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Según testimonios recogidos por nuestros reporteros en las últimas horas, varias agencias de BANGE están operando sin efectivo disponible para atender a los clientes. La escena se repite, una fila compacta de guineoecuatorianos frente al inmueble, rostros tensos, horas perdidas y una explicación automática desde el mostrador: “falla el sistema”. Pero quienes esperan no se tragan el guion. Aseguran que no se trata de una avería, lo que no hay es dinero en caja.
La diferencia no es menor. Un fallo del sistema se arregla con tiempo, soporte técnico y paciencia. La falta de liquidez, en cambio, golpea de inmediato la vida cotidiana: el mercado no espera, la gasolina no se fía, el alquiler no se perdona y la escuela no entiende de “incidencias”. En la cola, la indignación se mezcla con la resignación.
“Hoy te toca venir, mañana te toca volver, y pasado te toca creer otra mentira”.
Pero en estos días el golpe duele todavía más por una razón evidente, fin de año. Es la recta final en la que muchas familias hacen cuentas para cerrar el mes, comprar comida, preparar algo para los hijos, ayudar a un pariente, pagar un viaje, o simplemente llevar a casa lo mínimo para no pasar vergüenza. Y sin embargo, según denuncian los clientes, BANGE no paga o paga a cuenta gotas. El resultado es cruel y directo; gente que sale del banco igual que entró, con las manos vacías, después de horas de espera.
En este tramo del año, la falta de efectivo no es un “incidente”, es un castigo. Porque la Navidad y el cierre del año no esperan a que “se arregle el sistema”. Y en un país donde el efectivo sigue siendo el oxígeno del día a día, negar el pago equivale a dejar a muchas casas sin cena, sin transporte, sin remedios y sin posibilidad de cumplir con compromisos básicos.
Fuentes consultadas insisten en que el argumento del sistema se utiliza como una cortina de humo para no decir en voz alta lo que ocurre, el banco no puede o no quiere pagar. Y cuando paga, lo hace con cuentagotas, bajo condiciones que convierten un derecho básico del cliente en un favor concedido.
“Hasta ya es un favor cobrar en BANGE. Debes hablar con un jefe de agencia o de operaciones y les tienen prohibido pagar 500.000 CFA o un millón.”
El testimonio apunta a un control interno cada vez más restrictivo; topes informales, autorizaciones excepcionales y la sensación de que el dinero solo se mueve si interviene “alguien de arriba”. Para muchos ciudadanos, eso no es una política bancaria, es un sistema de humillación, donde cobrar tu propio dinero depende de tu capacidad de suplicar o de tu cercanía con un responsable.
La indignación crece cuando aparece el otro lado del mismo mecanismo, la discrecionalidad. Porque, según los relatos, la escasez no afecta a todos por igual. Hay quienes se van con las manos vacías después de horas. Y hay quienes, por “conocer a alguien”, logran cobrar lejos de miradas, como si se tratara de un paquete prohibido.
Algunas agencias donde conoces a alguien te lo entrega en privado (dentro de coche por ejemplo) ja ja ja ja.”
Detrás de la risa escrita se esconde algo muy serio; si el dinero se entrega “en privado”, ya no estamos ante una simple cola. Estamos ante la normalización del privilegio en plena crisis de liquidez. Y eso tiene un mensaje brutal para el ciudadano de a píe, la fila es para los que no tienen padrino.
BANGE no ha ofrecido, hasta el momento, una explicación pública y verificable sobre la falta de efectivo en caja ni sobre los límites de retirada que denuncian los clientes. En ausencia de una comunicación transparente, la versión del “sistema caído” funciona como una respuesta cómoda; no compromete a nadie, no admite responsabilidades y permite mantener a la gente girando en círculo, como si el problema fuera técnico y pasajero. Mientras tanto, el reloj del ciudadano corre, el taxi, la comida, la medicación, la familia… y ahora también el fin de año, con su presión social y familiar.
La situación alimenta rumores inevitables; que el banco está racionando efectivo para sostenerse, que hay órdenes de no pagar cantidades “grandes”, que la liquidez se gestiona con criterios que no se explican, o que se está priorizando a determinados perfiles. Rumores que nacen siempre donde falta lo esencial, información clara. Y cuando la institución calla, la calle habla.
Si un banco se convierte en una puerta cerrada y el cobro pasa a depender de favores, entonces el problema no es “el sistema”. El problema es un país obligando a su gente a mendigar normalidad. Y esa normalidad, en BANGE, hoy tiene un nombre simple y duro: no hay efectivo.