¿Cuánto vale la palabra de un político?

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Por José Eugenio Nsue  Desde la creación misma la Biblia cuenta que Dios creó el mundo con la PALABRA: «… porque Él dijo, y fue hecho; Él mandó y existió» (Salmo 33,9). «Entonces dijo: Que exista la luz. Y la luz existió…» (Gen.1,3).

 

Antes de la escritura en la antigüedad y a lo largo de la historia de África negra por lo menos, hasta hoy donde muchísimas hablas (lenguas) son ágrafas; los tratados, convenios, contratos, los matrimonios, los pactos, todas las ceremonias, los ritos y rituales de iniciación, todos los grandes acuerdos y decisiones, se hacían y se hacen con palabras, hablando por eso en tiempos de nuestros abuelos y padres, no ha mucho, la palabra dada equivalía a un acta notarial, valía igual que una firma o un sello con tinta indeleble, era sagrada e irrevocable; con la Palabra se arreglaban conflictos, sellaban acuerdos comerciales, de intercambios, se condenaban, se arreglaban y disolvían los matrimonios, etc, etc. La valía y la honorabilidad de la persona se medía por su palabra dada; una persona creíble y por tanto respetable y respetada era aquella que mantenía y cumplía con su palabra; viceversa, si no cumplía su palabra, era despreciable, ruin, poco seria; no contaba en la sociedad, era señalada allá por donde pasaba, tampoco podía representar a un colectivo, ni optar a un cargo o responsabilidad social o pública, ni siquiera podía formar una familia en parte porque ni había mujeres que quisieran ser esposas de mentirosos, y en parte porque sus descendientes llevarían colgados el sambenito de ser de un progenitor mentiroso, una deshonra de por vida.

Sin embargo, con el paso de los tiempos y en la medida que entramos en la modernidad y la posmodernidad, la ética, la moral y la fe en Dios quedaron aparradas, se perdieron el pudor, la honra, la vergüenza o la honestidad; las palabras se las lleva el viento, a nadie le interesa ni le importa decir la verdad, cumplir su palabra o mantener sus promesas. Tanto la sociedad y los gobernantes africanos como Europa (del Sur sobre todo); Guinea Ecuatorial y España como paradigmas, lideran esa laxitud ética y falta de palabra por parte de sus dirigentes y políticos mientras que sus sociedades adolecen de indiferentismo; ni les generan malestar ni les disgustan las mentiras y los engaños que son objeto por los políticos, ni a esos les avergüenza mentir descaradamente todo lo contrario, cuanto más mienten, faltan a sus palabras, afirman lo contrario de lo que hacen, niegan lo que pretenden y prometen lo que no van a hacer, más apoyos consiguen, más aplausos reciben, más les votan y más entusiasmo y fervor causan; un fenómeno cuando menos curioso, desconcertante e incomprensible.

Cada vez la clase política española carece de escrúpulos, se degrada por momentos a marchas forzadas; cada uno supera al anterior y se supera cada dos por tres; sus palabras no valen ni una pipa, mienten sin rubor y descaradamente y mas encima se vanaglorían, enorgullecen de ser mentirosos. El doctor Pedro SÁNCHEZ CASTEJÓN es el colmo; hasta ha llegado a redefinir su impulso incontrolable de mentir cuando en las pasadas elecciones en la campaña, el periodista de Onda Cero Carlos ALCINA le preguntó durante la entrevista que por qué mentía tanto; ni corto ni perezoso, contestó: «yo no miento, cambio de opinión» (según la ocasión).

Resulta que según la RAE: mentir es una expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se cree o se piensa; es utilizado para las personas para fingir, engañar, aparentar, persuadir…, o sea, es cambiar de opinión deliberadamente con la intención o finalidad de engañar, aparentar o fingir; es decir una cosa y hacer la contraria: «no podría dormir tranquilo ni el 90% de los españoles con Unidas – Podemos en el gobierno», «no voy a indultar a los golpistas catalanes, es más acabaré con los indultos a políticos», «no derrogaré la sedición en el Código Penal», «no pactaré jamás con BILDU, si quiere se lo digo 20 veces», «Señor Casado; con su Gobierno se fugó Puigdemont, en cambio yo me comprometo traerle a España para ser juzgado», «las decisiones y medidas anti COVID, las tomo siguiendo los consejos y recomendaciones del comité de expertos que me asesora»; y un largo etcétera de las mentiras públicas y publicadas de ese señor. Se puede escribir toda una biblia con las mentiras, falsas promesas y compromisos incumplidos de Sánchez en los cinco años que lleva en el poder y como a los españoles les encanta que se les mienta, les ponen las mentiras; el doctor Sánchez les representa; mentir se ha vuelto una religión popular con innumerables seguidores en este país.

¡Qué decir de la República de Guinea Ecuatorial que es la cuna de las mentiras, los engaños y las promesas incumplidas! Las autoridades del país encabezada por la diabólica familia de los Obiang, son todas unos Pinochos, verdaderos catedráticos y genios de la mentira y el engaño; no sé avergüenzan por mentir a parte de que la mentira está arraigada en la sociedad guineana. Nadie, ni una sola capa o sector de la social se escapa de la mentira, la llevan en la sangre, está en su ADN. El guineano vive de la mentira y del engaño donde los analfabetos pasan por profesionales, el intrusismo profesional, que es una forma de mentir y engañar, es la moneda corriente; el país está lleno de falsos profesionales ejerciendo como tales, médicos, profesores universitarios, comunicadores, abogados, magistrados, militares con altas graduaciones que nadie sabe dónde cursaron los estudios que les acreditan como tales, pero ejercen como tales. Su osadía hace estragos en la sociedad. El clero tampoco se queda atrás; la o las iglesias guineanas están repletas de impostores y embaucadores cuando tenía que ser todo lo contrario, la iglesia estaba llamada a ser «lumen gentium» (luz de las personas), la voz de la conciencia, la garante de la ética y la moral y depósito de los valores.

Por lo tanto, como se suele decir popularmente: de esos polvos, esos lodos. De una sociedad generalmente amoral, mentirosa y sin escrúpulos, sus dirigentes no pueden ser menos. Obiang Nguema, su familia entera y su régimen están acostumbrados, son los campeones olímpicos de decir mentiras y vivir del engaño.

¿Quién no se acuerda de las expresiones: «la paz reinante», «progreso eentoyang» (ya hay progreso y desarrollo en el país), «más vale un pueblo culto que rico», «en el horizonte 2020, habrá luz para todos, agua para todos, comida para todos, salud para todos, trabajo para todos», «en Guinea no hay torturas prácticamente», «voy a perseguir la corrupción caiga quien caiga», «el que sale fuera del país para curarse es porque quiere; en Guinea hay hospitales de vanguardia que son la envidia de todo El mundo», «en Guinea se respetan las leyes», etc, etc?

¿Alguien puede asegurar que algo de lo dicho en esas frases pomposas se cumple en el país hoy por hoy?

Como dice The Objective: «cuando en un país la mentira empieza a hacerse habitual, ese país está muy cerca de convertirse en una dictadura totalitaria». Guinea Ecuatorial ya lo era desde que cogió la independencia en 1968, el 12 de octubre; la práctica totalidad de los países africanos lo es en mayor o menor medida. Me temo que España con Sánchez al frente se está convirtiendo igualmente en una dictadura totalitaria; en breve lo verán y vivirán todos aquellos que siguen sin querer admitirlo y toda la sociedad que se ha anestesiado, primera victoria de los esos políticos manipuladores y sin escrúpulos.

Así lo pienso y así lo digo; ¿qué os parece?

 

 

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