
La ira de Teodorín ante el reconocimiento internacional de Alfredo Okenve
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El hijo del dictador no soporta que el mundo rinda homenaje a quien representa exactamente lo que él no es, ni se espera que sea alguna vez: un hombre digno, íntegro y respetado, como lo es Alfredo Okenve Ndo. La reciente arremetida del vicepresidente de su padre contra Francia no responde a motivos diplomáticos, sino al despecho de quien ve tambalear su imagen ante la legitimidad moral de un compatriota. Según Le Monde, el régimen de Malabo acusa a París de intentar “desestabilizar” el país después de que el activista guineoecuatoriano recibiera el Premio Franco-Alemán de Derechos Humanos y Estado de Derecho.
El premio concedido a Okenve ha sido interpretado como una provocación por el entorno del dictador. El activista, fundador del Centro de Estudios e Iniciativas para el Desarrollo (CEID), lleva años denunciando la represión sistemática y la corrupción estructural del régimen. Su coherencia moral contrasta con la ostentación y la impunidad de Teodorín, que en lugar de celebrar el reconocimiento a un compatriota, optó por desatar una campaña de odio contra Francia, acusando a sus autoridades de “premiar a los enemigos de la patria”.
Cada vez que no es él quien recibe la atención internacional que tanto ansía a base de exhibir su ostentación en las redes sociales, fruto directo de la corrupción y el saqueo del Estado, Teddy reacciona con rabia y paranoia, intentando presentar cualquier elogio a un disidente como un ataque a la soberanía nacional. Pero lo que realmente no soporta es que el mundo admire la integridad de quienes él no pudo comprar ni silenciar.
Fuentes consultadas por esta página señalan que esta reacción no es nueva. Cada vez que un guineoecuatoriano recibe atención internacional, el clan gobernante se agita. Lo que irrita hoy al hijo del dictador no es el galardón en sí, sino lo que simboliza: la derrota moral de un poder que solo se sostiene mediante el miedo, la compra de voluntades y la represión.
Detrás de su discurso nacionalista y de su fingida indignación patriótica, se esconde la voz del hombre que mandató la llamada “operación limpieza”; de la cual, más de treinta jóvenes murieron bajo tortura en la cárcel de Oveng Azém y otros fueron arrojados al mar para borrar las pruebas. Aquella masacre, apenas mencionada por los medios oficiales, sigue siendo uno de los episodios más oscuros del régimen.
En los círculos diplomáticos, la furia de Teodorín ha sido recibida con indiferencia y cierto asombro. Nadie ignora que Teodorin busca desviar la atención de su propia condena en Francia por blanqueo de capitales y bienes mal adquiridos, una sentencia que lo persigue en todos los foros internacionales. Mientras sus bienes continúan embargados en París, intenta recomponer su imagen atacando a los países que simbolizan lo que más teme: la justicia, la memoria y la verdad.
La figura de Alfredo Okenve, en cambio, se fortalece con cada ataque, sea físico, como ya le ocurrió en la ciudad de Bata o verbal, como este arrebato furibundo propio de un desquiciado que confunde el poder con impunidad. Su ejemplo no solo inspira a la diáspora guineoecuatoriana, sino también a quienes dentro del país mantienen viva la esperanza de una Guinea Ecuatorial libre.
Frente al lujo insultante del heredero del dictador, Okenve encarna el coraje civil, la decencia y la resistencia moral. Y eso es precisamente lo que Teodorín no ha puede avalar cuan el «Ibuprofeno» a los internacionales de Zalang Nacional.







