La sacerdotisa
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—¿Oye, me escuchas?— quiero irme a casa.
Tanta mala red telefónica entre los dos.
Y sé que no me escuchas, muévete un poco,
ahí, un poco más, ahora sí…
Y como un tronco de árbol en la nieve,
me sigue ese vestido de piel tersa con cabello fino
y no es malo y tampoco bueno;
o a lo mejor, yo la sigo por su espejo
embutido en otro de doblaje.
¡Qué vida más triste entre risas y lloros!
tengo el vestido desgarrado, lleno de manchas,
y mira una pequeña aquí que va creciendo en ello
y solo espero tener algo para una compra nueva.
Ahora no tengo vestido, estoy desnudo.
Me lo han quitado de fuerza y soy un cualquier loco
de camino a la calle sin vestido y ellos me ojean,
se burlan y se ríen de mí.
Tengo hambre, pero aguanto.
Y tengo que repetirles que soy uno distinto
que detrás de su vestido que se lo han robado,
anda con el corazón en la mano.
Joël Keffa












