
Cemento para el Sahel mientras Guinea Ecuatorial se desmorona
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Diez toneladas de cemento. Ese fue el “gesto de hermandad africana” que protagonizó recientemente Moisés Mba Nchama, alias Chicote, embajador de Teodoro Obiang actualmente destinado en Costa de Marfil, a quien el régimen envió expresamente a Burkina Faso para hacer entrega de una donación simbólica en nombre de amo y señor. El acto tuvo lugar en Uagadugú, cuidadosamente organizado para la cámara, como corresponde a toda operación propagandística. Pero más allá de los sacos y los cascos, lo que se entregó no fue ayuda, fue un mensaje.
¿Qué hace un representante del régimen de Malabo regalando cemento a uno de los países más castigados del Sahel? ¿Qué busca la dictadura de Obiang en un gesto así, cuando su propio país está lleno de calles de tierra, barrios sin agua ni electricidad, y damnificados por catástrofes aún esperando reconstrucción? No es casual que la beneficiaria haya sido Burkina Faso, uno de los miembros de la Alianza de Estados del Sahel (AES), ese bloque militar de gobiernos golpistas que han roto con Francia, coquetean con Rusia y levantan la bandera de un panafricanismo oportunista, útil para blindarse del escrutinio internacional.
El gesto hay que leerlo desde ahí. Teodoro Obiang, en plena maniobra de sucesión dinástica a favor de su vicepresidente, repudiado y sancionado por media comunidad internacional, busca desesperadamente nuevos aliados, incluso entre los regímenes que ayer mismo habría mirado con recelo. Con esta entrega simbólica, Guinea Ecuatorial paga su “impuesto revolucionario de admisión” al club de militares insurgentes y se presenta, una vez más, como un Estado dispuesto a todo para no quedarse solo en el tablero africano.
Durante años, Teodoro Obiang cultivó una relación personal con Blaise Compaoré, el expresidente burkinés derrocado por su pueblo y hoy refugiado en Costa de Marfil. Compartieron cenas, risas y amistades de plomo. Pero ahora, con el capitán Ibrahim Traoré al mando y la narrativa antioccidental como nueva bandera regional, el sátrapa cambia de socio. No por convicción, sino por instinto de supervivencia. Porque sabe que el día que su hijo se calce la banda presidencial, necesitará algo más que los silencios comprados de la Unión Africana.
En este caso, la entrega de cemento no es un acto de solidaridad, sino una inversión política. No ayuda al pueblo burkinés, sino a la campaña de blanqueo del régimen nguemista. Y mientras el embajador se hacía fotos sobre adoquines ajenos, los barrios de Malabo y Bata siguen llenos de polvo y abandono. Las familias afectadas por las explosiones de 2021 aún esperan promesas incumplidas. En las escuelas, faltan pupitres. En los hospitales, medicamentos. Pero el cemento viaja.
Nada ilustra mejor la podredumbre de esta diplomacia que el propio personaje enviado a protagonizar el show. Moisés Mba Nchama, “Chicote” para sus allegados, no es nuevo en el juego. En su anterior destino en Turquía, acumuló una deuda de más de un millón de euros en alquileres impagados, pese a que los fondos para la legación llegaban regularmente, incluso para cubrir los caprichos del vicepresidente con damiselas incluidas. Cuando un terremoto sacudió el país, su única prioridad fue dejar claro que su misión era “velar por los becarios del régimen”; es decir, no por los estudiantes guineoecuatorianos que llegaron por sus propios medios.
En lugar de responder, se encargó de desaparecer. Y ahora reaparece, brevemente, en Burkina Faso, cargando sacos como quien cumple con un rito vacío. No representa al país, sino al simulacro. Vuela, entrega, sonríe y se va. Esa es la diplomacia de Malabo: embajadores nómadas, expertos en evitar responsabilidades y en hacer de la propaganda su único contenido laboral.
Mientras tanto, Guinea Ecuatorial sigue donde siempre: exportando fachada y decorado, y hundiéndose internamente en la ruina moral y material. Porque para este régimen, el cemento no es herramienta de construcción, sino maquillaje de la mentira.







