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Por SÚSELDUMA
La experiencia vivida y la de otros, contada por ellos, resulta, muchas veces, una fuente exuberante y explorable para fundamentar algunos temas de la vida social, sin que esto, de ninguna manera, suponga caer en el subjetivismo.
Hay que saber que no todos viven en la sociedad como unos seres inertes, estáticos, irreflexivos, pasivos, callados y conformistas. También los hay que reflexionan y emiten opiniones sobre realidades chocantes e inquietantes, aunque esto les convierta en persona non grata para dichas sociedades, según el parecer de los que suelen chincharse, al darse por aludidos.
Y, sabiendo que la libertad de expresión consiste en decir a los demás lo que no quieren oír, sin ánimo de ofenderles, me he tomado esta libertad para reflexionar con los lectores de este artículo la existencia de los trepas en nuestro ancho mundo.
Se podría denominar trepa con otros términos, como sátrapa, traidor, esbirro, escudero, eunuco o vulgarmente, chivato, pelotero, rastrero, “chico bueno” u “ojo y oído del jefe”. Pero prefiero el vocablo trepa; del verbo trepar, que significa, subir, escalar, encaramarse; gatear, reptar; progresar, mejorar, encumbrarse; también, en su segunda acepción, guarda relación con la astucia y la malicia. De modo que los trepas son aquéllos y aquéllas que consiguen ascensos; escalan sobre los demás o suben a los puestos utilizando la astucia y la malicia a tiempo y a destiempo; o escuetamente, decir que son las típicas personas interesadas, sin escrúpulos, que desean ascender rápidamente en la escala social, profesional y religiosa. Todo esto lo hacen para buscar sus intereses; verse en la cúspide y mirar a los demás encima del hombro son sus grandes objetivos.
Son unos personajes curiosos que se pueden hallar en todas las capas y sectores de las sociedades de este mundo, capaces de todo, en cuanto quieren aparecer en la lista de la gente más confiada por sus jefes, hinchados de prepotencia y de soberbia.
Cuando se les empieza a conocer, suelen ser muy encantadores, atentos, trabajadores, generosos, e incluso, con pizca de inteligencia. Pero si te esfuerzas en conocerles más a fondo, también descubres que son astutos, hábiles[1], finos, cínicos, traidores, acusadores, lisonjeros[2], falsos, mentirosos, hipócritas, utilitaristas, calculadores, oportunistas, vividores, aventureros, envidiosos, orgullosos, supersticiosos[3] , maliciosos, sádicos[4], agresivos, criminales y, sobre todo, “cizañeros”, o lo que es lo mismo, la encarnación del diablo y del mal, en medio del grupo dondequiera que estén, ya que tienen un maldito don de dividir y enfrentar a la gente, como evoca el mismo vocablo diablo (= el que divide). Son expertos en dividir al grupo en bandos y en enfrentar a los compañeros con el jefe. Son mentirosos compulsivos, y utilizan la mentira como un arma ofensiva y defensiva.
Los trepas, cuando están ante el jefe, parecen unos inocentes, con cara de seres celestiales, que nunca han hecho nada malo en la vida. El tema de las conversaciones con su amo suele ser los defectos de los compañeros. Tiene que ser así, porque es bueno machacar los oídos del jefe contándole los errores y delitos de los otros, a fin de tenerle distraído y engañado, y que nunca indague sobre sus actuaciones y sus andanzas. Por eso, el trepa sabe que tiene que estar pegado al jefe como una lapa los 365 días y seis horas del año.
Él mismo, sin esperar el nombramiento, se hace de intermediario entre el jefe y el resto del grupo; o sea, una especie de hombre bisagra. Y a partir de este momento, mantiene restringido el acceso que conduce al jefe. Él se constituye en el canal de mensajes para ambas partes. Pero lo cierto es que el contenido de los mensajes transmitidos no es siempre fiel a la verdad de los hechos y los dichos, ya que los trepas son especialistas en inventar, exagerar y tergiversar la información y los mensajes. Lo que viene a contar a los compañeros no suele concordar con lo que ha dicho el jefe, y viceversa. Los trepas tienen muy desarrollado el instinto de conservación; actúan de esta manera por tener miedo de que aquello que pretenden se lo lleve un compañero: el cargo.
Cuando el jefe riñe a un compañero, el trepa suele fingir tener la compasión de él, siendo que en el fondo de su corazón se alegra mucho, porque de esta forma, crece él sólo y asegura que es el único bueno del gremio.
No penséis que el trabajo de los trepas es fácil. Son unos pobres sufridos condenados a vivir en la falsedad y en la hipocresía, y aguantar, a regañadientes, los coscorrones que les propina el jefe en solitario. Nunca el trepa demuestra su verdadera forma de ser en público; tiene que depurar sus “defectillos”; está obligado a tener elevado el “ego” del jefe, por eso tiene que tragar las vergüenzas de éste y reírse sus malos chistes. Ha de defenderle a ultranza aún cuando, en conciencia, sabe que él no tiene la razón.
Estos son los mandamientos de un buen trepa que se precie:
Os aseguro que el cumplimiento de este decálogo es difícil para la gente honrada, incapaz de jugar el papel de “corrupto”, muy imprescindible para el trepa; cosa que éste sabe montar muy bien: fingir ser “honrado”. La verdad es que no se hace trepa, sino que se nace. El ser trepa es un don innato. Si no fuera así, aparecerían por doquier letreros que rezan: Academias Trepas Cursos Intensivos.
A la gente esclava de poderes e influencia se le da muy bien este viejo oficio. Y de ésta hay mucha en nuestra aldea mundial; gente que no aguanta la ausencia de su nombre en la lista de los hombres y mujeres maravillosos/as del jefe. Y la difícil situación de hallar y mantener un puesto de trabajo digno ha favorecido el auge de los trepas en nuestro mundo.
Así, podemos constatar que trepas son algunos sufridos e incansables señores, hambrientos de poder y de cargos, que sienten la gran pasión de pertenecer al grupo que dirige los destinos de sus pueblos; los expatriados que jamás piensan volver a su país de origen y que quieren mejorar su situación y/o seguir viviendo como magnates en los que residen ahora[5]; los funcionarios/empleados de la administración pública y/o privada que quieren figurar en el cuadro de honor de su sección administrativa o de empresa; los del montón o gente de a pie que desean salir de la miseria y del anonimato en que están condenados y sumergidos; y, estos últimos, que no penséis que he querido olvidarlos, trepas son también aquellos clérigos (de todas las confesiones religiosas de nuestro mundo) ansiosos de acceder a los “cargos” más hieráticos de la jerarquía eclesiástica y, de esta manera, poder ser vistos, servidos y alabados por los hombres.
Todos estos, en sus viles y repugnantes gestiones y maniobras para trepar, suelen agarrarse a lo que sea, o mejor dicho, utilizar cualquier medio a su alcance: bien forzando una falsa amistad con el jefe, concediéndole, a veces, unos extraños regalos, bien inventando una dudosa relación de parentesco con el jefe (ekekes avuman), bien fingiendo ser súper obedientes al jefe, o bien, buscando su objetivo por la vía de los sentimientos, que consiste en coquetear o luchar por convertirse en amante, cuñado, cuñada, yerno, nuera, o incluso, suegro o suegra del jefe. O cosas por el estilo.
¡Atención! Dice San Agustín que “algunas veces, gente injusta consigue honores del siglo; una vez que lo han conseguido y son ya jueces y reyes… no hay más remedio que rendirles el honor debido a su potestad”; por eso, te digo amigo lector, que los que hemos sido víctimas de esa lacra, me refiero a los trepas, auténticos depredadores, no se nos ocurra ponernos a su altura porque llevan zapatos con la suela plagada de agujas que arañan y pinchan de mala manera. Lo único que nos queda es evitarles y rendirles el honor con una profunda inclinación cada vez que nos topamos con ellos en una esquina, porque no podemos con ellos. ¡Vaya ironía! Pero es bueno reconocerles en el grupo, ya que suelen camuflarse durante mucho tiempo sin ser descubiertos. Hay que saber que cada institución de nuestras sociedades alberga trepas.
Para terminar, permitidme decir, a modo de conclusión, que LOS TREPAS
Creo que así es su actuación con cada jefe del turno; lo cual me hace afirmar, sin miedo a errar, que los trepas son auténticos comodines que lo quieren pasar bien en todos los momentos sin sufrir para nada. No se arriesgan nunca, pero arriesgan a los compañeros.
Espero que este colectivo, dondequiera que se encuentren, gente sin ética ni moral, que desoyen la voz de su conciencia en cuanto persiguen sus intereses particulares, lean detenidamente este artículo, se vean reflejados en él, recapaciten, hagan un buen examen de conciencia, si todavía la tienen, y pidan perdón a Dios y a todos los inocentes que han sido fastidiados física, moral y psíquicamente hasta ahora por sus abominables actuaciones ambiciosas.
[1] Hábiles porque no tienen escrúpulos; son capaces de cambiar de opinión que tenían sobre el jefe que honran ahora en cuestiones de segundos.
[2] Son gente que hablan requetebién; y esta habilidad lingüística les permite engañar a su jefe con falsas alabanzas, hasta el extremo de que éstas, a veces, resultan empalagosas y repugnantes, cuando se sabe lo que el trepa opina de su amo en su ausencia.
[3] Ellos acuden también a las prácticas oscurantistas para ganar el aprecio del jefe, y, así eclipsar a sus compañeros, por eso están de curandero en curandero.
[4] Suelen alegrarse de la desgracia de los compañeros.
[5] Esto más en los Países del Tercer Mundo. Hay forasteros que, en cuanto conecten bien con la clase dirigente, se convierte en un pequeño caudillo en el mismo.