
Malabo supera el límite de inflación de la CEMAC con un 3,8 % mientras el régimen vende una falsa estabilidad
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Mientras el clan Obiang presume de una inflación nacional “controlada” del 2,2 %, la capital guineoecuatoriana ya se sitúa por encima del umbral regional del 3 %. Detrás del maquillaje estadístico, la sanidad, el transporte y productos básicos como el pan o el pescado seco siguen empujando a miles de familias hacia una precariedad cada vez más asfixiante.
Por OLBIF
Según los datos publicados por el INEGE el 16 de abril, el régimen vuelve a agitar cifras agregadas como si fueran un trofeo político. La inflación media nacional de marzo se sitúa en el 2,2 %, dos décimas por debajo de febrero, y la maquinaria propagandística de Malabo ya corre a presentar ese dato como prueba de una supuesta buena gestión. Pero basta salir del titular oficial para ver el engaño: la capital del país, convertida en escaparate del clan gobernante, registra un 3,8 % y rebasa el límite fijado por la CEMAC.
Ahí está la verdadera fotografía del país. No en la media nacional que sirve para calmar a los burócratas regionales, sino en el coste real de vivir, moverse o buscar atención médica en una Guinea Ecuatorial donde los ingresos se evaporan y los servicios básicos se han vuelto artículos de lujo. El propio INEGE reconoce que el transporte fue el grupo que más presión ejerció sobre los precios, con una subida del 4,4 %, mientras la sanidad avanzó un 3,6 %. Es decir, desplazarse y curarse cuesta cada vez más en un Estado que presume de estabilidad mientras abandona a su población.
La situación resulta especialmente cruel en el terreno sanitario. Los servicios dentales se disparan un 12,5 %, los hospitalarios un 6,3 % y los productos farmacéuticos también siguen encareciéndose. En un país donde una gran parte de la población sobrevive con ingresos miserables, una consulta dental o una hospitalización ya no son una necesidad cubierta, sino una condena económica. La propaganda habla de equilibrio macroeconómico; la realidad es que enfermar puede arruinar a una familia.
Tampoco moverse sale barato. El transporte aéreo sube un 9,6 %, el marítimo y fluvial un 8,7 %, y los vehículos automóviles un 8,9 %. En Malabo, el golpe es todavía más brutal: el transporte escala un 11,5 %. No se trata de un detalle menor. En un país fragmentado, con movilidades difíciles y dependiente de trayectos caros y mal articulados, encarecer el transporte significa asfixiar el comercio cotidiano, castigar a quienes trabajan lejos de casa y aislar aún más a los sectores más vulnerables.
El relato oficial también intenta tranquilizar en el capítulo de la alimentación, donde la subida media se presenta como contenida, un 0,7 %. Pero ese promedio oculta la herida. La carne de cebú aumenta un 8 %, el pescado seco o ahumado un 6 %, la carne de ave un 3,6 %, y el pan, junto al café, el té y el cacao, sube un 3,8 %. Es decir, la mesa popular sigue encareciéndose por donde más duele. El pescado seco, recurso habitual de muchas familias, se va acercando al terreno de los productos inaccesibles, mientras el pan, base elemental de cualquier dieta de subsistencia, corre muy por delante del discurso tranquilizador de las estadísticas globales.
La comparación por ciudades termina de desmontar el cuento. Malabo lidera la inflación del país con un 3,8 %, impulsada por transporte, salud, restaurantes y alimentación. Ebibeyín le sigue con un 3,2 %, marcada sobre todo por el alza sanitaria, que allí roza el 9,7 %. Bata, Mongomo y Evinayong quedan por debajo, pero eso no convierte la situación nacional en soportable: simplemente muestra que el castigo de la vida cara se reparte de forma desigual y golpea con especial dureza donde el régimen concentra su vitrina política o donde los servicios ya eran frágiles.
Lo más obsceno de todo es el contraste entre el sufrimiento social y la satisfacción del poder. Mientras los corruptos del sistema celebran haber quedado por debajo del 3 % en la media nacional, la capital del país ya ha cruzado precisamente ese umbral que dicen respetar. Esa contradicción resume mejor que cualquier discurso la naturaleza del régimen: no gobierna para aliviar la vida del pueblo, sino para maquillar indicadores, vender una apariencia de orden y seguir saqueando un país donde el precio de curarse, viajar o simplemente comer no deja de subir.
En Guinea Ecuatorial, la inflación no se mide solo en porcentajes. Se mide en platos vacíos, tratamientos pospuestos, desplazamientos imposibles y familias obligadas a recortar por donde ya no queda nada que cortar. Y aunque el régimen se aferre al 2,2 % como a una consigna, Malabo ya ha dicho la verdad con su 3,8 %, la estabilidad que pregonan no pasa de ser otro decorado levantado sobre la miseria de los guineoecuatorianos.








El régimen sabe que miente, la población sabe que el régimen miente, el mundo sabe que el régimen miente… El mismo papa que llega a Malabo sabe que el régimen miente.