
El valor del ABÂ en la cultura fang
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Por José Eugenio Nsue
Me ha parecido procedente, hasta providente una viñeta o foto que ha publicado esta semana Josimar en la que aparece una chabola con una leyenda que decía: «Al igual que unos cuantos se sientan en el tribunal de La Haya, así se sentaban unos distinguidos señores en ese [ABÂ] los cuales sin haber alcanzado un doctorado le encontraban solución a todos los casos que se les presentaba.» A esta, le seguía otro comentario en el mismo sentido: «Todo tenía solución en esta chabola, sin títulos ni currículum. Ahora que hay titulados, diplomáticos, honorables y grandes edificios emblemáticos; no hay solución a nada ni en nada. VIDA MODERNA.»
Ahora que vuelve a estar de moda la añoranza por la vuelta a la tradición, a la cultura ancestral en África y para los africanos Fang nostálgicos que reivindican las prácticas tradicionales, el uso de MELAN (ceremonias que se celebraban para bendecir, atraer la buena suerte y la prosperidad al pueblo y a sus habitantes), o NGUÎ que se hacía para ahuyentar y combatir las desgracias, la brujería, el mal y los malignos; hablan del pasado como una época dorada de los pueblos africanos antes de las colonizaciones donde había armonía, prosperidad y el mal que a penas existía era combatido y aplastado; las mujeres y los niños eran protegidos contra todos los males causados por los humanos o sobrevenidos por causas de la naturaleza…, para esos nostálgicos y reivindicadores «du retour aux origines» (retorno a los orígenes), culpan y acusan al cristianismo (la iglesia católica) y a la colonización occidental del despojamiento de todos esos poderes y magias negras que hacían del pueblo africano fang un pueblo ejemplar, armonioso y pacífico. Con la imposición de la religión de los blancos (Jesucristo no era africano y sus enseñanzas, el Evangelio, debilitan al hombre africano, llegan a afirmar), primero se desacralizó todos los objetos y símbolos sagrados: BERË o cráneos humanos, esculturas, estatuillas y demás amuletos totémicos y fetiches, etc, etc, que servían de protección de las tribus y familias y se tuvo que destruir porque fueron catalogados como satánicos, diabólicos; otros fueron llevados al occidente desproveyendo y desarmando así a todo un pueblo, a toda la cultura africana de sus herramientas e instrumentos de protección y relegarnos a los africanos a ser lo que somos hoy en día, gente amorfa, amoral, salvaje, violenta y sin escrúpulos; gente títere que baila al son de los occidentales bajo la imposición de la moral de esclavos de la religión católica. Para volver a ser verdaderos africanos y volver a ser los dueños de nosotros mismos y de nuestro destino, hemos de recuperar nuestros amuletos, retomar nuestras prácticas y rituales ancestrales, las religiones animistas para así combatir el mal, proteger a las personas y procurar el bienestar y el progreso colectivos.
Negando la mayor y enmendando en su totalidad esas afirmaciones porque no se ha demostrado ni la prosperidad de los pueblos fang de nuestros ancestros que tanto alardean, ni una convivencia en armonía entre las distintas tribus y etnias vecinas, una ordenación, organización social o el desarrollo cultural de los pueblos fang. No hay un solo vestigio arqueológico que sustente tales afirmaciones a lo largo de la historia bantú; todo se basa en conjeturas, mitos y leyendas. Todo lo contrario, lo que está acreditado históricamente son las continuas disputas, guerras y peleas tribales para buscar hegemonías y superioridades entre las tribus para ver cuáles eran superiores para someter a las débiles o inferiores, muertes masivas de personas sobre todo los más vulnerables, niños y mujeres de epidemias y enfermedades pandémicas, hambrunas, devastaciones por las inclemencias climatológicas, así como éxodos poblacionales en busca de lugares fértiles y algo seguros; no hay rastros de asentamientos fang porque las construcciones tradicionales bantús se basaban en materiales endebles, hojas, cortezas o ramas de árboles…
Lo que me parece digno de elogio y admiración y exigible para volver al pasado, es la restitución de la figura y la existencia de El ABÂ, dotarlo su importancia y valor de nuevo, lo que significaba, para qué servía, quiénes lo constituían.
El ABÂ o La Casa de Palabra, más que una construcción hecha de material más o menos consistente, más o menos grande; era un centro cívico, espiritual y religioso de todo el poblado fang, el lugar donde se decidía todo, se debatía de todo, se organizaba todo, se acogía a todos, se arreglaba todas las cuestiones y se enseñaba; una especie de mezquita para los musulmanes o sinagoga para los judíos salvando las diferencias. Se construía en el centro de los poblados, ahí se reunían todos los mayores varones y los niños se acercaban para recibir los consejos, las enseñanzas y escuchar las historias, las hazañas de sus antepasados de cada tribu (los pueblos fang eran tribales); las mujeres no tenían acceso, salvo para llevar la comida (los fang no comían en sus casas, sino en El ABÂ, compartían la comida entre todos; nadie se moría de hambre, todos compartían lo que les traían sus mujeres entre los casados, solteros, oriundos o transeúntes sin excepción) y solo de forma excepcional invitaban a algunas mayores distinguidas para que formen parte del órgano de toma de decisiones o el consejo de ancianos, a no ser que fueran requeridas por algún conflicto; ahí se debatía todas las cuestiones, se enseñaba las hazañas de los antepasados a los jóvenes para que conozcan sus orígenes; en caso de conflicto, se reunía el consejo de ancianos presidido siempre por el Jefe de la tribu, un mayor sabio, justo, ejemplar en su familia, recto, lleno de autoridad moral y respetado por todos, acompañado por otros mayores; sus decisiones eran de obligado acatamiento y sus consejos como mandatos u órdenes si no se quería descarrilar, desviarse; ahí también bendecían a los jóvenes cuando iban a emprender o acometer un proyecto…
Por eso el gran Pierre Claver Zeng dice en su canción ABÂ:
ALOM WA CUMU AYÈ BAGLA ETUNGA, TÉREYA AKECUIÑ ABÂ; ALOM WA CUMU AYÈ BAGLA EDJUE, SÍMIYAN MBÓNG ABÂ; OSUIÑ WÁN DJÍ VÍNE Á WULU BINCOAD, AKÁLA NE WAA OMBÈ BELE ABÂ; ALOM WA CUMU AYÈ ENING YA NGANA, WOG YA NA ABÂ… ABÂ DÈ AYILI NAA FEG BEFAM. MODJÓ ME AYONG EÑE MENEE ABÂ.
Traducido al cristiano, viene a homenajear la figura de El ABÂ diciendo algo así como: si quieres cuidar mejor a la familia; si quieres ser buen gobernante; si quieres vivir con estilo: FRECUENTA EL ABÂ. El río tiene curvas porque no tuvo El ABÂ (dicho fang). EL ABÂ SIGNIFICA ‘PRINCIPIOS’, EL SANCTA SANTÓRUM DE LOS HOMBRES; TODOS LOS SECRETOS DE LA TRIBU ESTÁN EN EL ABÂ (traducción libre).
En definitiva, El ABÂ es el centro que sostiene/sostenía todo el poblado fang.
Como dice Josimar, cuando existían ABÂ, «todo tenía solución en esta chabola sin títulos ni currículum«; esta es la cuestión. Aquellos que actuaban así, buscaban el bien común, lo mejor para todos los que vivían en el poblado sin discriminación ni distinción; cada uno buscaba y quería dejar huellas para los suyos, para el pueblo y para las generaciones futuras y se preocupaba por llegar bien en el más allá donde le esperaban los idos que le iban a pedir rendir las cuentas si había trabajado por la perpetuación de la estirpe, de la tribu o de la etnia; en cambio, lo primero que se ha destruido en la cultura fang es El ABÁA, los que se hacen pasar por los mayores actuales, no son más que brujos y fantasmas endemoniados que se dedican a sembrar el terror y sufrimientos en los pueblos para la mayor gloria del satanás, el diablo personificado y su estirpe: los Obiang.
Si queremos reivindicar nuestro pasado, reivindiquemos El ABÂ en toda su extensión, busquemos ser como esos mayores, ancianos, viejos que se autoexigían, buscaban el bien colectivo y la prosperidad para sus pueblos, y no proclamar sandeces y tonterías como volver a la época de hacer el NGUÎ o el MELAN para castigar y combatir la maldad y los malotes, al mismo tiempo exculpan, exoneran y rinden culto a los verdaderos demonios que han enmerdado e infectado al país de asesinatos, crímenes execrables, opresión, discordia y todos los males que padece, los Obiang y adláteres. Uno se pregunta si tanta fuerza y poderes tenían las prácticas ancestrales el MELAN, NGUÎ, la brujería, la hechicería, ¿por qué no se aplican contra esos asesinos de la familia Obiang y su régimen criminal y nos los quitan de encima?
No hay más fuerza ni poder que la CIENCIA, la EDUCACIÓN, la FORMACIÓN y la FE; con estas herramientas, los demás transforman el mundo, viven en armonía y se respetan los derechos y la dignidad de todas las personas. Los africanos sobre todos negros, bantús, fang, no debemos creernos que somos harina de otro costal, distintos, añorar el pasado que nunca volverá en lugar de subir en el tren de la vida donde hay vida, desarrollo, evolución, conocimiento, tecnología. Hasta que no nos formemos y nos eduquemos, seguiremos siendo marionetas y cobayas para las potencias occidentales, esclavos para nuestros dictadores y charlatanes y payasos ante el mundo.
Así lo pienso y así lo digo; ¿qué os parece?










