
Los viejos del Consejo de la República juegan a planificar el futuro de una juventud que asfixian
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Mientras la juventud guineoecuatoriana se hunde entre el desempleo, la falta de oportunidades y la represión, Francisco Pascual Eyegue Obama Asue y su círculo del Consejo de la República fingieron, el pasado 8 de mayo, preocuparse por su inserción social. Otro “programa institucional” sin presupuesto visible ni voluntad real, pensado para maquillar la imagen de un régimen envejecido que sobrevive gracias al nepotismo, la obediencia y el saqueo de los recursos públicos. Según el propio aparato de propaganda oficial, la reunión sirvió para debatir un programa de formación e inserción social de la juventud y validar un plan de acción del departamento correspondiente.
Por OLBIF
El espectáculo ya está demasiado visto en Malabo. Se toma un palacio, se reúne a unos cuantos dignatarios nombrados por la voluntad del “Gran Camarada”, se espolvorean palabras como “inclusión social”, “juventud”, “identidad bantú” o “valores socioculturales”, y el resultado es la última función del Consejo de la República.
El viernes 8 de mayo, esa institución, que en la práctica funciona como una cámara decorativa al servicio de Obiang, parió una nueva propuesta de formación e inserción social para los jóvenes. La ironía es casi ofensiva, los mismos que llevan décadas cerrando todas las puertas de ascenso social al ciudadano común pretenden ahora presentarse como protectores de una juventud a la que han dejado sin futuro.
Porque en Guinea Ecuatorial el problema de los jóvenes no es la falta de cursos, comisiones o discursos solemnes. El problema es un sistema que reserva los empleos, las becas, los contratos y las oportunidades a los hijos, sobrinos, amigos y aduladores del poder. Un país donde la competencia importa menos que el apellido, y donde el talento se estrella contra el muro de la fidelidad política.
Bajo la dirección de Obama Asue, el secretario general del Consejo de la República, José María Nkogo Bacale Biyi, expuso el contenido de la propuesta. El argumento oficial fue el de siempre: la Ley Fundamental, el “mandato superior” del presidente y la necesidad de atender los asuntos relacionados con la inclusión social de la juventud. Traducido al lenguaje real del país, nada nace de una convicción pública ni de una demanda ciudadana; todo se presenta como una orden procedente del hombre guapo de Akoakam.
Se habló de estructura organizativa, objetivos, denominación, funcionamiento y comisiones. Mucha arquitectura burocrática para un edificio que probablemente nunca alojará soluciones reales. Detrás de ese vocabulario técnico se adivina lo de siempre, más cargos, más papeles, más reuniones, más dietas y una nueva oportunidad para justificar gastos con el nombre de la juventud en la portada.
También intervino Anuska Biacho Mueda, directora general de Estrategias de Orientación e Inclusión Social de la Juventud del Consejo de la República, quien presentó el plan de acción de su departamento para el presente ejercicio. Como era de esperar, los trabajos recibieron felicitaciones de los asistentes. En Malabo, los miembros del régimen se aplauden entre ellos con una disciplina admirable, aunque fuera de esas salas la juventud siga haciendo cola ante un país bloqueado.
El Consejo de la República dice defender la identidad bantú, la cultura africana, la unidad nacional y la soberanía del Estado. Pero conviene preguntar de qué identidad hablan exactamente. ¿La que obliga a un pueblo entero a sobrevivir en la precariedad mientras los corruptos del régimen acumulan propiedades dentro y fuera del país? ¿La que convierte la soberanía en una excusa para no rendir cuentas? ¿La que usa la unidad nacional como mordaza contra quienes se atreven a denunciar el abuso?
En África Central, estos consejos suelen ser cementerios de la democracia. Se sientan hombres envejecidos por el poder a hablar del futuro de los jóvenes sin permitirles hablar, organizarse, protestar ni decidir. Diseñan programas de inserción para una generación a la que antes han expulsado de la vida pública. Les ofrecen “valores” mientras les niegan derechos.
Este supuesto programa de inserción social no es más que otro espejismo en el desierto político guineoecuatoriano. No se forma a una juventud encadenándola a la obediencia. No se la integra en la sociedad cerrándole el acceso al empleo digno. No se la prepara para el futuro obligándola a vivir bajo el miedo, la vigilancia y el chantaje de un partido que confunde el Estado con su finca particular.
La verdadera inserción social empezaría por desmontar la corrupción, abrir espacios de participación, liberar la vida política, proteger la libertad de expresión y permitir que la competencia pese más que el parentesco. Pero eso es precisamente lo que el régimen no está dispuesto a hacer, porque una juventud libre sería el principio del fin de su negocio.
Estos documentos terminarán durmiendo en los cajones de Malabo hasta que la próxima celebración del PDGE necesite fondos, figurantes y discursos. La juventud guineoecuatoriana merece mucho más que planes de acción redactados por quienes le roban el porvenir desde hace más de cuatro décadas.







