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Por José Eugenio Nsue
Más de la mitad de mi vida, me la he pasado en España; aquí me he formado académica y profesionalmente; aquí he formado mi familia, he tenido tres hijos a los que con la incalculable e inestimable colaboración de mi mujer, estamos educando y formando, y aquí he encontrado un trabajo que me está permitiendo vivir con dignidad y de ir realizando esos pequeños sueños y objetivos propios de toda persona, según las posibilidades. España ha resultado para mí no solo un país de acogida y refugio, sino sobre todo mi país de adopción porque me ha dado tanto y me ha hecho lo que soy hoy, un hombre, una persona lo que mi país de nacimiento no me ha podido dar, ni siquiera brindarme la oportunidad de realizarme como tal. Verla degradarse, autodestruirse e ir al precipicio por culpa de una clase política absurda, mediocre, arribista, ambiciosa y ególatra, me duele y me apena.
Cuando llegué acá a finales de 93, una de las cosas que más me llamó poderosamente la atención en la política, fue la excesiva influencia que tenían los partidos nacionalistas, periféricos en las políticas estatales. No entendía que un partido político nacionalista e independentista, es decir separatista, tuviera que condicionar hasta vetar los Presupuestos Generales del Estado, ser decisivo a la hora de elaborar y aprobar las leyes de ámbito estatal que ellos no acataban; en definitiva, tenían el poder de investir o tumbar gobiernos si esos no conseguían mayorías absolutas. Entonces me contaron que así se había decidido en la elaboración de la Constitución Española de 1978, que los gobiernos (presidentes) debían ser elegidos por los diputados en el Parlamento por mayoría absoluta, si no se tenía, había que buscar alianzas, es decir pactar.
A medida que ha ido pasando el tiempo, mi escepticismo y confusión fueron in crescendo, seguía sin entender que una parte de España, Cataluña, se negara a hablar y enseñar en las escuelas el idioma oficial del Reino de España, prohibía rotular los negocios en español; consideraba una provocación u ofensa exhibir o llevar una bandera de España en público o pegada en el vehículo; el himno nacional no se podía entonar en lugares públicos y la gente guardando el debido respeto; no se reconocía ni se respetaba ni la institución monárquica que representa la Jefatura de Estado, ni la Constitución; lo mismo pasa en el País Vasco y a pesar de ello esos partidos eran más decisivos y fundamentales que nunca, condicionaban e imponían a los Gobiernos estatales de turno (Jordi Puyo conocido como Molt Honorable, Xabier Arzalluz…). Entonces decían el PSOE de Felipe González y el PP de José María Aznar que sus exigencias, generalmente cuestiones relacionadas con las subvenciones y la financiación y lo que el Estado español podía concederles, estaban dentro del marco legal.
Lo del Dr. Pedro Sánchez es el desconcierto total; su actitud de condescendencia con los nacionalistas e independentistas y su actuación tanto en los 5 años que lleva en el Gobierno como ahora que está a punto de renovar el mandato, son inconcebibles. Primero monta una moción de censura en mayo de 2018 contra Mariano Rajoy con la excusa de acabar con la corrupción que según ellos encarnaba el PP; para conseguirlo, se alía con todas las formaciones parlamentarias nacionalistas, independentistas, extrema izquierdas (Podemos e Izquierda Unida), incluido el PNV (Partido Nacionalista Vasco), que en la víspera había pactado y aprobado los Presupuestos Generales del Estado del partido que iban a presentar la moción. En la siguiente legislatura, tras 2 elecciones generales convocadas en el 2019 (abril y noviembre) y después de afirmar y repetir tropecientas veces que jamás pactaría ni con Unidas-Podemos, ni con los partidos separatistas (ERC y Junts Per Catalunya), ni con BILDU bajo ningún concepto porque le quitaría el sueño; el lunes siguiente de las elecciones estaba formando un Gobierno de coalición que el socialista Alfredo Rubalcaba bautizó como ‘Gobierno Frankenstein’, con Pablo Iglesias de Vicepresidente, su mujer Irene Montero, Yolanda Díaz, Ione Belarra y Alberto Garzón como ministros de la otra parte de la coalición. No sólo pactó con BILDU de Arnaldo OTEGI, también lo hizo con ERC de Oriol Junqueras, dos personajes que no ocultan su odio y menosprecio a España y su firme determinación de separarse de España que pasan a ser socios imprescindibles para decidir por el estado que no reconocen.
Entre otras tantas concesiones impensables por ellos mismos que iban a conseguir, cabe señalar los indultos a los procesados por el ‘Procès’, el cambio de la tipificación del delito de la sedición (derogada) y la malversación (rebajada) para contentar al independentismo catalán, y según lo que nos vendían entonces, era para apaciguar la sociedad catalana y normalizar las relaciones con el Estado español; en cambio, lejos de normalizar las relaciones entre la Comunidad Autónoma de Cataluña y el resto de España, las exigencias, las reivindicaciones, las desobediencias y la impunidad de los nacionalistas cada vez aumentaban: siguen negando y menospreciando al monarca, el Jefe de Estado, no reconocen ni acatan la Constitución Española que es el centro del sistema político y del ordenamiento jurídico de España (en ella se asientan las demás normas, los derechos fundamentales y las libertades públicas, los principios de actuación de los poderes públicos y la organización institucional y territorial del Estado); no reconocen y prohíben el idioma oficial de España en sus territorios y hasta en las escuelas, tampoco respetan los símbolos nacionales como la bandera y el himno. Dicen que se van, quieren separarse de España, exigen el derecho de la autodeterminación y amenazan con conseguirlo por lo civil o por lo criminal. Ni los catalanes independentistas, ni BILDU han pedido perdón al pueblo por las agresiones, destrozos y asesinatos causados al pueblo inocente, víctimas del odio.
Con esos antecedentes, Sánchez no se inmuta ni se rectifica, al contrario da un giro más pactando con el fugitivo Puigdemont y su formación política, Junts, una amnistía total y a la carta para todos los independentistas con problemas judiciales de toda índole no solo del ‘Procès’, juzgados y condenados, o como él los que se fugaron y son reclamados por la justicia española. Su Presidenta, Laura Borràs afirma que «no han renunciado a nada, en cambio el PSOE sí que ha dado un giro copérnico admitiendo ahora lo que anteayer era inadmisible»; tampoco aseguran a Sánchez una legislatura: «Sánchez durará (en el poder) lo que dura su palabra». Pedro Sánchez está dispuesto a ceder en todo y a darles a todos los partidos nacionalistas todo lo que exigen y reivindican a cambio de sus escaños para ser investido y seguir en la Moncloa, aún así él y todos los asalariados del sanchismo afirman que lo hacen por el bien de España y cumplen con la Constitución. ¿En qué le beneficia a España cuando su Presidente acepta y admite que los jueces españoles dictan las sentencias politizadas o que la justicia en España está politizada igual que afirman los independentistas y por eso hay que hablar de «lawfare»? ¿En qué le beneficia a España que una región de la misma gestione y administre la seguridad social cuando era la caja única o las cercanías de Renfe? ¿En qué le beneficia a España que den más dinero a algunas regiones y condonen sus deudas en más de 15 mil millones de euros cuando hay regiones infrafinanciadas? ¿En qué le beneficia a España que algunos representantes del pueblo español insulten al Jefe de Estado español y no le reconozcan, tampoco acatan la Constitución Española? Si lo pactado con los independentistas fuera tan beneficioso y tan bueno para España y para todos los españoles, ¿por qué todas las asociaciones profesionales de la judicatura, jueces y fiscales; la policía nacional y la guardia civil; una inmensa mayoría de los expertos en derecho constitucional, casi todos los grandes medios de comunicación (prensa, radio y televisión), los empresarios hasta los históricos socialistas, etc, etc, han puesto el grito en el cielo y rechazan frontalmente esos pactos?
Aunque no es muy decoroso autocitarse, no hace tres años que yo dije que el mundo adolecía por falta de líderes políticos de talla, había una crisis de liderazgo, de dirigentes dignos y competentes para resolver los problemas tanto de sus estados como los del mundo; aquí tenemos otro claro ejemplo. Lo de Pedro Sánchez es para un profundo estudio psicoanalítico, hacía mucho tiempo que no se veía a un tipo tan soberbio, tan narcisista, tan arrogante, tan ególatra y tan ávido de poder que por mantenerse o llegar a él, está dispuesto a destruir la unidad nacional cediendo todo lo que le piden los que quieren acabar con la unidad precisamente de España, acabar con la Constitución, erosionar y menoscabar todas las Instituciones estatales. Él nos quiere vender el burro y la moto cuando la realidad es totalmente distinta; si no, ¿cómo se explica que todos los enemigos de España, los que dicen que cuanto vaya peor a España, mejor para ellos como los independentistas, en cambio prefieran a Sánchez en la Moncloa, de Presidente?
Me temo que el desorden y la agitación que está habiendo ahora en las calles y ciudades españolas, puede ser el preludio de un estallido de violencia de proporciones incalculables. Nunca podía imaginarme que los que dicen ser de izquierdas y progresistas podían fomentar el separatismo, la desigualdad y la discriminación entre los ciudadanos. Si solo amnistían a los delincuentes y prófugos independentistas catalanes, condonen las deudas de los malversadores y defraudadores catalanes, cedan la gestión y la administración de las cercanías de Renfe y Adif a algunas regiones; a los independentistas y nacionalistas vascos, transferirles la gestión de la seguridad social, si cada Comunidad Autónoma se le conoce como una Nación con identidad propia, y si permitan que cada diputado o senador de una ‘región histórica’ hable en su lengua materna para dirigirse a sus paisanos en la Sede de la soberanía nacional, el Parlamento; ¿qué se quedará de España?
Así lo pienso y así lo digo; ¿qué os parece?