Deforestación en Guinea Ecuatorial bajo la dictadura de Obiang

Guinea Ecuatorial ha perdido 62.117 hectáreas de bosque bajo la dictadura de Obiang

Guinea Ecuatorial perdió 62.117 hectáreas de bosque y degradó otras 42.244 entre 2016 y 2022. La tala, las infraestructuras y el negocio forestal del clan Obiang amenazan el agua y la biodiversidad.

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La superficie desapareció entre 2016 y 2022, mientras otras 42.244 hectáreas quedaron degradadas. Habitantes de Bioko y Bata denuncian más calor, menos agua y la pérdida de plantas medicinales. Teodorín ya fue señalado por lucrarse con la venta y exportación de madera cuando controlaba el Ministerio de Agricultura y Bosques.

La deforestación en Guinea Ecuatorial ya puede medirse en decenas de miles de hectáreas y en la vida cotidiana de las comunidades que dependen del bosque.

La Iniciativa Forestal de África Central calcula que el país perdió 62.117 hectáreas de bosque entre 2016 y 2022. Durante ese mismo periodo, otras 42.244 hectáreas quedaron degradadas. La destrucción avanzó a un promedio cercano a las 8.700 hectáreas anuales.

Guinea Ecuatorial conserva una de las mayores coberturas forestales de África Central. Global Forest Watch estimaba que en 2020 el bosque natural ocupaba 2,6 millones de hectáreas, alrededor del 95 % del territorio. Esa abundancia ha permitido al régimen tratar cada pérdida como un daño menor dentro de una extensión aparentemente inagotable.

Los datos desmienten esa comodidad. Solo en 2025 desaparecieron otras 4.600 hectáreas de bosque natural. La pérdida continuó después del periodo analizado por CAFI.

Un reportaje publicado por EnviroNews Nigeria recoge testimonios de habitantes de Malabo, Bata y varias localidades rurales. En Basakato del Oeste, Basupú, Baloeri y Cristo Rey, los vecinos describen una reducción visible de la vegetación durante los últimos años.

Tobileri Esuba, residente en una comunidad rural de Bioko, recuerda que los árboles protegían a la población del sol y que el río mantenía su caudal. Ahora, explica, el calor es más intenso y durante la estación seca deben recorrer mayores distancias para encontrar agua.

Bönay Bokobo relata otra pérdida. Las plantas medicinales que su abuela encontraba cerca de casa son cada vez más difíciles de localizar. Algunas prácticamente han desaparecido. La destrucción del bosque elimina especies, pero también rompe conocimientos transmitidos entre generaciones.

En Bata y las poblaciones cercanas, los habitantes señalan la explotación comercial de madera como la principal presión sobre el bosque. En Bioko aparece primero la expansión agrícola, seguida por las infraestructuras, la tala comercial y el consumo de leña y carbón.

Las familias que cultivan pequeñas parcelas o utilizan leña para cocinar no ocupan la misma posición que quienes conceden explotaciones forestales, controlan la exportación de madera o se benefician económicamente del negocio. Presentar la deforestación como una suma de decisiones individuales permite ocultar quién administra los bosques y quién obtiene dinero de su destrucción.

Nguema Eyegue, agricultor de una comunidad rural de Bata, explica que muchas familias cortan árboles porque necesitan terrenos para cultivar, materiales para construir o combustible para cocinar. Esa dependencia también muestra el fracaso del Estado: después de décadas de ingresos petroleros, numerosas familias continúan sin alternativas energéticas asequibles.

EnviroNews no publica el número total de personas entrevistadas ni la metodología empleada. Sus apreciaciones no pueden convertirse en porcentajes representativos de toda la población. Los testimonios sí describen consecuencias locales que coinciden con la pérdida forestal registrada por CAFI y Global Forest Watch.

La responsabilidad del régimen va más allá de su incapacidad para frenar la tala. El Centro Africano de Estudios Estratégicos documentó que Teodorín se lucró con el transporte y la exportación de maderas valiosas durante su etapa al frente del Ministerio de Agricultura y Bosques.

Según esa institución, el hijo del dictador vendió superficies forestales del país a empresas privadas y utilizó una sociedad vinculada al ministerio para cobrar por el procesamiento, la carga y el transporte de madera.

El responsable político de proteger los bosques participaba, por tanto, en el negocio construido alrededor de su explotación.

La demanda internacional de maderas tropicales, especialmente desde China, convirtió a Guinea Ecuatorial en uno de los países exportadores de especies valiosas de África Central. La opacidad de las concesiones y la concentración del poder permitieron que la riqueza forestal siguiera el mismo camino que el petróleo: explotación sin control público y beneficios reservados a quienes rodean a la familia gobernante.

El régimen debe publicar las concesiones forestales vigentes, las empresas beneficiarias, sus propietarios reales, las cantidades extraídas y el destino de las exportaciones. También debe explicar qué parte de los ingresos obtenidos se ha destinado a las comunidades afectadas y a la recuperación de las zonas destruidas.

No basta con pedir a la población que plante árboles mientras quienes controlan el Estado convierten el bosque en mercancía.

Bajo los Obiang, Guinea Ecuatorial no solo pierde árboles. Pierde agua, biodiversidad y una herencia natural que la dictadura no tiene derecho a vender.

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