
Guinea Ecuatorial: la inflación del desprecio y el hambre del pueblo
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Por OLBIF
En Guinea Ecuatorial, la mentira es una institución y las cifras son sus apóstoles. Este martes 17 de febrero de 2026, el Bureau d’Information et de Presse, órgano de propaganda del régimen, volvió a intentar anestesiar al país con números. Raimundo Edu Ada, uno de esos tecnócratas dóciles al servicio de la familia gobernante, presentó los datos del INEGE con la seguridad de quien no sabe, ni le importa, cuánto cuesta hoy un saco de arroz en el mercado de Semu.
Según la versión oficial, el país habría registrado una inflación del 2,4 % en enero de 2026, un dato que pretenden vender como buena noticia porque estaría por debajo del 3 % fijado por la CEMAC. Pero Mark Twain lo dijo con precisión quirúrgica: “hay tres tipos de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas”. Para el ciudadano de a pie, ese 2,4 % no es un indicador; es una burla.
La realidad del estómago: Malabo bajo alta tensión
La media nacional esconde una fractura social brutal. La propia fuente oficial reconoce que Malabo se disparó hasta el 3,8 %. Allí el umbral comunitario no se roza, se pisotea. Y no por casualidad. Malabo es el espejo del fracaso de un sistema que prefiere importar champán antes que construir una agricultura capaz de alimentar al país.
Los factores citados son, por sí solos, una confesión:
- Alimentos y bebidas no alcohólicas;
- Transporte;
- Salud, especialmente los servicios sanitarios.
Traducido sin eufemismos, la vida. Lo esencial se vuelve inalcanzable. Y aun así quieren que el pueblo aplauda la “estabilidad”. Un dicho nuestro lo resume así: “el vientre hambriento no tiene oídos”. Pero en Malabo el régimen parece no tener ni oídos ni corazón. La salud, convertida en privilegio para los amigos del poder que se curan en París o en Nueva York, se cobra a precio de oro a un pueblo que malvive entre dispensarios arruinados y humillaciones diarias.
La ilusión de la producción local
Luego llega la pirueta propagandística; dicen que “los precios de los productos importados se han moderado ligeramente” y que la producción local “mantiene su ritmo”. ¿Qué producción local? ¿La de las tierras confiscadas, las plantaciones capturadas por generales y dignatarios, las cadenas agrícolas estranguladas por redes clientelares? Eso tiene nombre, Estado depredador. En lugar de construir autonomía alimentaria, el clan Obiang mantiene al país dependiente de importaciones controladas por sus propios circuitos, a menudo a través de empresas pantalla. Y si las importaciones supuestamente se “moderan” pero los precios no bajan, la conclusión es sencilla: los monopolios familiares asfixian el mercado. Fanon lo escribió hace décadas: la élite local sustituye al ocupante para continuar el saqueo.
Un compromiso que no alimenta
El comunicado termina con una frase automática, hueca, casi ofensiva: “el Gobierno reafirma su compromiso con la estabilidad macroeconómica”. ¿Qué compromiso, si no el de blindar los privilegios de una minoría mientras el resto paga el precio del nepotismo?
Ponen a Ebibeyin como ejemplo por registrar “la tasa más baja”, como si la falta de dinero en circulación y la pobreza fueran un milagro económico. Un país no se gobierna con notas de prensa y sonrisas de fachada.
La estabilidad de la que hablan es la del cementerio. Vigilan los precios como un buitre vigila a su presa; no para salvarla, sino para calcular cuánta carne queda por devorar. Y la “supervisión multilateral” de la CEMAC no es más que un paraviento útil para encubrir una gestión opaca donde el enriquecimiento ilícito sigue siendo la única regla real de crecimiento.











