El Banco Mundial abre su primera oficina en Guinea Ecuatorial casi 55 años después de la adhesión del país

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El Banco Mundial ha anunciado la apertura de su primera representación residente en Guinea Ecuatorial, casi 55 años después de la adhesión del país a la institución financiera internacional. La nueva oficina, instalada en Malabo, se presenta oficialmente como un “puente” permanente entre el organismo y el régimen guineoecuatoriano, en un momento en que la economía vuelve a entrar en recesión pese a décadas de ingresos millonarios procedentes del petróleo.

El puesto de representante residente recae en el economista argentino Juan Diego Alonso, alto funcionario del Grupo Banco Mundial. Su misión, según la comunicación oficial, será coordinar desde Malabo las actividades de las cuatro ramas del Grupo: el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (BIRF), la Asociación Internacional de Fomento (AIF/IDA), la Corporación Financiera Internacional (IFC) y el Organismo Multilateral de Garantía de Inversiones (MIGA). Sobre el papel, su agenda se centrará en el llamado “crecimiento inclusivo”, el desarrollo del sector privado, la inversión en capital humano y el refuerzo de la resiliencia económica de Guinea Ecuatorial.

La decisión llega después de décadas de relación a distancia, gestionada desde oficinas regionales, mientras el país se convertía en uno de los mayores receptores de ingresos petroleros por habitante de África y, al mismo tiempo, en un ejemplo extremo de cómo una riqueza mal gestionada no se traduce en servicios básicos ni en bienestar para la mayoría de la población.

Informes del propio Banco Mundial han documentado durante años el contraste entre el elevado PIB per cápita oficial y los indicadores reales de pobreza, así como las debilidades crónicas en gobernanza, transparencia y gestión del gasto público.

Según las previsiones más recientes de la institución, la economía guineoecuatoriana vuelve a encaminarse hacia la contracción. Tras un tímido rebote estimado, el país se enfrentaría a una nueva caída del PIB, lastrada por el agotamiento de los yacimientos, la reducción de inversiones en el sector de hidrocarburos y la falta de un tejido productivo diversificado. Todo ello en una situación de infraestructuras infrautilizadas, dependencia extrema del petróleo y ausencia de políticas públicas capaces de transformar esa riqueza en escuelas, hospitales, empleo y seguridad social para el conjunto de la población.

La apertura de la oficina en Malabo debe entenderse también en el marco de la agenda de “reformas” que el propio Banco Mundial impulsa en el país. Entre otras cosas, la institución ha promovido un anteproyecto de ley de contratación y contratos públicos destinado, sobre el papel, a modernizar un sistema de compras estatales opaco y heredado de la época de la independencia. Tener personal residente en la capital le permite seguir de cerca la implementación de esa normativa, supervisar de primera mano los proyectos financiados y, al mismo tiempo, reforzar su influencia en la orientación de las políticas económicas del régimen.

Para Malabo, la foto es clara: la presencia física del Banco Mundial ofrece una nueva dosis de respetabilidad internacional a un sistema político denunciado reiteradamente por su carácter autoritario, por la concentración del poder en manos de la familia presidencial y por el uso discrecional de los recursos públicos. El logo del Banco junto a las autoridades guineoecuatorianas envía al exterior la imagen de un país “acompañado” por una gran institución financiera multilateral, en un momento en que el modelo petrolero muestra signos de agotamiento y el gobierno busca nuevas vías de financiación y legitimación.

Para la población guineoecuatoriana, la pregunta es otra y mucho más concreta: ¿servirá esta oficina para que el Banco Mundial exija, al fin, condiciones serias de transparencia, control del gasto y respeto a los derechos humanos a la hora de aprobar préstamos y programas, o se limitará a gestionar proyectos y comunicados mientras la represión política, la corrupción y el expolio de los recursos continúan intactos?

Casi 55 años después de la adhesión de Guinea Ecuatorial al Banco Mundial, la institución decide plantar bandera en Malabo. Si esta presencia tardía se traduce en una relación más exigente con el régimen o en una ventanilla adicional para sostener, una vez más, el discurso de reformas sin tocar los intereses de quienes han gobernado el país durante décadas, es algo que no se decidirá en los comunicados oficiales, sino en la vida diaria de un pueblo que sigue esperando que la riqueza de su suelo se note, por fin, en su mesa.

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