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Según la Ley número 3/2011, de 14 de julio, reguladora de la nacionalidad ecuatoguineana, el régimen exige una carrera de obstáculos casi imposible para obtener la nacionalidad por residencia. La puerta no está cerrada: está tapiada. El requisito estrella es acreditar 40 años de residencia legal continuada en el país, certificado por el Departamento de Seguridad Nacional. El resto es un rosario burocrático que confirma que la nacionalidad, más que un derecho, es un privilegio administrado desde arriba.
El listado oficial habla por sí solo. Además de los antecedentes penales de Guinea Ecuatorial y del país de origen (traducidos y legalizados en Asuntos Exteriores), se exige certificado de nacimiento traducido y legalizado; prueba de integración que abarque idioma español, lenguas nacionales, cultura, hábitos y costumbres; dos instancias “bien motivadas”, una dirigida al Presidente de la República y otra al Ministro de Justicia, Culto e Instituciones Penitenciarias, copia del pasaporte, residencia en vigor y declaración jurada de renuncia a la(s) nacionalidad(es) anterior(es), con expresión de los hijos menores si se quiere extender la concesión. A esto se suman solvencia tributaria, “buena conducta” expedida por la Policía Nacional, certificado de integración vecinal, certificado médico que descarte enfermedad infectocontagiosa, cédula, empadronamiento, cotización a la Seguridad Social y, de remate, el pago de 500.000 francos CFA al Tesoro Público en concepto de tasa.
No es una lista: es un filtro político. La duplicidad de exigencias ante Presidencia y Justicia revela el verdadero espíritu del sistema: sumisión y discrecionalidad. Quien aspire a la nacionalidad debe presentar su lealtad por partida doble, mientras demuestra que trabaja, paga, no protesta, no enferma y, por supuesto, renuncia a cualquier otra pertenencia jurídica previa. Todo tras cuatro décadas de vida en el país. ¿Acceso a derechos? No. Pista de patinaje para que solo deslicen los afines.
“Esta gente está mal de la chaveta”
La frase, escrita por nuestra fuente, resume el sentir de muchos. Porque exigir 40 años es, en la práctica, negar el derecho. Ningún Estado serio coloca la nacionalidad al final de una vida laboral completa y la somete a un trámite que depende del dedo de los mismos corruptos que controlan el aparato.
La consecuencia real es conocida: la nacionalidad se concede por gracia, no por justicia. Y cuando una norma convierte un derecho en una dádiva, deja de ser ley para convertirse en mecanismo de exclusión.
Malabo pretende vestir de “legalidad” lo que opera como frontera interior. Mientras se venden discursos de modernidad y “Estado de Derecho”, la práctica consagra lo contrario: papeles imposibles, tasas disuasorias y certificados redundantes que sostienen una maquinaria clientelar. La nacionalidad debería integrar, no humillar. Debería proteger, no castigar. Debería reconocer trayectorias de vida, no convertirlas en pruebas de devoción.
Que nadie se engañe: pedir 40 años no es una política; es un aviso. Y el aviso es claro: “Aquí decide la cúpula, y decide caso por caso”. Por eso esta ley no es un simple requisito administrativo. Es la confesión escrita de un sistema que blinda la ciudadanía para mantener el control.
No es una ley. Es un muro.
Pero si no vale para nada esta nacionalidad. Es un pasaporte mojado. Solo puede interesar a los masoquistas. Ojalá supieran lo que se sufre como guinean@ fuera del país.