Teodorín vende porcentajes en X y siembra una expectativa falsa sobre el “regreso” del dinero del petróleo

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Según una publicación difundida en X por Teodorínl, el país habría pasado de “ganar solo el 5%” a obtener “hasta un 32,55%” en el Bloque I del proyecto Aseng, tras unas negociaciones en las que se atribuye un papel directo. El mensaje menciona además un acuerdo con participación del Ministerio de Minas e Hidrocarburos, Gepetrol y la empresa estadounidense Chevron, presentándolo como el inicio de una nueva etapa de “mejores beneficios” para el Estado.

El problema es que, en petróleo, los porcentajes no son propaganda: son contabilidad, cronogramas de inversión y flujos reales de caja. Y, sobre todo, no significan lo mismo para un Estado que se limita a cobrar sin asumir exposición que para un Estado que entra como socio activo en el negocio. Si el Gobierno se compromete a una participación más “activa”, como sugiere la narrativa de Teddy, puede suceder exactamente lo contrario de lo que el tuit deja entrever, que durante un tiempo el Estado reciba menos dinero o reciba dinero más tarde, porque en los proyectos extractivos los ingresos no llegan “por decreto” ni por un número escrito en una red social.

La producción petrolera nunca es estable. Un campo puede dar picos, sufrir paradas técnicas, caer por declive natural o enfrentarse a incidencias operativas que reducen el volumen exportable. En ese escenario, anunciar un porcentaje como si equivaliera a un retorno inmediato a la bonanza de otros años es alimentar una ilusión peligrosa. El país no cobra un porcentaje sobre una fantasía, sino sobre lo que realmente se produce, lo que realmente se vende y lo que realmente queda después de las estructuras de costes y compromisos pactados.

A ese factor, la producción variable, se suma el factor financiero. En acuerdos petroleros, cuando el Estado participa de forma más activa, el dinero que entra al principio puede estar condicionado por inversiones, gastos y mecanismos de recuperación de costes habituales en el sector. Dicho de forma llana: subir el porcentaje sobre el papel no significa que, al mes siguiente, vuelva a fluir dinero como en el pasado. Puede significar, de hecho, que el Estado queda atado a un ciclo más largo, con retornos diferidos y mayor exposición a la inestabilidad del proyecto.

Por eso el tuit no solo abre un frente de interpretación sobre qué representa exactamente ese “32,55%”, sino que empuja a la opinión pública hacia una conclusión errónea; que el Estado ya ha recuperado una fuente inmediata de ingresos petroleros. Sin documento publicado, sin explicación técnica de qué concepto se está midiendo y sin claridad sobre los plazos reales de monetización, el mensaje opera como una promesa política basada en un número desnudo.

En un país donde la transparencia institucional en materia de hidrocarburos brilla por su ausencia, el daño no es menor, la ciudadanía queda atrapada entre dos abusos a la vez. Primero, el abuso de usar cifras sensibles como trofeos personales. Y segundo, el abuso de insinuar que el petróleo “volverá a sostenerlo todo” cuando lo que está en juego es exactamente lo contrario; decisiones económicas y presupuestarias que pueden tomarse sobre expectativas irreales.

Los porcentajes no pagan salarios ni sostienen hospitales. Lo hace la caja real, con fechas, con ventas, con auditorías y con cuentas verificables. Y esa caja no se fabrica en X. Si el Gobierno quiere hablar de beneficios, que hable como institución: publicando los términos esenciales, aclarando qué significa cada cifra y, sobre todo, explicando cuándo, y bajo qué condiciones, entra el dinero. Mientras no lo haga, lo único que ha regresado con fuerza no es el petróleo, sino la irresponsabilidad.

Y luego se molesta cuando es apodado el «Efulefú galáctico» .

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