Diez nombres vinculados a contrataciones bajo sospecha en el INSESO

TIGE el negocio oculto detrás del caos en el INSESO

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Nuevas informaciones llegadas a Radio Macuto sitúan el origen del escándalo del INSESO en la propia gestión de su informatización. Según testimonios recabados por este medio, Agresso nunca se implantó por completo, la formación técnica incluida en el contrato con Unit4 no se ejecutó y ese vacío facilitó la entrada de TIGE. Lo que se presentó como modernización terminó dejando a la institución atrapada en la dependencia, la opacidad y el negocio interno.

El escándalo que hoy sacude al INSESO no empezó con los nombres que ahora circulan por los pasillos. Según las informaciones recabadas por esta página, el problema viene de más atrás y arranca en la manera en que se gestionó la informatización de la institución. Ahí es donde varias fuentes sitúan el origen de un modelo que convirtió una herramienta de gestión pública en un espacio útil para el control interno y los intereses privados.

De acuerdo con esos testimonios, Agresso nunca llegó a desplegarse con todas las aplicaciones previstas, pese a que esa era la base de la modernización prometida. Las fuentes rechazan que se tratara de un simple fallo técnico. Sostienen que dejar el sistema incompleto permitió mantener el control real en pocas manos, conservar márgenes de maniobra sobre procesos sensibles y prolongar una dependencia que beneficiaba a quienes administraban el engranaje informático.

La clave está en otro dato que las mismas fuentes consideran central. El contrato con Unit4 no solo contemplaba la implantación del sistema, sino también la formación del personal informático del INSESO. Esa formación era esencial para que la institución pudiera operar con autonomía y no quedar secuestrada por intermediarios permanentes. Pero, según la información recibida, esa fase no se ejecutó.

Ese punto cambia la lectura de todo el caso. TIGE no apareció para corregir un problema inocente, sino después de que ese problema ya hubiera dejado al INSESO en una posición de debilidad. Donde debía existir autonomía técnica, quedó abierto un hueco que permitió conservar poder, influencia y control sobre el sistema. En lugar de servir al asegurado, la informatización acabó sirviendo a quienes encontraron en ella una vía para seguir administrando contratos, accesos y opacidad.

Por eso, el caos actual no puede presentarse como una avería reciente ni como una simple cadena de torpezas. Según las fuentes consultadas, el desorden fue útil desde el principio. Y cuando el desorden beneficia siempre a los mismos, deja de ser un accidente. Se convierte en método.

Las mismas voces advierten además que sería un error reducir esta historia a un solo rostro visible. El entramado, aseguran, es más amplio y más antiguo. En las conversaciones internas aparecen perfiles técnicos con peso decisivo en etapas anteriores, así como nuevos nombres ligados al reparto posterior de influencia, entre ellos Robert y Carlos Endje. La conclusión que trasladan dichas fuentes es clara: la red de intereses no empieza ni termina en la crisis actual.

También rechazan la versión simplista sobre la salida de uno de los antiguos perfiles técnicos vinculados al sistema. Según la información trasladada a Radio Macuto, no se produjo una caída fulminante, sino un apartamiento progresivo mediante permisos por enfermedad prolongados en el tiempo, en paralelo a movimientos internos por el control del contrato y de áreas sensibles del engranaje informático. Lejos de cerrar el caso, ese detalle lo ensancha.

La frase que más se repite entre quienes conocen de cerca este expediente es tan incómoda como reveladora, aquí nadie es santo. Lo que emerge no es una pelea de última hora entre facciones enfrentadas, sino una cadena de opacidad sostenida durante años, donde cada etapa protege a la anterior y donde la tecnología, en lugar de ordenar la institución, fue utilizada para blindar poder y negocio.

Por eso el contrato de TIGE aparece ahora como la pieza que puede desmontar muchas coartadas. Su cuantía, su objeto exacto, la duración, la forma de adjudicación y los nombres que acompañaron su recorrido no son detalles secundarios. Son el centro de la noticia. Porque si esos datos salen a la luz, también quedará más claro si el INSESO fue arrastrado al caos por incompetencia o mantenido en ese caos para que unos pocos siguieran cobrando por administrarlo.

Lo que hoy sale a la superficie no es una desviación puntual, sino la confirmación de lo que muchos ya sabían dentro y fuera del instituto; el INSESO nunca fue tratado como un servicio público, sino como una merienda de mangantes.

Lo verdaderamente grave no es solo que el INSESO funcione mal. Lo grave es que, hubo quienes encontraron beneficio en que funcionara así. Y ese es, desde hace más de 45 años, el verdadero modelo de gobierno del régimen de Malabo, destruir lo público, sembrar opacidad y convertir cada ruina institucional en un negocio para Teodoro Obiang, su familia y la camarilla de corruptos que les ríe los chistes mientras el país se hunde.

Detrás del caos del INSESO no asoma un fallo, sino un negocio.

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