
El prestigio no se licita
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Otra vez el poder necio ha decidido hablarle al fútbol como si el césped obedeciera a los comunicados. “Nueva fase”, “plan estratégico”, “prestigio internacional”, “nuevo ciclo competitivo”… Un vocabulario inflado que pretende convertir una decisión administrativa en una epifanía deportiva. Se releva a Juan Micha y se anuncia una “licitación internacional” para buscar entrenador, como si el problema del Zalang Nacional estuviera encerrado en un banquillo y no en la estructura que lo rodea desde hace años.
La pregunta de fondo es más simple que cualquier pliego de condiciones; si existe ese “prestigio” que dicen querer recuperar, ¿dónde se guarda? ¿En qué vitrina de la FEGUIFUT está conservada la memoria institucional del equipo nacional? ¿Dónde está el archivo vivo del fútbol guineoecuatoriano, las plantillas, los informes técnicos, los programas juveniles, la evaluación de ciclos, los criterios de convocatoria, los calendarios sostenidos, el plan de formación de entrenadores, los resultados de la liga local, el seguimiento del talento? En los países donde el deporte se toma en serio, el prestigio no es una palabra; es una herencia documentada y un método que se hereda de una generación a otra.
El Zalang Nacional ha tenido tarde-noches grandes, de esas que un pueblo no olvida. Ha competido con dignidad y ha dado golpes de orgullo. Pero el prestigio no es una chispa; es un fuego que se alimenta con constancia. Y ahí es donde la propaganda se quiebra. Porque un destello, por glorioso que sea, no compensa la ausencia de una columna vertebral deportiva. Sin continuidad, todo se parece demasiado a lo mismo, una racha que entusiasma, una derrota que desordena, un culpable que se señala y una nueva promesa que se anuncia.
La licitación suena moderna. Sin embargo, en Guinea Ecuatorial, donde la transparencia suele ser decoración y la rendición de cuentas una rareza, esa palabra no tranquiliza; despierta dudas. ¿Quién define los criterios? ¿Quién evalúa? ¿Qué se publica? ¿Qué garantías tendrá el técnico para trabajar con un calendario serio, amistosos bien planificados, logística digna y pagos claros? ¿Qué obligaciones se impondrá la federación a sí misma, además de exigirle resultados al entrenador? Si el entorno no cumple y la estructura falla, cualquier técnico, por muy “prestigioso” que sea, acabará convertido en cortina de humo.
Porque el fútbol, aunque la «dictadura lucrativa» intente venderlo como asunto de despacho, no se mejora con ceremonias políticas. Se mejora con federaciones que funcionan como tales, no como pasillos de poder. Se mejora con una liga doméstica mínimamente profesional con calendario, licencias, arbitraje formado, contratos, estadios utilizables, disciplina y seriedad. Se mejora con cantera; categorías inferiores que compitan de manera regular, detección de talento, preparación física, medicina deportiva, nutrición, prevención de lesiones. Se mejora con formación; entrenadores locales con carrera y no solo con “nombramientos”, y un modelo técnico que sobreviva al próximo titular.
Cuando el Estado se sienta a “dirigir” el fútbol como si fuera un ministerio, lo que está mostrando no es ambición, está mostrando control. Y el control, sin método, es el primer enemigo del proyecto. Un proyecto de verdad no depende del humor de una comisión ni del brillo de una reunión en el Palacio del Pueblo. Un proyecto de verdad se sostiene cuando nadie está mirando, cuando no hay cámaras, cuando toca trabajar en lo que no da titulares.
Por eso el discurso del “prestigio” se vuelve todavía más ofensivo cuando se escucha desde una Vicepresidencia inútil que, lleva años administrando poder sin devolver prosperidad. El pueblo guineoecuatoriano entiende perfectamente esta contradicción; se habla de prestigio deportivo mientras el prestigio institucional se desmorona; se habla de estrategia mientras la vida cotidiana se parece demasiado a la improvisación; se habla de futuro mientras se normaliza el miedo, la opacidad y la impunidad.
Si quieren que la palabra “prestigio” vuelva a tener sentido, la recuperación no empieza en el banquillo del Zalang Nacional. Empieza en la forma de gobernar. Empieza cuando se publican contratos y presupuestos, cuando se auditan cuentas y se asumen responsabilidades, cuando la justicia deja de ser un instrumento y vuelve a ser un servicio público, cuando el ciudadano puede denunciar sin temer represalias, cuando los servicios básicos funcionan, cuando el empleo deja de ser un favor y pasa a ser un derecho, cuando la juventud no ve su futuro como una sala de espera infinita y optan por estar sedados todo el día, zombis
Y si hablamos de prestigio político, la medida es todavía más clara; prestigio es que la gente te respete porque su vida mejora, no porque te teme; porque cumples la ley, no porque la torces; porque respondes ante el país, no porque el país tenga que responder ante ti.
El Zalang Nacional merece algo más que un eslogan. Merece una estructura que lo proteja de la improvisación y de los caprichos del poder. Merece que su nombre no sea utilizado como cartel publicitario para ocultar el vacío de la gestión pública. Merece que, por una vez, se deje de confundir propaganda con proyecto.
El día que el régimen quiera “recuperar prestigio” de verdad, lo tendrá difícil, pero no imposible; tendrá que renunciar a la parafernalia y someterse a la prueba que siempre evita, la única que no se gana con discursos. La prueba de los hechos, de las cuentas claras, de las instituciones que funcionan y de un país donde el orgullo no sea una tarde-noche aislada, sino una vida digna todos los días.








