Guinea Ecuatorial entre los países africanos con menos deuda con el FMI mientras su pueblo sigue en la pobreza

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Una tabla difundida por Business Insider Africa sitúa a Guinea Ecuatorial en el grupo de Estados africanos con menor deuda pendiente con el Fondo Monetario Internacional. El dato, que el régimen venderá como ejemplo de “buena gestión”, contrasta con una realidad de apagones, servicios públicos colapsados y una mayoría de guineoecuatorianos hundidos en la precariedad.

Según la clasificación elaborada a partir de cifras del FMI a fecha de noviembre de 2025, Guinea Ecuatorial aparece en quinto lugar entre los países africanos con menor volumen de crédito pendiente con el Fondo. Encabezan la lista Lesoto, Comoras, Yibuti y Santo Tomé y Príncipe; a continuación figura Guinea Ecuatorial, seguida de Namibia, Guinea-Bisáu, Cabo Verde, Somalia y otro país que cierra el grupo de diez. En el caso guineoecuatoriano, el saldo pendiente ronda los 45,5 millones de dólares. Una cifra relativamente baja para un país con décadas de ingresos petroleros que, sobre el papel, parecería hablar de “responsabilidad fiscal” y “solvencia”. La propaganda del régimen no tardará en presentar el cuadro como un triunfo económico. Pero el país real empieza donde termina la infografía.

Lo que mide esa tabla no es la deuda total del Estado, sino únicamente el crédito que Guinea Ecuatorial mantiene abierto con el FMI: los restos de los programas firmados en los últimos años, incluyendo el apoyo de emergencia concedido tras la pandemia y la explosión de Bata. Que ese saldo sea modesto no significa que el país esté poco endeudado, ni mucho menos que la economía funcione al servicio de la población.

Durante años, el régimen de Teodoro Obiang ha preferido endeudarse por otras vías: acuerdos opacos ligados al sector de los hidrocarburos, préstamos con bancos regionales y compromisos bilaterales de difícil seguimiento público. En paralelo, ha mantenido una relación tensa con el FMI, aceptando las partes del programa que exigen recortes y disciplina contable, pero resistiéndose a las condiciones que obligan a abrir las ventanas de la corrupción: publicación de contratos, auditorías independientes, declaraciones de bienes de los cargos públicos.

Mientras en los informes se habla de “consolidación fiscal” y “reformas estructurales”, la mayoría de los guineoecuatorianos convive con una realidad que desmiente cualquier discurso de éxito. En barrios de Malabo, Bata o Luba, la luz se corta durante horas o días, los centros de salud carecen de material básico y la educación pública sobrevive gracias al esfuerzo de profesorado mal pagado. La gente recurre a familiares emigrados, a pequeños negocios informales o a pedir favores para sortear una administración que solo funciona para recaudar y reprimir.

Que Guinea Ecuatorial deba relativamente poco al FMI dice más sobre su pasado petrolero que sobre una supuesta virtud económica. Durante años entró dinero suficiente como para prescindir en gran medida de los créditos del Fondo y, cuando la bonanza se agotó, el régimen acudió a esa puerta forzado por la caída de ingresos, no por voluntad de reformarse. Hoy paga a tiempo sus cuotas mientras mantiene intacto un sistema que concentra la riqueza en manos de unos pocos y deja al resto del país abandonado a su suerte.

Tampoco hay que perder de vista otro tipo de deuda: la interna. El Estado arrastra obligaciones con empresas locales, atrasos salariales, facturas sin pagar y compromisos que se trocean en pagarés y promesas. Los ajustes exigidos en los programas con el FMI se traducen en recortes de gasto social, congelación de plantillas y paralización de proyectos básicos. La austeridad se aplica de abajo hacia arriba: primero se sacrifican los servicios esenciales, nunca los privilegios de quienes mandan.

La combinación es conocida: poca deuda con el FMI en las estadísticas, mucha deuda social en las calles. Un país que figura en los rankings como “solvente” pero donde la mayoría vive por debajo del umbral de pobreza, sin red de protección, sin servicios dignos y sin posibilidad real de exigir cuentas a quienes han manejado miles de millones de dólares durante décadas.

La tabla de Business Insider Africa pasará por los telediarios oficiales como prueba de éxito económico. Lo que no dirán es que detrás de ese número hay un pueblo que paga cada día una factura que no aparece en ningún informe del FMI: la factura de la pobreza, del miedo y del abandono.

Guinea Ecuatorial puede presumir de deber poco al Fondo, pero sigue debiéndolo casi todo a sus ciudadanos. Esa es la deuda que algún día habrá que saldar, y no se cancelará con estadísticas ni con campañas de propaganda, sino con justicia, transparencia y un país por fin puesto al servicio de los guineoecuatorianos.

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