Donato Ndongo durante su ponencia sobre el cambio en Guinea Ecuatorial

Donato Ndongo y la necesidad de un cambio en Guinea Ecuatorial

En su ponencia de Rivas-Vaciamadrid, Donato Ndongo repasa las causas históricas del fracaso político guineoecuatoriano, cuestiona el tribalismo y la actuación de la oposición, y reclama responsabilidad colectiva, educación y un verdadero programa de cambio.

Share your love

UN ANÁLISIS CRÍTICO DE LA HISTORIA DE GUINEA ECUATORIAL

Buenos días, estimados amigos, compatriotas todos:

Agradezco la amabilidad de los organizadores de este encuentro, quienes han tenido la deferencia de invitarme a transmitirles estas reflexiones. Hace ya mucho tiempo que no participo en reuniones de guineoecuatorianos no estrictamente familiares. La primera a la que asistí fue en septiembre u octubre de 1974; la última, en noviembre de 2018. En ese dilatado período tuve una intensa actividad política, aunque jamás me he dedicado a la política, ni nunca he vivido de ella ni aspirado a vivir de ella, lo cual siempre dejé claro, porque decidí mi vocación desde joven y con ella escogí lo que deseaba hacer en la vida; mi vida y mi quehacer están estrechamente imbricados, y mantener la independencia de criterio y conservar la objetividad son reglas básicas  para lograr credibilidad; y como me colman lo suficiente, pese a los imponderables de la azarosa tarea de vivir, nunca sentí la necesidad de andar buscando aplausos obligatorios. Pero me llamaban unos y otros y, como guineoecuatoriano obviamente preocupado por la oprobiosa deriva de mi país, hubiese sido inconsecuente o mezquino por mi parte rehuir encuentros que se convocaban, en principio, para intentar buscar soluciones a los múltiples y dramáticos problemas que nos aquejan y nos impiden vivir con dignidad en nuestro suelo patrio. En ese tiempo fui aprendiendo muchísimas cosas, conociendo mejor a mis paisanos, observando y analizando. Y la verdad es que, y me duele confesarlo, al final no me quedaron ni ánimos ni razones para seguir derrochando esfuerzos, perdiendo mi tiempo y gastando un montón de dinero, fruto exclusivo de mi trabajo y sacrificando el bienestar de mi familia, en reuniones que no aportaban sino una decepcionante sensación de impotencia y vaciedad. La prueba es que, desde la abolición de los partidos políticos tras la intentona golpista de Atanasio Ndong Miyón en 1969, no hemos logrado articular estructuras creíbles que ilusionen a nuestra sociedad. Ni dentro del país ni fuera de él, el guineoecuatoriano puede levantarse cada mañana con la esperanza de que algo ha cambiado o cambiará. Y así durante 55 años. Conozco bien cuantos intentos se han realizado para transformar nuestra onerosa circunstancia, algunos por haber sido parte activa, otros por mi laborioso empeño de investigación, como cronista de nuestras realidades políticas y sociales. Por ello, reconociendo la honestidad de ciertos personajes -no todos- y sin negar la buena fe de determinados planteamientos -no todos-, se puede confirmar lo evidente: que han sido acciones más bien voluntaristas, desprovistas de eficacia. Y el mero voluntarismo no solo es insuficiente, sino que a menudo entorpece; porque si las ideas y los actos políticos no son eficaces, terminan en fracaso; y el fracaso conlleva el bochorno, es decir, el ridículo. Así, y sin que deba ofenderse nadie, podemos deducir con pesar, pero con franqueza y claridad, que los guineoecuatorianos llevamos haciendo el ridículo desde hace más de medio siglo.

Sé muy bien lo que duelen las verdades, pues sufro en mi20 carne las rabiosas arremetidas de los mentecatos que sienten verdadera alergia ante la verdad; pese a lo cual no me he pasado al bando de los manipuladores, y siempre he dicho cuanto debía decir donde debía decirlo. Porque reconocer los hechos y asumir la realidad es el primer paso para enmendar los yerros. Y mi primera pregunta, en este ejercicio que apela a la serena reflexión, es si estamos preparados y dispuestos a enmendar nuestros hábitos sociales, cambiar nuestra mentalidad y modificar nuestros comportamientos. Porque sin tales actos de madurez, humildad y honestidad, sin la seria y sincera autocrítica que nos exige la gravedad de una situación que amenaza con prolongarse otro medio siglo, seguiremos reproduciendo idénticos errores y continuaremos tropezando una y cien mil veces en la misma piedra.

De modo que si he aceptado estar aquí hoy es porque, como en múltiples ocasiones anteriores, se me ha asegurado que esta convocatoria tiene como objetivo buscar soluciones. El ciudadano está más que harto de tanta insulsa habladuría sin ideario, propuestas ni realizaciones. Porque ya no es tiempo de hablar por hablar. También pasó el tiempo en que hablaba uno solo y los demás debían callar. Pasó la etapa de los liderazgos autoproclamados. La gente quiere hechos, no discursos grandilocuentes. Nuestros pueblos necesitan dirigentes capaces, sólidos en su determinación, en los cuales depositar su confianza por su solvencia moral. Tampoco podemos perdernos en diálogos que se convierten en monólogos sucesivos, porque nadie escucha al otro. Llevamos más de medio siglo debatiendo sin encontrar soluciones porque olvidamos que la palabra no se agota en sí misma, no es un fin en sí misma. Creemos imitar a nuestros mayores pero nos hemos quedado en la caricatura, incapaces de captar la esencia. En nuestras sociedades africanas precoloniales se debatía mucho, sí, pero entonces las palabras tenían sentido porque expresaban ideas, y las ideas contenían soluciones útiles, eran una propuesta de acción; hoy, sin embargo, las hemos reducido a mera floritura insustancial, simple adorno teatral para exhibir las habilidades oratorias de demagogos que se creen sabios cuando en realidad no dicen nada; en la época de nuestros padres y abuelos la palabra era suficiente para conocer ña cualidad de una persona, si era un ser sensato, un necio o un simple charlatán; hoy es un entretenimiento ocioso para individuos ociosos, que pueden pasarse días y días charloteando sin hacer absolutamente nada útil ni para sí mismos, ni para sus familias ni para la sociedad, con la “política” como pretexto. Eso lo sabemos cuantos nos encontramos en esta sala. Y es obvio que así no se resuelve nada. De manera que si se nos ha convocado para encontrar soluciones, la primera condición es apelar a ser responsables. Yo no tengo la solución de nada, evidentemente, pero creo que se me ha llamado para aportar unas reflexiones sobre nuestra andadura como nación que, quizá, pudieran ser útiles para identificar los puntos de peligro, señalar dónde se encuentran los obstáculos que vienen entorpeciendo nuestra trayectoria hacia ese futuro de paz, desarrollo y dignidad al que aspiramos, si no todos, al menos la inmensa mayoría de nuestra población. Ser mayor era eso en nuestra sociedad precolonial: aportar a los jóvenes la experiencia vivida para facilitarles su propio  camino en la vida; aconsejar temple, prudencia y responsabilidad,  necesarios  para superar los desafíos y conseguir éxitos. Es mi único papel. Leo y escribo casi todos los días desde hace cincuenta años, trabajo acreditado en bibliotecas y hemerotecas. Nunca he cambiado de opinión, ni en Guinea ni fuera de Guinea, pues siempre he defendido lo mismo: libertad, desarrollo y dignidad para todos y cada uno de nuestros compatriotas, libertad, desarrollo y dignidad para todos los africanos. Supongo, por lo que percibo, que ese discurso perseverante está penetrando en lo más hondo, no sólo entre los guineoecuatorianos, sino entre personas de otros continentes y culturas. Y escribir algo que interese y no sea un vacuo ejercicio de autocomplacencia requiere  conocimientos, reflexión, sólida argumentación e ingenio y destreza para persuadir. Se trasladan al cuerpo social los hallazgos y conclusiones para que puedan servir para superar los dilemas, dificultades o contrariedades que le oprimen, o, al menos, dotarle de los mecanismos o claves para que realice el esfuerzo, individual o colectivo, que permita afrontar la existencia con mayores dosis de esperanza y seguridad. Así fue y es en todo tiempo y lugar, y por mucho que se empeñen los necios, mentecatos y  dementes, que de todo hay, así también debe ser en Guinea Ecuatorial, porque no somos extraterrestres. Es la única razón de que me encuentre aquí. Que nadie se asuste, por favor. Lo diré una vez más: no estoy en esa ya larga cola de los aspirantes a sustitutos.

Para todo pueblo, es muy necesario conocer la propia Historia. Nos permite situarnos con exactitud en el contexto del tiempo y del espacio, sabiendo de dónde venimos y hasta dónde podemos llegar; qué somos, cuáles son nuestros recursos para aspirar a lo que queremos ser; qué hemos hecho y logrado como sociedad en esta entidad colectiva que llamamos Patria, y cuáles son nuestras carencias, y qué deberíamos hacer para lograr nuestros objetivos, dónde tropezamos, cómo no vimos la piedra o la trampa en la senda, cuáles fueron los errores y cómo evitarlos ahora por nosotros y en el futuro previsible por nuestros hijos. Todo eso está encerrado en la Historia de cada pueblo, que es la expresión de sus logros y fracasos, la memoria colectiva de sus ideales y aspiraciones; de los desengaños, derrotas y frustraciones; pero, también, de sus éxitos, triunfos y momentos de gloria; en una palabra, la Historia arroja luz sobre nuestra trayectoria pasada y presente, indica los caminos y metas posibles, guía nuestros actos hacia el futuro al revelarnos las cualidades de nuestro ser, protagonistas que somos de nuestro propio acontecer. Quizá por ello se ha hecho lo imposible para no legarnos a los guineoecuatorianos una Historia creíble, pues tanto los colonizadores como sus herederos en la dirección de nuestro Estado han hurtado, escondido, tergiversado y falseado los datos verdaderos de cuantos acontecimientos relevantes conforman nuestra andadura; durante casi dos siglos y medio, desde la aparición de los dominadores españoles en nuestras vidas, nos hemos conformado con la mentira, los infundios, habladurías, suposiciones y medias verdades; no hemos indagado en nuestros propio ser y en nuestras propias realizaciones, o en la ausencia de ellas; y desde el 12 de Octubre de 1968, no nos hemos preguntado con rigor por qué estamos como estamos. Por eso damos continuos palos de ciego. Así nos ha ido, al carecer de ese basamento a un tiempo existencial, intelectual y moral que da seguridad; inseguridad característica del guineoecuatoriano, quien, en el intento de camuflarla, transforma a gobernantes, aspirantes a gobernantes y a gobernados en individuos prepotentes; la arrogancia, rasgo consustancial en nuestra personalidad, pero una arrogancia epidérmica, pues, apenas se profundiza, aparece un ser  irresoluto, cargado de miedos, desprovisto de audacia, rasgos encubiertos por uno mismo pero claramente visibles para los demás. En lugar de concentrarnos en las causas estructurales, internas y externas, nos hemos movido en la superficialidad; y esa pereza vital, esa ausencia de rigor, nos ha abocado a concentrar todo esfuerzo en los mitos y no en las realidades, a fiarlo todo a imposibles o quiméricos portentos. En lugar de esforzarnos en prevenir las situaciones molestas o desagradables o en todo caso hacerlas frente cuando llegan, nos dedicamos o a culpar a cualquiera, cercano o lejano, o a buscar al mesías que nos libere. Creo que estaremos de acuerdo en que no sabemos prevenir el futuro. Y ése, a mi manera de ver, es un rasgo atávico, cultural. No sé si existe en otras lenguas vernáculas, pero todavía no he encontrado una palabra fang que exprese la idea de futuro más allá de “mañana” y “pasado mañana”. Y si las palabras enuncian las ideas abstractas, resulta lógico deducir que los fang -y supongo las demás etnias, todas de origen bantú- carecemos de la noción de futuro. Carencia que observamos en nuestro comportamiento cotidiano, gravísima cuando vivimos en el momento actual, en un mundo caracterizado por la interacción con otros pueblos y culturas. En mi juventud, al percatarme de fenómenos como el enunciado, y ante mi propio desconocimiento y mi propia inseguridad, empecé a indagar en nuestras realidades precoloniales, coloniales y poscoloniales para tener  certezas; y transmito cuanto hallé para que nuestros pueblos puedan caminar algún día a la luz de los hechos en lugar de seguir debatiéndose en una ignorancia que nos perpetúa en el oscurantismo. Es el cometido de todo escritor creíble desde existe este oficio en toda época y lugar, como dije. Por eso, más que trazar el recorrido cronológico, dar datos, fechas y nombres que pueden encontrar en libros y artículos, míos o de otros, me parece más oportuno, aquí y ahora, centrarnos en determinados acontecimientos y flexionar sobre sus causas y sus consecuencias. Método que, además de informar e ilustrar, permitiría deducir alguna enseñanza provechosa. No puedo ser exhaustivo y entretenerme en todos los detalles, pues no hay tiempo suficiente para ello; me limitaré, pues, a reseñar los más relevantes, empezando por el principio, como es de rigor.

Esa pereza mental que señalaba, cuya consecuencia es la falta de rigor en las propuestas, discursos y actuaciones, nos ha llevado a planteamientos equívocos sobre la idea y el ideario del Nacionalismo. Tan equívocos que suponen su deslegitimación. Y  privar de su sentido primigenio a ese concepto equivale a dinamitar los cimientos mismos de nuestra independencia, es decir,  socavar las raíces del Estado proclamado el 12 de octubre de 1968. Lo vemos y oímos a diario: en lugar de cohesión, asistimos a un permanente ejercicio de centrifugación. Las minorías étnicas se quejan con razón, aunque carezcan de legitimidad. Su razón reside en el hecho incontestable de que no sentirse amparadas por el Estado, que viven como algo ajeno y extraño;  además, fueron traicionadas desde que el presidente Macías incumplió los acuerdos de Basupú, firmados con la Unión Bubi en vísperas de la segunda vuelta electoral en septiembre de 1968. Pero tales reivindicaciones carecen de base: primero, porque la tan difundida falacia de que los “bataman” invadieron su espacio quedó desmentida cuando, en 1998, publiqué España en Guinea. Construcción del desencuentro. En ese libro, con documentos fehacientes, se demuestra que la masiva presencia de fang, ndowés y bisió en la isla de Bioco no fue consecuencia de ninguna “invasión”, imposible porque ninguna de esas etnias había desarrollado la tecnología que les permitiese surcar el amplio espacio marítimo que separa la parte continental de la parte insular; dicha presencia se debió a la deportación de numerosos jóvenes de Río Muni a Fernando Poo, impuesta en las décadas de los años ‘20 y ‘30 del pasado siglo bajo el mandato de los gobernadores Ángel Barrera y Miguel Núñez de Prado, en un nuevo intento por solucionar la escasez de braceros que padecían las fincas de cacao de los colonos de la isla. Ni fueron voluntarios, ni se quedaron entonces la mayoría. Al respecto, puedo poner un ejemplo personal: tanto mi abuelo materno, Pascual Nguema Anseme, cuyo nombre llevo por la parte tradicional Eseng de mi identidad, como su hermano, mi tío-abuelo Crisantos Edu, se vieron afectados por aquella medida, y durante varias campañas trabajaron en la finca “Santa María”, frente al seminario de Banapá, donde está situado hoy el seminario claretiano Padre Joaquín María Sialó. Allí nació mi madre. Pero todos regresaron a su pueblo al finalizar su contrato -si podemos utilizar esa palabra en aquel contexto-, y con las técnicas aprendidas y el dinero ahorrado abrieron una próspera explotación de cacao en nuestra comarca, base de su prosperidad -en términos coloniales–, arrasada, como todas, por el vendaval que siguió a la independencia. Esos son hechos, y ningún bubi puede decirme con verdad que mis abuelos “invadieron” su espacio. La segunda razón que explica la masiva presencia de “batamanes” en Bioco es el carácter de capitalidad. Nadie puede impedir que el funcionariado viva en su lugar de trabajo, ni que los estudiantes no acudan a sus centros, o los militares no vivan en los campamentos. Y eso no lo determinaron los “batamanes”, sino la estructura colonial heredada tras la independencia. Si, como pretende el actual presidente, la capital saliese de la isla y fuese traslada a la parte continental, ¿acaso no habría funcionarios, estudiantes y militares bubis residiendo en la nueva ubicación? ¿Y alguna mente sensata se atrevería a hostigarles y amenazarles con “echarles al mar”, como predican algunos descerebrados que se niegan a pensar? La tercera ilegítima razón en que ciertos miembros de las minorías basan su pretensión soberanista es su percepción de no sentirse amparados por el Estado guineoecuatoriano. Pero habrá que insistir en lo obvio: salvo la minúscula casta encaramada al poder desde octubre de 1968, ningún compatriota se siente amparado por el Estado. Por eso hubo y sigue habiendo tanto muerto inútil; por eso seguimos en la pobreza, pese a ser teóricos dueños de un país inmensamente rico; por eso seguimos en la miseria moral, por eso carecemos de infraestructuras básicas, por eso existe déficit sanitario, educativo, por eso miles y miles de compatriotas de todas las etnias estamos en el exilio, como este fan que les habla: porque nuestro país aún no ha abordado siquiera la materialización de los fines por los cuales nuestros padres y abuelos exigieron el autogobierno. Creo que es la tarea que nos reúne aquí hoy, una asamblea más de las infinitas se han convocado desde entonces, para ver todos juntos qué podemos y debemos hacer. Con planteamientos tribalistas no vamos a ningún sitio, sobre todo si encima son mentira.  Por eso ya es urgente  que entre todos, desde la solidaridad, encontremos la solución y dejemos de hacer el ridículo como individuos y como pueblo. Habrá que recordar a quienes o no lo saben o lo callan deliberadamente, en su propósito de expandir el odio y basar su argumentación en mentiras absolutamente inconsistentes, que esta soberanía que nos han hurtado a todos los hijos de Guinea Ecuatorial y gozan egoístamente quienes menos mérito tienen para ello, fue ideada por compatriotas de todas las etnias para que fuésemos libres y prósperos el conjunto de los pueblos que forman los entonces llamados “Territorios Españoles del Golfo de Guinea”. Ésa es la realidad. Porque el primer signo de descontento organizado ante la rapiña y las vejaciones del estamento colonial fue la Cruzada de Liberación, y en la composición de su núcleo su original aparecen personas de todos los grupos étnicos, aunados  entorno a la misma idea de recuperar la dignidad a mediados de los años ‘40: baste recordar los nombres de Marcos Opo Uri, bubi; Edmundo Collins, fernandino; Federico Ebuka, ndowé, y Acacio Meñe m’Ela, fang. En la primera rebelión estudiantil, protagonizada por los seminaristas de Banapá declarados en huelga en 1951, encontramos de nuevo juntos a jóvenes de todos los grupos: el annobonés Vicente Castellón Ntayo; los bubis Enrique Gori Molubela, Edmundo Tale y Eugenio Eteo; el ndowé Vicente Mpenda, y fang como Atanasio Ndong Miyón, Rafael Dámaso Sima, Alberto Ndong o Celestino Nnang Mico, entre otros. Pese a que la represión colonial y otros factores fueron disgregando y dispersando aquellas primeras expresiones del descontento anticolonial, el nacionalismo guineoecuatoriano      continuó nutriéndose de personas de todas las etnias al articularse en movimientos políticos: el MONALIGE, cuyo secretario general era Atanasio Ndong, en el exilio, tenía como cabezas visibles en el interior al bubi Pastor Toraó, y sus activistas más destacados eran el fernandino Abilio Balboa Atkins, el ndowé Saturnino Ibongo Iyanga y la annobonesa Trinidad Morgades Besari; en el IPGE, dirigido por Clemente Atebá, el militante más conocido e influyente fue el bubi Luis Maho Sicachá; y en el MUNGE, formado entorno a Bonifacio Ondo Edu, militaron en puestos de responsabilidad personalidades ndowé de la talla de Luis Rondo Maguga, Agustín Eñeso y Pedro Lumu Matindi, y fernandinos como Wilwardo Jones y Francisco Salomé Jones. Todos ellos abogaban claramente, al menos en los inicios, por un Estado unitario respetuoso con las identidades étnicas, según el modelo adoptado en el resto de los países africanos que iban accediendo a la soberanía formal.

¿Cómo y cuándo se produjo la quiebra? Fue el Estado español, a través de sus organismos coloniales, fue el que ideó, organizó y ejecutó las maniobras que sembraron el tribalismo en nuestra sociedad. Todo está explicado de modo pormenorizado en mis libros, sobre todo en Historia y tragedia de Guinea Ecuatorial. De modo que ni es una afirmación gratuita, ni es una manera de echar los balones fuera y atribuir las culpas de todas nuestras desgracias al colonizador. Es sabido que el almirante Luis Carrero Blanco, vicepresidente del Gobierno de España, de quien dependían orgánicamente las colonias, nunca fue favorable a nuestra emancipación. También es conocida la pugna, convertida en soterrada hostilidad, que  tal situación creó en el seno del propio Consejo de Ministros. Además, España, siguiendo el ejemplo  de  la dictadura homóloga  en  Portugal,  mintió  al Comité  de  Descolonización de Naciones Unidas en 1956 al declarar que no poseía territorios coloniales, sino “provincias” cuyos habitantes tenían los mismos derechos que el resto de los españoles. Se tuvo que preparar apresuradamente el marco legal que diese legitimidad a esa falsedad, y así nacieron las provincias de Fernando Poo y Río Muni. Pero fíjense: el decreto de 1958 crea la Región Ecuatorial, con una sola provincia; pero a los pocos meses se dividió la Región en dos provincias, según  dispone el decreto de 1959. ¿Qué había pasado? Sencillamente había triunfado el criterio del “divide y vencerás”. Porque con la estructura provincial dual, se separaron administrativa, y por tanto se segregaron políticamente, la parte continental de la parte insular; y con ello, se empezó a inocular a unos y otros la noción de que no éramos iguales, no pertenecíamos a una misma entidad susceptible de convertirse en Estado. Abreviando: tanto el Gobierno General como los Gobiernos Civiles, las Diputaciones y los propios colonos, fueron socavando el espíritu y la trayectoria del nacionalismo guineoecuatoriano, estrategia destinada a debilitarlo y, por supuesto, a socavar la unidad de acción de los partidos políticos y, con ella, la estabilidad de la futura Nación. Ejemplo de ello: a partir de 1960 irán surgiendo “partiditos” -así los llamó un integrante de la amplísima delegación guineoecuatoriana en la Conferencia Constitucional– de corte tribal, que todos conocemos: Unión Bubi; Unión Democrática Fernandina; Unión Annobonesa y Unión Ndowé. Y así llegamos no divididos, sino atomizados, al cónclave que, entre finales de 1967 y la primavera de 1968, preparó la independencia Digo atomizados porque el virus de la desunión, del individualismo, de la ambición desmedida, inoculado a lo largo de la etapa provincial y del período autónomo, se había extendido tanto en nuestro tejido social que los partidos políticos que tantos esfuerzos y sacrificios -muertos y exilios incluidos, como sabemos bien – llegaron a la cita de Madrid absolutamente desestructurados. Quienes habían defendido la unidad del país ahora abogaban por la separación; los mismos partidos, además de no llegar a acuerdos programáticos entre ellos, estaban minados por fracciones y tendencias. Las rivalidades entre sus líderes -se insultaban en público, y consta más de una pelea a puñetazos en un hotel madrileño– no permitían augurar una era de paz tras la descolonización. Y, lejos de elaborar un programa preciso sobre qué acciones debían emprenderse para empezar a construir nuestro propio país tras la asunción de la soberanía, el único objetivo era “echar al blanco”. Si a ello añadimos las intromisiones de potencias extranjeras, y de personajes españoles que deseaban pescar a río revuelto, y la carencia de una sólida formación en la mayoría de nuestros políticos, por lo cual carecían a su vez de criterio propio en la mayoría de los temas, ese cóctel explosivo nos llevaría al desastre menos de cinco meses después de izar nuestra bandera. Desastre previsible que hoy percibimos con claridad, cuyas consecuencias seguimos padeciendo, y que, si no cambiamos el rumbo, se perpetuará. Porque también percibimos síntomas idénticos en la actualidad, al igual que percibimos -y señalamos por escrito, ahí están– que el mero hecho de echar a Macías no iba a cambiar absolutamente nada. Insisto: vemos aflorar las mismas señales, están claros los mismos tics, seguimos con muy parecidas actitudes, y así, aunque se lograse sustituir a los actuales mandamases por otros, nada cambiará. Y no sólo nada cambiará, sino que  se  instalará en el  ánimo de  nuestros compatriotas y en mentes foráneas la convicción de que nuestro país no tiene remedio y, por tanto, es inviable. ¿Lo captan? Pues no es un escenario imposible.

Creo que con lo expuesto hasta aquí tenemos argumentos suficientes para acallar a los mentecatos que basan sus reivindicaciones en planteamientos falaces. Sufrimos en nuestro país desde marzo de 1969. Y sufrimos cuantos intentamos mantener algo de dignidad personal y dignidad colectiva y nos negamos a secundar el mal, sin diferencias étnicas. Y puestos a señalar, puedo decir que el mal se esparció, y se sigue esparciendo, desde todos los rincones del país: en estos 55 años de dolor, conocemos a malvados bubis, annoboneses, fernandinos, ndowés, bisiós, fang ntumu y fang okak. No son únicamente los de Mongomó, pues los asesinatos y vejaciones que ocurrieron y las atrocidades y atropellos que suceden en cada pueblo, en cada barrio, no los cometen sólo gente de Mongomó, sino vecinos nuestros, incluso hermanos del propio clan y hermanos de la propia sangre. Y serían evitables si fuésemos capaces de hacerles frente, no individualmente, no cada uno por su lado, sino todos juntos, en los poblados, en los barrios. No podemos escudarnos siempre tras los demás. Es cierto que existe una estructura que propicia y ampara la maldad, la crueldad y el crimen; verdad que cuanto vivimos desde nuestra independencia, que lleva a muchos a cuestionarla, produce espanto. Pero estarán de acuerdo conmigo en que nadie se ha enfrentado con seriedad a la tiranía imperante, y que ésa es tarea colectiva que nos incumbe a todos; debemos exigir a los extranjeros interesados, y a aquellos que desearían implicarse, que, si no nos han asistido en la solución del problema en más de medio siglo de llanto, nos dejen resolver nuestros propios asuntos sin inmiscuirse, como suelen, a favor de de sus intereses, que muchas veces son contrarios, o al menos diferentes, a los nuestros. Sabemos que ellos priman la estabilidad, y nosotros la libertad; entonces deberíamos ser capaces de convencerles de que no conceptos son incompatibles libertad y estabilidad, que no puede considerarse “estabilidad” más de medio siglo de mangoneo de nuestro país por una sola familia sino un peligroso foco para la inestabilidad; los guineoecuatorianos debemos demostrar al mundo que ya somos un pueblo maduro capaz de regir sus destinos sin tutela de nadie, que deseamos y podemos mantener la estabilidad mientras gozamos de libertad, que la estabilidad será más real y efectiva si gozamos de libertad. Y tal exigencia lleva aparejado el propio trabajo, el propio esfuerzo, en lugar de esperar a un Mesías que, lo sabemos, sólo vendrá al final de los Tiempos. Dejemos la vana esperanza. Podemos y debemos acometer nosotros mismos esa tarea de regeneración. Insisto en ello porque es claro para mí que, si queremos avances, si queremos salir de esta situación ya no sólo dolorosa, sino ridícula, debe ser a través del propio esfuerzo, un esfuerzo colectivo como en todas partes, menos en Guinea Ecuatorial, según venimos demostrando al mundo, y a nosotros mismos, desde hace 55 años.

Algunos africanos, incluidos muchos compatriotas, nos reprochan a los analistas que atribuyamos los males actuales de nuestros países a los europeos y no asumamos ninguna responsabilidad. Quizá no sean conscientes  de  que tal razonamiento obedece a la lógica del colonialismo: ¿Qué esperaban que sucediese en los países que se emancipaban si ninguna potencia colonial formó de verdad a los africanos y nos mantuvo en la ignorancia hasta el mismo día de la independencia? ¿Qué reacción esperaban de nuestros dirigentes recién elegidos tras casi cinco siglos de esclavitud y de dominio colonial? ¿Podía suponerse comportamientos democráticos en personas que sólo habían conocido la represión y la rapiña? Es claro el testimonio de Adolfo Obiang Bikó, uno de los escasos testigos vivos de nuestro proceso emancipador: en su intervención durante las Jornadas para reflexionar sobre Guinea Ecuatorial en su Cincuentenario, organizadas por el Centro de Estudios Afro-Hispánicos en julio de 2018 en la UNED, para reflexionar sobre la independencia de Guinea Ecuatorial en su Cincuentenario, que tuvieron lugar en la UNED en julio de 2018, reveló el deseo íntimo de la mayoría de los artífices de nuestra liberación en 1968: “exigimos la independencia para vivir como los blancos”, dijo textualmente. ¿Y cómo vivían los blancos en Guinea Ecuatorial? Se constata con facilidad a través de sus propios libros y documentales. De modo que nadie nos puede considerar demagogos si afirmamos que la pereza, la ambición desmedida, la envidia y otros vicios colectivos que nos caracterizan son rémoras adquiridas durante nuestra interacción con los el colonizador, exacerbados en el período autónomo. Lo reconoce el propio Bonifacio Ondo Edu en alguna de sus intervenciones durante la Conferencia Constitucional, cuyas actas taquigráficas tengo en mi biblioteca: fue en esa etapa del cuatrienio autónomo cuando, junto al tribalismo inoculado, el estamento colonial, en su empeño en perpetuar su dominio o diseñar el caos si no lo lograba, diseñó arteramente la estrategia que impidiera, o al menos dificultase, la articulación del nuevo Estado. Fue un perverso modelo de descolonización común en todo el Continente, imposible de detectar para unos “políticos” sin ciencia ni experiencia, más idealistas que realistas. Es cierto que pudimos haber corregido tales distorsiones; es verdad que muchas de las consecuencias derivadas pudieron ser evitadas; como también es lógico pensar que el tiempo transcurrido, y nuestra propia inteligencia, debieron corregir las distorsiones. No ha sido así. Las causas de este fracaso son demasiado complejas para resumirlas en pocas palabras; la única realidad es que, aquí y ahora, nos toca a nosotros, dos generaciones después, averiguar las raíces del mal y tratar de encontrar las soluciones para que cuanto antes tengamos una Patria en que quepamos todos, realizando al fin los fines primigenios por los cuales nuestros padres y abuelos se enfrentaron al colonialismo en 1948 tanto en la Región insular como en la Región Continental. Los pioneros de nuestra liberación, que conspiraban bajo los cacaoteros en Fernando Poo o desafiaron a Carrero Blanco en Mikomeseng tenían una clara aspiración, que se había desvirtuado en 1968, y nuestra obligación es recuperar el sentido primigenio de la idea y del espíritu del nacionalismo, que nada tiene que ver con la versión esperpéntica de la tergiversación impuesta por la sanguinaria tiranía de Francisco Macías Nguema, hoy continuada por la oprobiosa y despótica dictadura de su fiel colaborador, Teodoro Obiang Nguema.

Esa quiebra de los ideales se produjo durante el período autónomo, como dije, y alcanzó su cénit  durante la Conferencia  Constitucional, embrión y preludio de cuanto vendría después. Porque, a partir de ella, se ve con claridad la quiebra de la confianza mutua, la lucha a muerte por los cargos, la afloración de cuantos vicios padecemos hoy en nuestra sociedad, sobre todo absoluta banalización de la vida ajena por el guineoecuatoriano. Por mi edad, puedo dar testimonio directo de que no éramos así. Nuestros padres y abuelos eran personas prudentes, en los que sobresalía el sentido común. Aún recuerdo las palabras que me decía mi abuelo de niño: fulu de ene mbot, literalmente, “el comportamiento es la esencia de la persona”. Lo cual, llevado a la práctica, hacía que no se respetase a los mayores sólo por su edad, sino por sus palabras, por sus hechos; sus modos, sus hábitos, sus realizaciones avalaban al individuo, de tal modo que un joven sensato merecía muchísimo más respeto que un anciano irresponsable o estrafalario. Recuerdo con igual nitidez que la noticia de un fallecimiento conmocionaba a todo el pueblo, sin que importase si el muerto era cercano o lejano. Nunca nos dejaban ver un cadáver y, de hecho, vi el primero a los a los 20 0 21 años, un amigo mío, Tomás Opwá, fallecido en Barcelona cuando éramos estudiantes. Visión que aún me estremece. ¿Pueden decir lo mismo los jóvenes de hoy, acostumbrados a contemplar la muerte a su alrededor? ¿Cómo no van a despreciar la vida cuando crecen, primer paso para volverse criminal? Pienso que son valores elementales que debemos recuperar si de verdad deseamos un cambio en nuestra sociedad, porque el fang antiguo, y por extensión el africano de generaciones anteriores, era un ser profundamente humanista, no los criminales insensibles en que tratan de convertirnos. Podríamos ir desgranando otros muchísimos vicios  percibidos en nuestra sociedad, convertidos en hábitos en la vida cotidiana:  cobardía; mentira y engaño como instrumentos políticos; deshumanización;  deslealtad; insolidaridad; desvalorización del otro, cuyo esfuerzo y mérito nos negamos a reconocer; pérdida de la cultura del propio esfuerzo, cuya secuela es la pereza, que, a su vez, lleva aparejado el latrocinio, al querer vivir bien sin trabajar… Nos encontramos asfixiados en ese perverso maremágnum en que nos impusieron manipuladores psicópatas que han perdido la noción del bien y del mal. Porque una característica del guineoecuatoriano actual es la confusión mental en que transcurre su existencia: privado de los valores de la tradición primero por el colonialismo y después por los dirigentes necios que nos ha tocado padecer, pero al mismo tiempo incapaz de asumir las aportaciones de otras culturas, propios de la era contemporánea, vegeta en un extraño limbo, sin asideros a que agarrarse para construir su vida con solidez. Y esa inseguridad íntima tiene sus consecuencias: entre ellas, un patológico complejo de inferioridad, que se transforma en prepotencia y arrogancia si se detenta una parcelita de poder, pues entonces afloran los demás vicios, como la envidia sobre quien posee algo de lo que carecemos. Y la envidia genera odio, y animadversión y odio, y así hasta desembocar en esa inusitada crueldad que asombra. Ignorando el sentido profundo de las costumbres de nuestros antepasados, que repetimos por inercia, y despreciando al mismo tiempo las costumbres foráneas por “ajenas”, no somos capaces de darnos cuenta de que tradición y modernidad no son conceptos incompatibles, que podemos aplicar los rasgos positivos esenciales de ambas concepciones para mejorar nuestra condición humana. Verdad que muchas costumbres ancestrales ya no nos sirven en la actualidad;  como también es cierto que no todo  cuanto  viene de fuera es dogma de fe; pero debería entrar en juego nuestra capacidad de raciocinio, para discernir y escoger aquello que consideremos útil y adecuado. Por eso, entre tantas tareas por acometer, la educación se convierte en una prioridad acuciante en la construcción de una Guinea futura. Porque sólo el saber nos convierte en personas verdaderamente libres. Razón por la cual los tiranos prefieren esparcir la ignorancia; y de ahí que procuren acallar a quienes poseen algún conocimiento y tapiar los mecanismos para su libre transmisión.

Las consecuencias de ello las tenemos a la vista: hace 55 años pusimos al frente de nuestra Nación a ignorantes ambiciosos, la peor combinación para dirigir un país. ¿Cómo logran mantenerse tanto tiempo? El mecanismo es muy simple: manteniendo a la población en la estulticia para asegurar la sumisión; fomentando la miseria para garantizar la dependencia; acentuando la represión, salpicada de mitos absurdos, y empleando una crueldad cuando los medios anteriores resultan insuficientes. Es el manual de toda tiranía. No son, pues, invencibles: basta conocer cómo funciona un mecanismo para saber cómo desmontarlo. Para lo cual es necesario pensar. Es lo que, a mi modesto entender, no han comprendido los partidos políticos y la pléyade de opositores habidos desde 1968. Hemos perdido demasiado tiempo en destruirnos unos a otros olvidando cuál es el verdadero objetivo; hemos destruido el escaso tejido intelectual con descalificaciones inmerecidas, insultos gratuitos y celos infundados; y, en tan innoble cometido, con una oposición siempre atomizada, sólo hemos conseguido secundar los designios de los tiranos, muy interesados en la desarticulación de su contrapoder.  En cierto sentido, y sin que se me entienda mal, hemos sido cómplices directos del sistema contra el que decíamos combatir, al reproducir comportamientos idénticos a los que denunciábamos. Es más: la insolidaridad que caracteriza a las presentes generaciones es el primer obstáculo a remover, pues el guineoecuatoriano no actúa si la injusticia afecta al vecino, aunque sea familiar; sólo reacciona cuando ya le toca a él, y a menudo ni eso.

La desconfianza que sentimos hacia nuestros propios compatriotas se vuelve excesiva confianza en el trato con los extranjeros, pues el desconocimiento de los factores que determinan el mundo actual impide calibrar la influencia de las relaciones internaciones en la conformación de nuestra realidad doméstica. La falta de medios para seguir estudiando y analizando es básica en ese sentido en un país sin librerías ni bibliotecas donde actualizar los conocimientos, pero también nuestra propia pereza intelectual y anímica. El estudio no termina con la graduación y la obtención del título académico. Las cosas cambian con gran celeridad, y si no estamos al día en los avances, no es extraño que nos quedemos atrás, al carecer de información precisa. Dependemos demasiado del criterio ajeno, confiamos excesivamente en otras potencias, dependencia perjudicial para el Estado, pero también ingenua ilusión que ha llevado a lecturas erróneas del papel de la Comunidad Internacional y de los Organismos multilaterales en la solución de los problemas internos de cada país. Así, hemos perdido tiempo y energías en mitos irrealizables, confiando que la ONU, o España,  o Francia,  o Estados Unidos  o  cualquier  otro Estado  nos  sacará las  castañas del fuego porque nosotros mismos hemos renunciado a ejercer nuestra propia soberanía; y la realidad de estos 55 años demuestra con claridad el dicho: quien quiera peces debe mojarse el culo; y para comer castañas hay que quemarse los dedos.    

El momento presente me retrotrae a la situación que se vivía en 1968 y en 1978: en los años inmediatamente anteriores a la independencia, el guineoecuatoriano lo basó todo en “echar al blanco”, como se dijo durante la Autonomía y durante la campaña electoral, sin que nadie dijera con claridad qué sería del país y de sus habitantes el día posterior a la asunción del poder. Yo no lo conozco: pero si alguien los tiene, le ruego me pase los programas políticos, económicos, sociales, etc etc de aquellos partidos en liza. Error que continuó en la resistencia contra Macías. Aparte de una palabrería ineficaz y unos cuantos tópicos y lugares comunes, no conozco ningún programa político que articulase las medidas que serían implementadas si se conseguía derrocar la dictadura. Verdad que unos se decían socialistas, otros capitalistas, y cosas así; pero eso son declaraciones de principios que no abordan temas como la reconciliación nacional o qué hacer con en un Estado pluriétnico, de dónde se obtendrían los recursos, cómo potenciar la agricultura, el comercio o las relaciones internacionales, por ejemplo; cuál sería el papel de la Justicia, el modelo educativo, esas medidas prácticas y pragmáticas que dan seguridad al ciudadano e ilusionan a la Nación. Y como resultado de ese vacío programático, los partidos y movimientos antimacistas cayeron en la absoluta irrelevancia tras la asonada del 3 de agosto, por la sencilla razón de que no tenían nada que ofrecer como alternativa. Por desgracia, tengo ahora misma semejante percepción: se repiten los mismos tópicos, se se pone el acento en subrayar las múltiples carencias del régimen establecido, su absoluta incapacidad para conducir el Estado con eficacia. Todo bien. ¿Y cuál es la alternativa? Sólo una fila, demasiado larga, de ambiciosos aspirantes a la sucesión. ¿Cuál es su trayectoria? ¿Cuáles son sus planteamientos regeneracionistas? ¿Cuáles sus méritos? ¿Qué propuestas figuran en sus programas? ¿Qué ofrecen a los ciudadanos para merecer su confianza? Que no se me enfade nadie, por favor, pero da la impresión de que muchos de los autonombrados líderes sólo esperan la ocasión para sentarse en la silla y sustituir a quienes ahora mandan. Y mandar no es gobernar. Son conceptos muy distintos. Ahora todos se dicen “demócratas” porque queda feo no proclamarse demócrata. Y no podemos conformarnos con las palabras, porque Obiang también dice ser demócrata, su partido se llama “democrático”, pero no vemos las realizaciones de esa supuesta democracia por ningún sitio. ¿Y quién me garantiza a mí, llamado a ser votante, que los secidentes demócratas no serán el tercer o el cuarto tirano. Macías ya nos engañó; Obiang nos sigue engañando, y estamos hartos de engaños. Queremos hechos, porque aspiramos a elegir a nuestros dirigentes, no que nos vengan impuestos; y la palabra elegir es sinónimo de escoger, y se escoge entre alternativas diversas. Y el criterio ya no puede ser la familiaridad, la afinidad clánica o el clientelismo por haber nacido en tal o cual distrito. No es lo que queremos

Aunque creo haber aludido a los Derechos Humanos, a su conculcación sistemática en estos 55 años de opresión, y creo haber esbozado su necesario respeto como tarea esencial de toda propuesta de cambio, hubiese querido abordar ese tema de manera más profunda y pormenorizada. Pero he visto en el orden del día que un ponente más especializado, el abogado Juan Carlos Ondo Angué, ex presidente de la Corte Suprema de Justicia, le dedicará su ponencia. Sólo recordar que los derechos fundamentales no se reducen a abolir o reducir los crímenes más truculentos en el ejercicio del poder, como la pena capital o la tortura. El concepto está claramente expresado en la Declaración Universal proclamada por Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, texto que, además, los enumera y consagra, uno a uno. De modo que todos y cada uno son de obligado cumplimiento. Por fortuna, lo que es difícil en Estados como India, Nigeria, México o Brasil, por su extensión territorial y su potencia demográfica, sería factible con mayor facilidad en Guinea Ecuatorial, un Estado pequeño, no demasiado poblado, con riqueza suficiente para garantizar una vida digna a todos sus habitantes si fuese bien administrado. En nuestro país no debe haber un solo indigente, por ejemplo. También hubiese querido abordar el tema de la información y la libertad de expresión, derecho fundamental por excelencia, pero les ahorraré tener que decir cosas consabidas: que, desde la independencia, nunca han existido en nuestro país ni libertad de pensamiento, ni libertad de difusión del pensamiento, ni libertad de comunicación ni libertad de difusión de la información. Quizá Guinea Ecuatorial sea el único país del mundo que carece de Prensa escrita, y todos sabemos por qué. Igual que conocemos todos el papel de los medios audiovisuales, que puede resumirse en dos: soportes para el culto a la personalidad y medios de intoxicación. Toda información periodística, en cualquiera de sus géneros -noticia, reportaje, entrevista u opinión– debe proporcional al lector, al oyente o al espectador la respuesta veraz a cinco cuestiones: quién, dónde, cuándo, cómo y por qué. Y es claro que ninguna  producida o transmitida en el país cumple esa regla, sin la cual no puede considerarse información, sino propaganda, publicidad. Si añadimos las presiones y coacciones que pesan sobre los informadores, en su inmensa mayoría sin la la formación adecuada, es más fácil concluir que no existe Periodismo en Guinea Ecuatorial. No en vano organismos y agrupaciones profesionales, como Reporteros Sin Fronteras y otros, consideran al régimen de Malabo el peor depredador de la libertad de prensa, junto a otro régimen infame como el que se padece en Yibuti.

Muchísimas gracias por su atención.

 

 

Comparte tu aprecio
RadioMacuto
RadioMacuto
Artículos: 1419

Actualizaciones del boletín

Introduce tu dirección de correo electrónico para suscribirte a nuestro boletín

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *