La Navidad del carné y el país secuestrado

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Hermanas y hermanos guineoecuatorianos:

El 23 de diciembre de 2025, el PDGE publicó un mensaje de fin de año en el que el “Presidente Fundador” presenta el reparto de víveres como tradición, como prueba de “paz”, y como “gesto paternal” que, según el texto, compensa “la vida cotidiana y el esfuerzo de todos”.

Empecemos por lo obvio: no hay nada malo en que una familia reciba alimentos. Lo indecente es otra cosa, que se convierta la necesidad en espectáculo, que se etiquete la supervivencia como favor, y que el Estado, que recauda, decide y controla, se presente como benefactor sentimental en vez de responder como lo que debería ser, servidor público con obligaciones.

Se nos habla de “sosiego y paz” como si la paz fuera una consigna de desfile. Pero la paz no es silencio, ni obediencia por miedo, ni calma fabricada a base de castigo. Cuando un país necesita recordarle cada año a sus ciudadanos que “todo aquel que provoque el desorden… es enemigo de la paz”, no está defendiendo la estabilidad: está fabricando sospechosos. Y cuando el poder decide quién es “enemigo” por discrepar, lo que se protege no es la nación: se protege la impunidad.

La prueba está fuera del panfleto. Freedom House califica a Guinea Ecuatorial como “Not Free” (no libre) con 5/100, y describe un sistema donde las elecciones no son libres ni justas y donde el gobierno reprime a oposición, sociedad civil y prensa. Amnistía Internacional, en su informe más reciente, habla de detenciones arbitrarias, presiones contra defensores de derechos humanos, y nuevas amenazas a la libertad de expresión (incluidos proyectos normativos sobre “ciberdelincuencia”). En otras palabras, el discurso oficial vende “armonía”; los observadores independientes registran mecanismos de control.

También se nos repite la cantinela de la “prosperidad para todos”. Y, sin embargo, el propio formato del mensaje lo delata; si de verdad existiera prosperidad compartida, la Navidad no dependería de un reparto con sello partidista. Un país próspero no mendiga su derecho a comer. Un país con instituciones sanas no necesita “jornadas” de víveres como sustituto de salarios dignos, escuelas que funcionen, hospitales abastecidos y servicios básicos sin chantaje político.

El texto presume de “suntuosidad” al celebrar el aniversario de la independencia y de la “perfecta organización” del desfile en Djibloho. Pero hay una pregunta que ningún himno responde: ¿para qué sirve la independencia si el ciudadano no puede exigir cuentas? ¿Qué significa “soberanía” cuando se confunde partido con Estado, y cuando la lealtad al poder decide quién accede a oportunidades y quién queda relegado?

Y aquí aparece la frase más reveladora: el reparto se presenta como “gesto paternal”. El paternalismo no es amor, es jerarquía. Es la política convertida en relación de tutor y tutelado, donde el pueblo no es sujeto de derechos sino destinatario de dádivas. Un padre no rinde cuentas; un gobierno sí. Ese es el truco; llamarlo “paternal” para evitar llamarlo por su nombre cuando conviene, clientelismo, propaganda y control social.

Tampoco es casual que el mensaje recurra a enemigos externos: “detractores colonialistas” y “acólitos domesticados”. Cuando falta gestión, sobra culpa ajena. Y mientras se señala al extranjero, se esquivan preguntas domésticas: ¿por qué un país con recursos termina celebrando la Navidad como campaña de reparto? ¿Quién decidió que la dignidad se mide en bolsas de plástico, no en derechos?

Mientras se pronuncian sermones sobre “hacer el bien y evitar el mal”, el país arrastra controversias graves en foros internacionales, el apagón de internet en Annobón, denunciado por organizaciones digitales, se ha descrito como una forma de castigo colectivo que deja a la población aislada y sin servicios básicos. Y, a la vez, el poder utiliza un lenguaje muy parecido al que critica fuera; acusa de “paternalismo” y “neocolonialismo” a otros Estados cuando le conviene en disputas internacionales por bienes confiscados, mientras practica en casa un paternalismo de víveres y consignas.

Un contradiscurso no se escribe para aguar la Navidad. Se escribe para recordar algo elemental: la caridad no sustituye a la justicia, y el reparto no reemplaza la rendición de cuentas. Si el PDGE puede organizar desfiles, puede organizar auditorías. Si puede imprimir carteles, puede publicar contratos. Si puede repartir sacos, puede garantizar salarios y servicios sin humillación. Lo demás es BASURA.

Que nadie se equivoque, el pueblo guineoecuatoriano no pide milagros. Pide lo mínimo que cualquier Estado decente debe asegurar: libertad para hablar sin miedo, instituciones que no se arrodillen ante un apellido, y un país donde la dignidad no dependa de una fila ni de un carné.

Porque aquí la despensa no se llena, se administra en campañas, una vez al año, como coartada.

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