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La dictadura celebra los “84” años de Teodoro Obiang con otra ceremonia hecha a su medida, pero la realidad guineoecuatoriana sigue ahí, visible para cualquiera que quiera mirar. Detrás del relato del “constructor” y de las promesas de modernidad, se acumulan décadas de saqueo, nepotismo y gestión familiar del Estado. El resultado no es un milagro. Es un país agotado.
Por OLBIF
Vuelven a presentar a Teodoro Obiang como el hombre que habría sacado a Guinea Ecuatorial del caos para conducirla hacia la modernidad. Es la misma historia de siempre, contada desde los despachos del poder y repetida sin pudor por quienes viven de sostenerla.
Pero el país real desmiente esa versión cada día. La riqueza nacional no ha servido para construir una ciudadanía libre ni una economía sólida; sino, en gran parte, para consolidar un sistema cerrado, donde el Estado funciona como patrimonio de una familia y de sus allegados.
Carreteras sin país
La tiranía presume de carreteras, edificios y grandes obras. Convierte el asfalto en argumento político y los proyectos públicos en medallas personales. Pero una carretera no basta para maquillar un país sin instituciones fuertes, sin justicia independiente y sin libertades reales.
Detrás de muchas de esas obras aparece el mismo patrón, contratos opacos, adjudicaciones de conveniencia y negocios que benefician siempre a los mismos. La infraestructura se convierte así en escaparate, no en desarrollo. Sirve para la foto, mientras la mayoría sigue sin recibir lo esencial.
Hablar de emergencia económica en estas condiciones resulta ofensivo. Guinea Ecuatorial ha tenido recursos suficientes para levantar un país digno. Sin embargo, gran parte de esa oportunidad terminó devorada por la corrupción, el miedo y la falta de rendición de cuentas.
El eslogan “un pueblo culto vale más que un pueblo rico” suena hoy como una burla. Un poder que repite esa frase no puede explicar por qué la educación pública sigue abandonada, por qué tantos jóvenes carecen de oportunidades y por qué la sanidad continúa lejos de lo que el país merece.
No se gobierna para formar ciudadanos libres cuando se castiga el pensamiento crítico. No se construye una nación cuando se empuja a la población a depender del favor, del silencio o de la obediencia.
El fruto que no llega al pueblo
Los aduladores presentan a Obiang como “el árbol que da frutos”. Pero esos frutos no llegan a la mayoría. Los recoge una minoría instalada cerca del poder, mientras millones de guineoecuatorianos sobreviven lejos de la riqueza que se celebra en su nombre.
Después de más de cuatro décadas de dominio, el balance resulta difícil de ocultar. Guinea Ecuatorial no se ha convertido en una nación moderna. Se ha convertido en una propiedad administrada desde el vértice del poder.
La “paz” que se exhibe como gran logro tampoco puede confundirse con estabilidad verdadera. Una sociedad donde se calla por miedo no vive en paz. Vive contenida. Vive vigilada. Vive bajo una calma impuesta.
Por eso, ninguna ceremonia puede tapar el fondo del problema. El país no necesita más homenajes al hombre que lo ha gobernado todo. Necesita instituciones, derechos, justicia y una ruptura real con el sistema que ha convertido la riqueza nacional en botín privado.
Después de más de cuatro décadas, el balance de Obiang no es el de un milagro. Es el de un naufragio presentado como epopeya.