es una dictadura de escaparate. Hoy celebra a un “Matador” que pelea en Francia mientras mantiene enterrados, bajo la pobreza estructural y el desprecio administrativo, a miles de talentos que apenas necesitarían una oportunidad, un gimnasio decente y un mínimo de dignidad para empezar a abrirse camino.
Jean-Jacques Rousseau escribió que la obediencia al solo apetito es esclavitud. Y eso define con precisión a este poder: esclavo de su propia codicia, incapaz de construir país, dispuesto únicamente a explotar cada éxito ajeno para prolongar su ficción de Estado funcional.
Felicidades a Raúl Abaga. La victoria es suya. De su coraje. De su disciplina. De su equipo. De su resistencia. No pertenece en absoluto a los parásitos de Malabo, cuya única especialidad sigue siendo sobrevivir a costa de la represión, el saqueo y la mentira.