
La delegación de Malabo exhibe folklore mientras esconde represión en Osaka
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Mientras el pueblo guineoecuatoriano sobrevive a la miseria, al miedo y a la censura, el régimen ha enviado una nutrida y costosa delegación a la Expo Osaka 2025 para representar una fantasía digna de opereta: una Guinea Ecuatorial moderna, tecnológica, sostenible y llena de oportunidades. Una versión “renovada” del país, limpia de sangre, tortura, hambre, corrupción y cárceles sin juicio. Una mentira monumental.
En el día 15 de julio, Malabo echó toda la carne al asador: trajes coloridos, bailes tradicionales, proyecciones en 3D, discursos sobre energía renovable y hasta promesas de transparencia institucional. La parafernalia no escatimó recursos: se desplazaron funcionarios, artistas, asesores, intérpretes y personal de protocolo, todos aplaudiendo un espectáculo diseñado no para los guineanos, sino para engañar al mundo.
¿Pero qué ha ido realmente a exponer Guinea Ecuatorial en Osaka? ¿La represión cotidiana contra todo el que disiente? ¿El espionaje digital, los secuestros de activistas, las desapariciones forzadas o la tortura sistemática en los sótanos de la Gendarmería? ¿La justicia al servicio de una familia que se reparte el Estado como si fuera una finca heredada? ¿O quizá el expolio organizado de los recursos públicos, que permite comprar mansiones en París mientras las escuelas se caen a pedazos?
Todo esto, por supuesto, se quedó fuera del pabellón. Lo que Malabo mostró en Osaka fue una versión cosplay del país, con el sello habitual del régimen: propaganda de lujo para tapar la miseria real. El pabellón fue presentado como un “espacio de encuentro con la innovación”, ubicado en la zona temática de “Salvar vidas”. Irónicamente, el mismo régimen que se niega a investigar ejecuciones extrajudiciales o desapariciones forzadas, se exhibe en Japón como adalid de la sostenibilidad y la cooperación internacional.
Mientras Teodorín ordena montar una fiesta diplomática en Osaka, las cárceles de Black Beach, Oveng Azém y Evinayong siguen abarrotadas de presos sin condena, golpeados por confesar delitos que no cometieron. Mientras el ballet Ceiba actúa sobre tarimas iluminadas, los activistas locales son arrastrados por fuerzas especiales por el simple hecho de alzar la voz. Mientras el régimen habla de “economía azul”, las comunidades pesqueras del litoral viven sin infraestructuras, sin asistencia y bajo vigilancia constante.
El cinismo no tiene límites. La misma semana en que se desarrollaba esta mascarada internacional, el gobierno acusaba de “neocolonialismo” a Francia por confiscar una mansión robada por Teodorín con dinero público. Y mientras el pabellón de Osaka se abría con palabras grandilocuentes sobre «futuro», en el presente real, el país sigue sin prensa libre, sin separación de poderes y con miles de jóvenes atrapados entre la miseria o el exilio.
La delegación en Osaka no representa a Guinea Ecuatorial. Representa a un régimen que se promociona en ferias internacionales para buscar legitimidad, inversores despistados o aplausos diplomáticos. Pero ni toda la música del continente puede silenciar el grito de un pueblo que vive secuestrado por una dictadura de familia.
Osaka no ha visto a Guinea Ecuatorial. Ha visto una postal maquillada. Porque lo real no se lleva a exposiciones: lo real se esconde, se encarcela, se tortura o se mata.







