
No adormecer al pueblo guineoecuatoriano con falsas esperanzas
Amancio Edu advierte de que los mensajes de esperanza fácil, como el “ya viene el cambio”, adormecen a un pueblo apático y acaban favoreciendo a la tiranía de Obiang. Su receta: dejar solo al tirano, ganarse a quienes todavía lo sostienen y que la lucha sea de todos.
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Una sociedad apática como la nuestra debe ser estimulada a reaccionar contra el opresor y no lo contrario. Esta apatía no es casual. Ya lo advirtió Antonio Gramsci desde las cárceles del fascismo: “La indiferencia es el peso muerto de la historia”. El indiferente cree no hacer daño, pero en realidad sostiene la opresión. En Guinea Ecuatorial, la tiranía ha comprendido esto a la perfección y durante sus 47 años — desde el golpe del 3 de agosto de 1979 — ha aplicado al milímetro la vieja máxima romana del Divide et impera.
La estrategia ha sido siempre la misma: contentar a unos pocos para que ayuden a oprimir al resto de la población sumergida en la miseria más absoluta. Es el mismo clientelismo que usó Francisco Macías Nguema entre 1968 y 1979 para aniquilar a la intelectualidad guineana, y que su sobrino y sucesor perfeccionó con la renta petrolera a partir de los años 90. Se crea una pequeña élite de privilegiados, sin visión ni proyecto nacional, que cree estar a salvo.
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Hoy empezamos a escuchar las lamentaciones de algunos de aquellos que en su día se creyeron privilegiados. Es el comportamiento típico de quien tiene poca o nula visión histórica. Creyeron que su lealtad al tirano era un seguro de vida, olvidando lo que Maquiavelo ya explicaba en El Príncipe: al tirano no le sirven los amigos, le sirven los siervos útiles, y cuando dejan de serlo, los desecha.
Es oportuno recordar a nuestra sociedad que al inicio del siglo XX algunas comunidades europeas conocieron un nivel de pobreza tal que ha quedado como símbolo del abismo humano. Durante la gran hambruna del Volga de 1921-1922, tras la Primera Guerra Mundial y la guerra civil rusa, o durante la hambruna de Grecia de 1941-1942 bajo la ocupación nazi, se documentaron casos en que los ancianos renunciaban a comer para que los niños pudieran sobrevivir, y familias enteras rebuscaban granos no digeridos en las heces de los animales. Aquel estadio extremo de degradación no produjo resignación, produjo ruptura. Fue ese dolor el que exhortó a muchos pueblos europeos a combatir las tiranías de su época: la resistencia partisana italiana contra el fascismo entre 1943 y 1945, la resistencia francesa, o las revoluciones obreras que barrieron los imperios centrales.
A veces he llegado a pensar que el tirano debería llevarnos a aquellos extremos para que reaccionáramos todos contra ese minúsculo opresor que, como bien decía Étienne de La Boétie en su Discurso de la servidumbre voluntaria en 1549, no tiene más poder que el que nosotros mismos le entregamos.
Cualquier país del mundo se sustenta única y exclusivamente gracias al esfuerzo conjunto de todos sus conciudadanos, sean de mayoría o minoría de edad, sean fang, bubi, ndowé, annobonés o bisió. Esta afirmación debe encontrar más motivación aún en un país secuestrado por un tirano como es el caso de nuestro amado país, Guinea Ecuatorial. Frantz Fanon, en Los condenados de la tierra (1961), advirtió a los pueblos africanos recién independizados: la independencia sin la participación consciente del pueblo no es más que la sustitución del colonialista blanco por un opresor negro.
Por eso, los guineoecuatorianos de bien que dicen luchar para librarnos de las garras del tirano, cada día que amanece y se disponen a ocuparse de la cuestión guineana, su primera expresión debería ser una llamada a toda la ciudadanía a implicarse en la lucha. Si queremos librarnos de la opresión, jamás debemos utilizar expresiones que den un mínimo de esperanza pasiva al ciudadano hacia la liberación.
Todos los ciudadanos oprimidos deben llegar al estado de máximo disgusto contra la injusticia para poder reaccionar. Los mensajes de esperanza fácil, del tipo “tranquilos, ya viene el cambio”, “la comunidad internacional nos salvará”, frenan el nacimiento de posibles revolucionarios que podrían haber sustentado la lucha. Como nos enseñó la Revolución Francesa de 1789, no fue la esperanza en un salvador lo que derrocó a Luis XVI, fue el hambre y la conciencia colectiva de que nadie vendría a salvarlos.
Los mensajes de esperanza al pueblo pueden ser sujetos a interpretaciones peligrosas, algunas de ellas circunstancialmente en contra de la lucha por la erradicación de la tiranía y, en cierta medida, terminan favoreciendo al tirano. Lo adormecen.
Considerando que nuestro objetivo es derrocar la tiranía y siendo difícil enfrentarlo frontalmente por su aparato represivo, convendría que todos los que luchan contra ella — llámense políticos, activistas, juristas, indignados, exiliados — nos empeñemos fuertemente en debilitar los elementos que lo sostienen. Es decir, los ciudadanos que todavía sostienen al tirano.
Hay que hacerles comprender las consecuencias que pesan sobre ellos y, sobre todo, sobre su descendencia. Estos sostenes que a diario ayudan al tirano a maltratar a nuestra juventud condenándola a la pobreza y a la delincuencia, mientras promocionan a la prole de sus prosélitos en ministerios, embajadas y empresas petroleras. ¿Cómo podéis pensar que vuestra descendencia disfrutará en tranquilidad de vuestra herencia mal habida en medio de estos jóvenes a los que estáis maltratando? La historia de Guinea ya nos dio la lección: los que amasaron fortunas con Macías terminaron también en Black Beach o en el exilio.
Si todavía os queda un mínimo de buen sentido, deberíais pensar en regalar a vuestra descendencia un futuro armonioso en comunión con sus conciudadanos hoy maltratados por el tirano. Para ello os convendría ir dejándole solo, sumándoos a las filas de los ciudadanos que os están invitando a construir la Guinea Ecuatorial que anhelaban nuestros padres fundadores de la joven república el 12 de octubre de 1968. Una república que nació con la Constitución de 1968 soñando en ser democrática, no en ser una hacienda familiar.
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Concluiría esta apelación reiterando a nuestra ciudadanía que para salir de esta tiranía no es nada productivo transmitir tranquilidad al pueblo para que se acomode en espera de que algunos están luchando para salvarlo. Al mismo tiempo es improductivo cruzar los brazos en espera de que algunos luchen para salvarte.
Es de sentido común que sepamos todos que si Guinea Ecuatorial es salvada por un grupo limitado de ciudadanos, es posible que aquellos nos sometan a otra especie de régimen opresivo, con expresiones del tipo “si queréis la libertad, haced lo que hicimos nosotros”. La historia africana está llena de esos casos, de libertadores convertidos en nuevos tiranos.
Por ello es virtuoso implicarnos todos para que nazca una Guinea Ecuatorial fruto del esfuerzo de todos, sin padrones que puedan pretender crear un elitismo contra el pueblo llano. Entre otras razones, es importante que sepamos todos que mientras no nos impliquemos todos en esta lucha, jamás nos libraremos de las garras del tirano.
La libertad no se espera. Se conquista colectivamente.
Amancio Edu










