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Según un estudio difundido este lunes 23 de marzo por el Museo Nacional de Ciencias Naturales del CSIC, la caza y el comercio de fauna silvestre en Guinea Ecuatorial involucran hoy a muchas más especies amenazadas que hace 35 años. Donde en 1990 solo dos especies vendidas en los mercados estaban globalmente amenazadas, en 2025 la cifra ha subido a 15, a las que se suman otras 8 casi amenazadas.
Lo que deja este estudio no es una imagen pintoresca de mercados africanos, sino el retrato de un país donde la destrucción también se vende por piezas. Un equipo científico del CSIC documentó en Guinea Ecuatorial la presencia de 2.783 animales de al menos 56 especies de vertebrados terrestres ofrecidos en mercados, carreteras y pequeñas localidades. La inmensa mayoría, el 94,2 %, estaba destinada al consumo de carne; el resto se repartía entre usos medicinales o rituales y un pequeño porcentaje para mascotas.
El hallazgo más grave es el deterioro del estado de conservación de las especies afectadas. Hoy, las especies amenazadas y casi amenazadas ya representan el 41 % de todas las registradas y el 21 % de los individuos contabilizados. Entre ellas aparecen el elefante de bosque, el gorila occidental, el chimpancé, varias especies de pangolines y el loro gris africano. No se trata, por tanto, de un comercio marginal ni de capturas aisladas, sino de una presión sistemática sobre animales cuya supervivencia ya está comprometida.
El caso de los pangolines ilustra bien esa deriva. Según la investigación, en 1990 representaban menos del 2 % de los individuos vendidos en mercados urbanos. En 2025 alcanzan el 6,5 % en Bata y el 10,7 % en Malabo. En la parte continental, además, su presencia en zonas rurales cuadruplica la registrada en el mercado urbano de Bata, señal de que el comercio no solo persiste, sino que se extiende por circuitos menos visibles y probablemente más difíciles de controlar.
El estudio también detecta una mutación del propio mercado. Hoy se venden relativamente menos primates y grandes ungulados que hace tres décadas, y más reptiles, aves, carnívoros y pangolines. Esa evolución apunta a una realidad inquietante, algunas especies tradicionalmente cazadas podrían haber disminuido tanto, o estar ya tan perseguidas en ciertos puntos, que están siendo sustituidas por otras todavía disponibles. No hay aquí ninguna mejora; hay agotamiento, desplazamiento y adaptación del negocio.
A ello se suma un incentivo económico evidente. El análisis recogido por el CSIC indica que los precios en el mercado urbano de Bata son, de media, el doble que en las zonas rurales, y que las especies amenazadas alcanzan precios significativamente más altos. Cuando la rareza se convierte en valor de mercado, la amenaza deja de ser una advertencia científica y pasa a ser un estímulo directo para seguir cazando.
Lo más demoledor para el régimen es que esta devastación no ocurre en la sombra. La propia nota del CSIC subraya que, aunque la legislación nacional prohíbe la caza de varias especies amenazadas, estas se siguen vendiendo abiertamente en mercados y carreteras. Es decir, la ley existe, pero no manda. Y eso, en Guinea Ecuatorial, no sorprende a nadie; sucede con los derechos, con la justicia, con la corrupción y ahora también con la fauna. Sobre el papel hay normas; sobre el terreno manda la impunidad.
Los investigadores plantean reforzar la vigilancia, impulsar campañas educativas y facilitar alternativas alimentarias más accesibles. Pero el problema guineoecuatoriano no es solo de información ni de costumbres. Es, sobre todo, un problema de poder. Mientras especies protegidas puedan venderse a plena vista sin consecuencias reales, cualquier discurso oficial sobre conservación será otra farsa institucional más en un país donde casi todo está prohibido para el débil y casi todo está permitido para quien hace negocio bajo la sombra del sistema.
** El vídeo que acompaña esta publicación fue difundido originalmente por Wanderreds en Facebook.