El Banco Mundial revela que más de la mitad de Guinea Ecuatorial sigue en la pobreza pese a la riqueza petrolera

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Un informe del Banco Mundial elaborado con datos del propio Gobierno confirma que Guinea Ecuatorial figura entre las economías más ricas de África en consumo medio mientras más de la mitad de su población vive en la pobreza y la desigualdad se mantiene en niveles muy altos.

La riqueza del petróleo transformó las cifras oficiales de Guinea Ecuatorial, pero no la vida de la mayoría. Esta es la conclusión central de la primera evaluación sobre pobreza y desigualdad que el Banco Mundial dedica al país; detrás de los grandes proyectos y de los indicadores de renta, más de la mitad de la población sigue siendo pobre y cientos de miles de guineoecuatorianos continúan atrapados en trabajos precarios, barrios sin servicios básicos y un futuro bloqueado para sus hijos.

Un país rico en cifras, pobre en hogares

Según el informe, Guinea Ecuatorial se sitúa entre los países africanos con mayor consumo medio por persona. El gasto diario per cápita, medido en capacidad de compra comparable, coloca al país en la parte alta de la tabla del continente y lo sigue presentando, en el papel, como una economía de “ingresos medios altos”.

Esa “riqueza” estadística no se traduce en bienestar para la mayoría. El propio Banco Mundial estima que más de la mitad de la población vive por debajo de la línea nacional de pobreza y que alrededor de dos tercios de los hogares son vulnerables: cualquier shock económico, sanitario o climático puede empujarles a una pobreza aún más profunda. En la vida diaria, ese “más de la mitad” se percibe como una mayoría aplastante; en demasiados barrios, lo raro no es ser pobre, sino lograr escapar de la pobreza.

La distribución del consumo revela la fractura: el 10 % más rico acapara una parte desproporcionada del pastel, mientras que el 10 % más pobre apenas participa en el ingreso nacional. El índice de desigualdad sitúa a Guinea Ecuatorial en el grupo de países con brecha social “moderadamente alta”. Además, la distancia entre Malabo y el resto del país es abismal: en la capital se consume de media en torno a un 40 % más que en las demás zonas, una diferencia similar a la que separa a los países más prósperos de África central de los más rezagados.

La mayoría de los pobres vive en ciudades, no en la selva

Lejos del tópico de una pobreza aislada en la selva, el informe muestra que la mayor parte de las personas pobres vive hoy en ciudades. De las cientos de miles de personas que el estudio clasifica como pobres, más de la mitad reside en áreas urbanas, y la mayoría no está en Malabo, sino en ciudades secundarias del territorio continental y de la isla.

Lo mismo ocurre con los hogares vulnerables, esos que no son oficialmente pobres pero viven al borde del precipicio: más de la mitad también se concentra en entornos urbanos. Esto significa que la reducción de la pobreza pasa por tomarse en serio el empleo, los servicios básicos y la protección social en esas ciudades intermedias, más allá de las avenidas principales que se enseñan en los reportajes oficiales.

Infancia pobre, capital humano a medias

El retrato de la infancia es especialmente duro. Cerca de dos tercios de los menores de seis años viven en hogares pobres y una parte importante sufre inseguridad alimentaria grave. Muchos de esos niños crecen sin saneamiento básico, sin agua potable en condiciones y, en no pocos casos, sin acceso regular a la electricidad.

El resultado es que demasiados niños guineoecuatorianos llegan a la adolescencia con retrasos en el crecimiento y déficits de salud que lastran de por vida sus capacidades de aprendizaje y trabajo. El Índice de Capital Humano calculado por el Banco Mundial indica que un niño nacido hoy en Guinea Ecuatorial solo alcanzará aproximadamente la mitad del potencial productivo que podría lograr si disfrutara de una nutrición adecuada, buena salud y una educación de calidad. Dicho de otro modo: en un país que se presenta como rico, la mayoría de los niños crece con un futuro recortado a la mitad.

Para una economía que presume de ingresos petroleros y grandes proyectos de infraestructuras, este diagnóstico sitúa al país más cerca de los Estados de renta media baja que de los “pares aspiracionales” con los que el régimen le gusta compararse.

Educación que no compensa, servicios que dependen del bolsillo

Sobre el papel, las cifras de escolarización parecen buenas: la gran mayoría de los niños asiste a la escuela y el número teórico de años de estudio supera incluso el de muchos países vecinos. Pero cuando se mira con detalle, la imagen cambia: uno de cada cinco jóvenes se queda por el camino antes de terminar la secundaria y solo una minoría logra completarla en el tiempo previsto.

Detrás de esos abandonos hay una realidad que el informe subraya con claridad: una parte importante de la población, incluidos hogares del tramo más pobre, depende de la educación privada para escolarizar a sus hijos. La escuela deja de ser un derecho garantizado y se convierte en un gasto que muchas familias apenas pueden sostener.

La situación en salud sigue un patrón similar. Las mejoras logradas en dos décadas conviven con un dato preocupante: la mayor parte del gasto sanitario corre a cargo de los propios hogares. El gasto público en salud es muy reducido y el esfuerzo conjunto en salud, educación y protección social apenas representa una fracción mínima del producto interior bruto. En la práctica, quien enferma y no tiene recursos queda expuesto a la exclusión sanitaria.

Jóvenes sin trabajo digno y empleo formal escaso

La transición de la escuela al trabajo aparece como otro cuello de botella. Casi uno de cada cuatro jóvenes entre 15 y 29 años no estudia, no trabaja y no recibe ningún tipo de formación. En el grupo de 25 a 29 años esa proporción se dispara, y entre las mujeres jóvenes la situación es aún peor: muchas quedan fuera del sistema por el peso de los cuidados y la maternidad en un entorno sin redes de apoyo sólidas.

La tasa de desocupación es elevada y el empleo formal es minoritario. Menos de una quinta parte de los trabajadores tiene un puesto registrado, con contrato y protección básica, y la inmensa mayoría de esos empleos formales está en el sector público. Los salarios estatales, superiores a los del sector privado e incluso por encima de los niveles de países comparables, atraen a casi todos los titulados hacia la administración. El resultado es un mercado laboral desequilibrado, con un Estado hipertrofiado, un sector privado débil y muchos jóvenes formados atrapados en el desempleo o en la espera de una plaza pública.

Empresas asfixiadas, reformas urgentes

El Banco Mundial dedica una parte del informe al tejido empresarial y el diagnóstico tampoco es halagüeño. Las empresas formales trabajan muy por debajo de su capacidad y apenas aumentan su número de trabajadores. Para casi la mitad de ellas, el principal obstáculo es el acceso al crédito; para otras, la maraña tributaria y administrativa se convierte en una barrera que desincentiva la inversión y el crecimiento.

La advertencia es clara: si Guinea Ecuatorial continúa con el mismo modelo económico, la combinación de fin de la bonanza petrolera, falta de empleos de calidad y debilidad de la protección social podría llevar la tasa de pobreza a niveles aún más altos en la próxima década. Incluso un escenario de reformas limitadas, centradas solo en impulsar el crecimiento, no bastaría para cambiar de manera significativa la situación de los pobres si no se tiene en cuenta cómo se reparte ese crecimiento.

Tres caminos posibles para que los datos no se queden en papel

El informe plantea tres grandes líneas de acción si de verdad se quiere pasar de la retórica a los hechos:

  • Invertir en capital humano desde la primera infancia
    Reducir la malnutrición y el retraso en el crecimiento infantil, garantizar agua potable, saneamiento y servicios básicos de salud, y aumentar de manera sustancial el presupuesto educativo. Sin niños sanos y bien formados, nunca habrá una clase media sólida.

  • Dar aire al sector privado para crear empleo
    Facilitar el crédito, simplificar la fiscalidad, reducir trabas y orientar la diversificación hacia actividades capaces de absorber mano de obra joven, mujeres y trabajadores con baja cualificación. No basta con construir infraestructura; hacen falta empresas que puedan nacer, crecer y contratar.

  • Construir una protección social que funcione de verdad
    Crear un sistema de apoyo a los hogares más vulnerables, con transferencias bien dirigidas y mecanismos que permitan reaccionar ante crisis económicas, sanitarias o climáticas. Y, sobre todo, mejorar el uso de los datos para seguir la pobreza y evaluar lo que funciona y lo que no.

El propio Banco Mundial señala que los próximos años constituyen una ventana decisiva para cambiar el rumbo. No se trata de un panfleto de la oposición ni de un informe de una ONG “enemiga”, sino de un documento elaborado con la participación de las instituciones oficiales de Guinea Ecuatorial. Los datos llevan esta vez sello guineoecuatoriano y firma del Banco Mundial.

Si nada cambia, ese “más de la mitad” de la población en la pobreza terminará siendo, en la práctica, casi todo el país. Lo que todavía no está claro es si, además de diagnósticos, llegará algún día la voluntad política de poner fin a esta pobreza en medio de tanta riqueza.

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